Hace unos días escribía desde esta misma columna una nota en la que me preguntaba si algo había cambiado en Bolivia desde el advenimiento a la Presidencia de Evo Morales y su partido, el MAS. Y mi respuesta era que nada había cambiado en el fondo, que no fuera para empeorar las cosas. Decía que continuaban las marchas, los bloqueos, las denuncias de corrupción, los atropellos a las instituciones, los enfrentamientos regionales, las disputas étnicas, y que, por último, había llegado al acabose, eso sí, como nunca antes, la mediocridad y la ineptitud administrativa del Gobierno. En suma, concluía, que Evo Morales y el MAS estaban bebiendo de su propio veneno y ahorcándose con su propia cuerda.
A todo lo anterior se agrega ahora la maniobra de apelar al argumento de la pobreza existente en el país, que nadie discute, para frenar la subvención estatal a los partidos y agrupaciones, para su propaganda de cara a las elecciones de la Asamblea Constituyente. El MAS quiere eliminar las subvenciones estatales cuando es gobierno y cuando puede disponer del aparato del Estado para hacer su campaña. Pero, además de su militancia que aporta recursos sagrada y obligadamente, echa mano de la contribución ´voluntaria´ de los empleados públicos, que ganan sueldos de hambre. Mediante una circular que ha sido conocida públicamente —interpretada sin convencer a nadie por la dirigencia del MAS— se establece que el aporte de los empleados públicos es del 5 por ciento de su salario o de lo contrario ya se sabe lo que les sucederá.
El Presidente de la República cuenta con los recursos del Estado para movilizarse por todo el país alentando el apoyo para respaldarlo en la Asamblea Constituyente, además de que, según denuncias de los propios afectados, funcionarios de los medios estatales han sido instruidos por los ´responsables de la estrategia comunicacional del Gobierno´, para sumarse, sin chistar, a la campaña oficial.
La oposición continúa protestando por lo que cree que es una violación a la ley, mientras el Vicepresidente de la República afirma que el tema sigue congelado por falta de consenso. ¿Consenso de quiénes? La cuestión es que el tiempo pasa, las elecciones se acercan, y continúa la dilación en el desembolso de los recursos. Es obvio que aquello significa una ventaja apreciable para el oficialismo.
Aquí no se trata de que antes los políticos hayan sido unos santos y éstos sean unos demonios. Nada de eso. Las mañas y las picardías siempre se han cometido. Volvemos a reiterar: lo que no gusta a nadie, lo que, más bien, indigna, es que la gente del MAS que clamaba por cambiar la conducta y la mentalidad de los bolivianos, sea, hoy, el ejemplo corregido y aumentado de quienes gobernaron antes. Pero algo más: que aprendieron sólo lo malo.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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