Se calcula que más de 4.000 bolivianos viven en este país nórdico. Algunos recayeron allá porque huían de las dictaduras; otros llegaron en busca de futuro; y la mayor parte ha adoptado a Suecia como su nueva patria.
Carlos Decker-Molina Fotos: Reuters / Carlos Decker Molina
Porque van diez años que dejé mi tierra...´. La niña titubea, mira a su padre inquiriendo el resto del poema, pero es la madre quien le “sopla” los versos restantes: ´(...) las gentes me miran con ojos de ausencia”, termina.
Estoy en la casa de Jaime y Paola. Él es boliviano, hijo de un refugiado político que llegó desde el Estadio Nacional de Chile. Ella es hija de un chileno que llegó de la misma prisión. Martina, la nena de 10 años que recita los versos de Octavio Campero Echazú, es la nieta de los exiliados. Cuando le pregunto de dónde es ella, mira a su padre, a su madre y en un castellano con tonos suecos me dice “soy de Mälarhöjden”, un suburbio de Estocolmo.
En otra escena, Juana, una mujer de mediana edad, aparece en el pasillo, me ve, llora y cuenta su trágica historia de mula. Cumple condena por introducir cocaína.
En otro lugar, Sonia P. Halsteen se sienta en un silla de madera en el patio de un viejo solar en Estocolmo y recuerda: “Conocí a Leif Persson en París y el amor me llevó al sur de Suecia. Nos vinimos y nos instalamos en Malmö. Leif falleció. Inca Tour es ahora mi empresa, la fundé en 1983 y hoy tenemos dos agencias, 40 empleados y somos representantes autorizados del LAB´.
En el despacho de uno de los más famosos hospitales suecos, el Carolino, el doctor Inti Peredo me mira con ojos penetrantes, iguales a los de su padre. ´Siento gran orgullo por mi padre y los que dan su vida por sus ideas´, reconoce.
En la calle, mientras tanto, aguarda una realidad distinta. ´Es la segunda vez que vengo. En mi primer documento era Juan, hoy soy Ernesto y trabajo \'al negro\'. Soy indocumentado. Mi hijo está con mis suegros en Cochabamba”.
Legales e ilegales
“Vad är det?”. “Vilka är de” (¿Qué es eso? ¿Quiénes son?), preguntan los suecos un domingo de verano, cuando diablos, morenos y los supay de Cancañiri o San José toman las calles de Uppsala, ciudad donde se realizó el último encuentro nacional de bolivianos en Suecia.
¿Pero quiénes son estos bolivianos que viven en Suecia? En la oficina nacional de migraciones de Suecia no tienen el registro del primer boliviano. El primer nombre que la empleada encuentra es el de Alicia López, quien llegó a ser cónsul boliviana en Gotemburgo.
Las cifras oficiales señalan 2.765 bolivianos con residencia legal, pero no figuran los que han optado por la nacionalidad sueca ni los ilegales. “Debemos ser unos 4.000”, me asegura una fuente consular.
La mayoría llegó tras los golpes de Chile en 1973, algunos pocos después del pronunciamiento militar argentino en 1976 y la gran oleada se produjo tras el golpe de García Meza. La última hornada, los que arribaron después del 2000, son los indocumentados.
Y en mi afán por buscar la punta de esta madeja, me encontré realmente con una Bolivia en miniatura: con sus clases sociales, con divergencias políticas de toda índole y su intenso regionalismo.
Hay profesionales, obreros, empleados, empresarios, artistas, un par de escritores, pintores, muchos que desean ser poetas, algunos desocupados, exitosos y, por lo menos, ocho presos. Alguna que otra sepultura, entretanto, testifica con su silencio el paso de otros bolivianos —algunos conocidos— por esta tierra de hielo.
