Hoy, desde el gobierno, inventan el juego de palabras de la "reintegración marítima", en reemplazo de la "reivindicación marítima". Me vienen de perillas para ceñir a las circunstancias de nuestro país, dos análisis donde han coincidido Mario Diament de La Nación de Buenos Aires y mi adulada Maureen Dowd del New York Times. El tema fue lo que el primero llama la silenciosa rebelión de los generales y la segunda, el motín de Rummy. Que no es de canasta de barajas francesas, sino nada menos que el ministro de Defensa de George W. Bush.
Dice la incisiva Maureen que la historia hurgará por mucho tiempo cómo Estados Unidos, en menos de una generación, cometió los mismos errores sangrientos en Vietnam e Irak, trocando al arrogante y obtuso Robert McNamara de lentes de alambre, por el arrogante y obtuso Donald Rumsfeld de lentes de alambre. Damient, a su vez, comenta un libro que hoy es lectura obligada de militares gringos (H.R. McMaster, Dereliction of Duty). En 1960, dice, (fue en 1965), los que asesoraban a McNamara, eran una mezcla de tecnócratas ignorantes y soberbios, y de generales deseosos de promover su foja de servicios. El resultado fue que importantes decisiones estratégicas se tomaron a espaldas de los que con experiencia y capacidad de evaluar lo que estaba sucediendo en el campo de batalla, se quedaron chitones, temerosos de afectar su futuro profesional. Algo similar pasó en Irak. Pero ya suman seis los generales que han denunciado la incompetencia desplegada por la Casa Blanca en la planificación, invasión y conducción de la guerra: a señalar la ineptitud de Rummy y a reclamar su alejamiento.
Ya tenemos uno en la Cancillería, así que no me meteré a yatiri, a vaticinar en coca un final apocalíptico al aparente experimento de regresión a una oclocracia étnica en Bolivia, so pretexto de cambios que al final serán mucho ruido y pocas nueces, como sucede en los gobiernos que de populistas resbalan a totalitarios. Pero me mueve precisamente el que algunas de las más importantes decisiones estratégicas de la guerra de nuestro país contra la pobreza, están hoy en manos de ignorantes y soberbios. Y los que los asesoran, o son arrogantes y obtusos, o teniendo experiencia y capacidad hacen mutis por temor a mellar su futuro profesional o burocrático, o ambos.
Tomemos el acceso soberano al mar. Nadie negará el lastre que significa el enclaustramiento marítimo. Pero los estudiosos no intentan insuflar conciencia al ciudadano, sobre si su mayor impacto está en el auto flagelante psiquis boliviano o en la economía del país. Porque ya tenemos acceso al mar por Puerto Aguirre. Sin que el ejército en 1934 hubiese recuperado el lomerío de Chamocos, donde se ubicó ese Puerto Pacheco del que nos desalojaron los paraguayos en 1898. O en épocas más actuales, sin que hubieran tenido éxito llorones gobernantes ganando réditos de pobladas jingoístas.
Tanta bulla sobre acceso soberano al mar. Los que ayer azuzaban a la plebe para torpedear toda iniciativa de acercamiento gradual entre Chile y Bolivia, hoy, desde el gobierno, inventan el juego de palabras de la “reintegración marítima”, en reemplazo de la “reivindicación marítima” que anteriores gobiernos manejaban. ¿Alguien conoce la diferencia? Ya lo he dicho: cosa difícil, pero si Chile accediera uno de estos días –y Perú asintiera-, a un corredor soberano al norte de Arica, ¿tendríamos los millardos para construir un megapuerto?
En repetición de movidas de la politiquería criolla de siempre, del que no podían sustraerse los mandamases de hoy, ya se habla de que merodean por ahí los bonos de lealtad. No teniendo asesores de inteligencia cubanos ni venezolanos, mal puedo sugerir que tales talegazos compradores de apoyo estén calentando los bolsillos y el entusiasmo de las fuerzas armadas por las medidas del Presidente Evo Morales. Pero puedo dar fe de la náusea que me causó una sinuosa y manipuladora condescendencia suya. En ocasión del 115 aniversario del Colegio Militar de Ejército, el jefe de Estado habló del “Plan Chile” para lograr la reintegración marítima sobre la base de consultas a varios sectores del país. Pidió al Alto Mando Militar el asesoramiento correspondiente, ver las formas de cómo retornar al mar, en diplomacia, mediante el diálogo, mediante la comprensión. Tal hubiese sido causal de lanzar la plebe a las calles hace nomás un par de años.
Lo primero que deberían asesorar los militares bolivianos sin atisbo de cálculo, salvo el interés de la patria, sería que no se haga un circo de las negociaciones con Chile. Que el Canciller no ande trayendo el mar en su chuspa hablando de acceder a un puerto en el corto plazo, como aquel homólogo que lo trajera cargado en su maletín. Tales gestos demagógicos ya enfriaron la tímida apertura chilena a tratar temas bilaterales en una agenda sin exclusiones. Y fue una burla la visita del chileno mandamás de la OEA. Ahora, ni los ariqueños nos quieren cerca compitiendo con su puerto. Tampoco la mayoría de los chilenos cederían soberanía marítima y territorial a Bolivia en un cordón umbilical en el Pacífico.
Campea en la pared de mi reducto de libros y recuerdos, un trozo caligrafiado de las Máximas y tácticas militares de Napoleón Bonaparte: “Un comandante de fuerza no puede disculparse de sus errores en el campo de batalla aduciendo el cumplimiento de órdenes de su Ministro o Soberano, cuando el superior que da las órdenes está ausente del campo de operaciones y, por tanto, tiene conocimiento parcial o ignora los últimos acontecimientos. Por consiguiente, se deduce que es culpable aquel comandante que ejecuta un plan que considera defectuoso. Más bien, el comandante debería explicar sus razones, insistir en que se modifique el plan, y en última instancia, presentar su renuncia antes de ser el instrumento de la derrota de su ejército.”
Es algo que los militares bolivianos bien podrían tomar en cuenta. Dudo que los nuevos tecnócratas políticos lo hagan.
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