Es una paradoja, pero no por serlo la realidad que connota es menos evidente: este Gobierno, así como sirve de excusa para que el corporativismo fomente la desintegración, también es el único de los instalados en los últimos años que tiene el vigor, la vitalidad y el sentido nacional, no ajeno a algunas venias a perniciosos patrioterismos e indigenismos, suficientes para denunciar y desterrar sus intenciones.
De comprobarse que lo que las ejercita no es un plan hegemónico sino el compromiso con el país, pese a la casi soledad en que se han mantenido por ahora en medio de profusas desmesuras verbales, esas virtudes prometen un apoyo popular creciente.
Encuestas de marzo publicadas aquí hablan de un 80 por ciento de sustento en las cuatro capitales más pobladas de nuestro país (nuestro, no este), asentado en un 75 por ciento nada menos que en Santa Cruz. Esa fortaleza afincada en los sectores populares de toda la nación, respetada y bien conducida, es capaz de frenar a las minorías eficientes que detestan al Estado boliviano.
Si mantiene con rectitud de intención el principio de la integridad nacional, de un nacionalismo sano por convicción y no por estrategia, aunque sólo se limitara a una modesta administración —eso sí, con la corrupción bien lejos del Palacio—, el Gobierno tiene la posibilidad de escribir historia deportando al separatismo que ahora pretende disfrazarse de autonomismo. Desde allí conspira contra la posibilidad de que ese proceso, deformando al legítimamente reclamado, lleve al país a puerto seguro.
Una de las peleas de fondo en ese frente es la que debe devolver a EBX a sus orígenes, para que destruya allá los bosques brasileños, si su Gobierno, legisladores y prensa lo quieren, y evitar que su prepotencia, precisamente con el apoyo de parte de la comparsa interna, someta a Bolivia al riesgo de tener asentado en su territorio a un huésped tan poco deseable.
Pero hay un riesgo grande para que precisamente se logre el destierro de la avidez interna por almorzarse la riqueza nacional, y es que en el afán de hacerlo se sirva la mesa a una amenaza peor, enteramente ajena a nosotros.
Estamos a tiempo de dejar de jugar al mono mayor. Como ha indicado la voz prudente del Gobierno: el primate caerá algún día del árbol —no hay mal que dure 100 años—; la que no puede caer es Bolivia.
En lo poco atendible que ha dicho una oposición permeada por esos apetitos sobre el gas y los minerales nacionales, también se ha advertido con no hacerle el juego a los desvaríos de la fiebre caribeña.
Entregarle a tanta megalomanía nuestros hidrocarburos, minerales e intereses comerciales, que no son dote del Gobierno, no solamente puede indignar a la sociedad boliviana, incluidas las bases en que se asienta el poder circunstancial, sino dar razones, esta vez sobradas y reales, para que el separatismo encuentre precisamente a su mejor aliado en la única fuerza capaz hoy de frenarlo.
*Álvaro Zuazo es periodista.
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