Desmitificar el primer mundo
“Yo llegué a mediados de los 70. Estaba de paso a Latinoamérica, pero un profesor de la Universidad de Luleå, al norte de Suecia, me sugirió hacer un doctorado porque la situación en nuestro continente era inestable. Mi primer trabajo fue en el Servicio Geológico de Suecia. Soy geofísico, ingeniero en tratamiento de aguas e ingeniero comercial. Estudié primero en Rumanía y más tarde en Suecia”. La lista de empresas en las que trabajó Óscar Durán es larga, pero pude retener dos nombres por su resonancia mundial: Atlas Copco y Hydae Internacional. “Lo mejor que me ha dado la vida es mi hija. Madre chilena, padre boliviano y ella es sueca. Por ella sigo aquí”.
Otro que llegó de Rumanía es Gabriel Palenque. ´Estuve en Suecia varias veces, pues solíamos venir a trabajar en las vacaciones de verano”. Hoy, Gabriel es el jefe de Redacción de Radio Bolivia, que emite para los oyentes de la ciudad de Estocolmo. Radio Bolivia es un enclave en castellano con música e información originada en Bolivia y, obviamente, en la colonia radicada en la capital sueca.
A su manera, Víctor Montoya también contribuye desde los medios, pues tiene una columna en el semanario en castellano Liberación en la que es el Tío de la mina, y opina sobre los temas de la actualidad sueca y boliviana. En su afán, además, encargó el busto del Tío para llevarlo al suburbio de Tyresö, situado en las afueras de Estocolmo.
El antropólogo Jorge Cuenca, por su parte, dice que los “bolivianos somos la minoría más cohesionada en Suecia, gracias, sobre todo, a la identidad cultural´. Cuenca ingresó a la Universidad de Estocolmo a los 47 años. “En Bolivia no hubiera podido hacer esto, pero en Suecia sí. Me ayudé trabajando”.
Y Cuenca aboga por desmitificar al primer mundo. “La clase media en Bolivia mira a Estados Unidos y Europa como paradigmas de su salvación, y no es así, porque cuando se llega al primer mundo hay que empezar de cero, no importa si eres profesional u obrero de la construcción. Con apellido ilustre o sin él, todos hemos limpiado pisos, lavado vajillas o cobrado boletos en el subte”.
Barreras para el extranjero
Sin las tonalidades del inglés y con nueve vocales, que se alargan o acortan en la medida en que estén al lado de una o dos consonantes, el sueco es un idioma complicado.
Pero todos coinciden en que el idioma es la llave de ingreso a la sociedad. El resto es por la capacidad de uno, no hay apellidos que estén por encima de otros.
Por otro lado, no hay imposibles en cuanto al manejo del lenguaje y su dominio, y una doctora boliviana, Nadezhda Bravo, fue capaz de defender su tesis en sueco en la Universidad de Uppsala.
Con todo, el idioma no es la única barrera para el extranjero, pues aspectos como las estaciones del año también cuentan. Y en Suecia sólo existen dos: Verano e invierno.
Pero a todo se acostumbra uno, como lo hizo Dionicio Coca, quien fue dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros y estuvo exiliado al Paraguay y en Chile antes de llegar a Suecia, donde ahora es un jubilado a cargo de una carpintería.
Vida de artistas
A pesar de las penurias, las carencias y la vida anterior, ésa que se dejó atrás, muchos bolivianos han llegado a transformarse en artistas.
Hans Hoffman, por poner un ejemplo, es hoy el dibujante más importante de los bolivianos en Suecia. Ha hecho exposiciones y ha ilustrado decenas de libros, afiches y poemas. Aunque su nombre y apellido dirían lo contrario, cuando uno ve a Hans se da cuenta de que es boliviano como el que más.
Otro artista con nombre propio en el óleo es Julio Casanova, quien trabaja una buena parte de su tiempo en México y la otra en Suecia. Sus cuadros son de tonalidades fuertes y cuando se los disfruta taladran en el alma.
Édgar Costa, ex militar, guitarrista, cantor, poeta y escritor, también es de los que pintan con colores vivos. Y, mientras estoy con él en su departamento de Hjulsta, recuerda los días en los que comenzó un largo viaje que no termina, allá cuando Santa Cruz era el centro nervioso de una insurrección, en 1971, y la Policía cruceña arrestó a 30 personas, entre ellas al entonces coronel Hugo Banzer.
