Empresario, según cualquier diccionario, es simplemente el propietario o director de una empresa o negocio. Es, también, la persona o entidad que, por concesión o contrato, realiza una obra o explota un servicio público. Sin embargo, desde el punto de vista de la economía, el concepto es más específico porque se trata de la persona que invierte para obtener un beneficio.
Últimamente, en nuestro país, la palabra empresario está satanizada puesto que, aprovechando muchas veces la ignorancia de la gente, se identifica al empresario con el abuso y la corrupción. Es efectivamente cierto que muchos ´empresarios´ se han aprovechado de la política para beneficio propio, han obtenido créditos que no han pagado o se han apoderado de tierras, amparados en el favoritismo del partido político de turno en el poder. Ésos, definitivamente, son políticos corruptos o simplemente delincuentes, que se camuflan con el nombre de empresarios.
El verdadero empresario es el que invierte su propio capital y corre riesgos para obtener un beneficio lícito. Su inversión es altamente positiva porque genera fuentes de trabajo, enriquece los ingresos fiscales por medio de la tributación y contribuye al producto interno bruto del país, pues el Estado, desde el momento mismo de la inversión inicial, empieza a recibir recursos adicionales, lo que no ocurre con el empresario porque para percibir beneficios tiene que esperar la eficiencia de su inversión. Tampoco es empresario el que sólo invierte el dinero de la banca, que obtiene mediante créditos que no destina al objetivo empresarial, hace negocios personales y termina muy próspero pero con una empresa quebrada, que es la que finalmente le queda a la banca, siempre y cuando pueda embargarla o rematarla, ya que las chicanas jurídicas también resultan efectivas, cuando los mal llamados empresarios las utilizan amparados en influencias políticas o recurriendo al soborno.
Entre los empresarios, como en todo, hay pues buenos y malos y, como ya se ha dicho, hasta delincuentes que deben responder al rigor de la ley. No se puede poner en la misma bolsa a todo el que tiene la condición de empresario y al que simplemente se califica como tal.
Hecha esa aclaración, y utilizando el término como realmente corresponde, el empresario tiene que desarrollar su actividad en un medio adecuado para lograr sus fines. Precisa de estabilidad económica y social y de seguridad jurídica fundamentalmente.
Las corrientes económicas no son aisladas, son resultado de la actividad mundial. Por ello decir que se va a cambiar el modelo por decreto es, en algunos casos, absurdo, ya que solamente se podrán cambiar ciertas reglas del juego económico. Exagerando el ejemplo, no se puede afirmar que se derogará la ley de la oferta y la demanda porque sería sencillamente una estupidez, como lo es desconocer el proceso de globalización. Como dice la revista Nueva Economía, la pregunta no es si participamos o no de ella, porque es una realidad que no podemos ignorar, sino si estamos o no preparados para enfrentarla como país. América Latina se está retrasando en su capacidad de competir con el mundo de las tecnologías de información y Bolivia, obviamente, mucho más que los demás países de la región. Por eso, los analistas de la economía latinoamericana coinciden cada vez más en la necesidad de dar paso a estrategias conjuntas para evitar el empobrecimiento de la parte sur del continente.
Los verdaderos empresarios bolivianos están frente a esta realidad y por ello preocupa que no haya definiciones claras, en cuanto a tratados de libre comercio, que ya han suscrito incluso países de tendencia izquierdista, que se justifican afirmando que una cosa es la ideología y otra el mundo de los negocios. Lo peor que nos puede pasar es seguir de observadores convencidos de que prescindir de mercados tan importantes y consumistas como el norteamericano, no nos afectará negativamente. El buen deseo de proteger nuestra producción cerrando o poniendo controles en las fronteras es una utopía, basta ver la cantidad de vehículos indocumentados o visitar los llamados mercados negros que compiten con ventaja con el comercio formal.
La única salida es trabajar para alcanzar por lo menos un grado mínimo de competitividad, para lo que se requieren incentivos del Gobierno, pero de ninguna manera dádivas que ocasionan distorsiones de la economía en un medio difícil para el verdadero empresario boliviano.
*Gastón Solares Ávila es empresario privado y escribe desde Sucre.
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