Los peor parados
Pero los que más sufren de nostalgia y pena en Suecia son los presos, la mayor parte mulas que transportaban droga en cápsulas en el estómago. Los bolivianos tenemos, al menos, ocho presos comunes, casi todos mujeres, y Ximena, que es considerada la jefa de las mulas bolivianas, está condenada a ocho años de prisión.
También, como ocurre en otros países —dígase Argentina—, hay bolivianos que explotan a otros, a los indocumentados, y les cobran como 80 dólares mensuales por dormir hacinados, 50 por usar el buzón de correo y otro tanto por la energía eléctrica. Encima, por lavar platos y limpiar pisos no pagan mucho, y hay que trabajar 15 horas al mes para mandar algo a Bolivia.
Cualquiera, además, puede caer en estas rutinas. Y eso lo sabe muy bien Juan, un joven apuesto, de clase media y con trabajo que cuando se quedó sin éste tuvo que marcharse de Bolivia. ´Allí no hay futuro´, dice. Así, llegó a Estocolmo, donde permaneció hasta que lo deportaron, pero volvió a entrar en el país. Hoy, se llama Ernesto y, cuando se le pregunta por los ilegales, no se atreve a dar un número. ´Somos muchísimos, y hay varios en otras ciudades. Ni siquiera casándote te dan la residencia, hay que esperar como dos años de casado para que las autoridades se convenzan de que es por amor y no por obtener visa´.
Esos problemas, por suerte, no los tuvo Inti Peredo, cuyo padre combatió con la guerrilla del Che. Él encontró el amor en una boliviana que había crecido, estudiado y trabajado en Estocolmo, y se vino con ella. ´El resto fue estudiar el idioma, pues en medicina no había mucho que aprender, ya que vengo de una escuela que está reconocida mundialmente como una de las mejores de América Latina, la de Cuba”. No en vano, Inti Peredo hijo ganó en muy poco tiempo un buen espacio en la neurocirugía.
Frente al hospital Carolino, donde trabaja, está uno de los cementerios más importantes de Estocolmo. Es un bosque de abetos y abedules que no deja adivinar que es un campo santo. Y, cuando me acerqué a mirar, recordé la frase de un amigo: “Yo no quiero morirme en Suecia, porque no te entierran, te ennievan”.
Hoy, entre los difuntos bolivianos más recordados en Suecia está Elena Matos de Chacón, quien yace en el cementerio de Sundbyberg y acompañó a su nieta-hija en sucesivos exilios a Chile, Argentina y Suecia, donde dejó este mundo en la flor de la vida, a la edad de 97.
Otro de los que se fueron es Orlando Jiménez Bazán, El Camba, que fue guerrillero del Che y torturado cerca de La Higuera para que denunciara a compañeros de lucha como Regis Debray. Murió en Örebro, donde aún vive la viuda.
El paso del tiempo
El tiempo pasa, nos vamos quedando viejos”… canta Pablo Milanés en la Radio Cordillera de Norrköping, emisora que informa habitualmente acerca de Bolivia.
Este canal de comunicación se debe a un esfuerzo de los socios del Centro Cultural Bolivia, pues en esa ciudad viven muchos bolivianos. Uno de los impulsores de centros como éste es el chaqueño Cliver Zardán, compañero de luchas universitarias de Óscar Eid y fundador ciertamente incansable de organizaciones políticas y culturales que hoy están bajo la batuta de las nuevas generaciones.
La tonada de Milanés, mientras, me hace recordar a Jaime y Paola, y a los versos que acostumbra a recitar su hija Martina, en un tiempo que nos ha marcado con heridas inolvidables, en que los espejos comienzan a contar una historia de canas y arrugas.
´Así pues, soy un extraño en este lugar pero este país se ha apoltronado en mí No puedo vivir en este país Pero, a pesar de todo, este país vive en mí´, entona la pequeña con pasión. Esta vez lo hace en sueco, son versos del vate Gunnar Ekelöv.
Y yo coincido con las palabras del poeta, porque sé que por muy bolivianos que seamos Suecia es una tierra que ya nunca nos dejará.