La Alcaldía de La Paz ha emprendido una nueva campaña de educación vial, con el fin de hacer menos caótico e indisciplinado el tráfico, de coches y peatones, en nuestra ciudad.
La iniciativa es loable y necesaria, desde todo punto de vista, y ojalá fuera complementada con una campaña clara y sostenida en las escuelas de todo nivel y grado.
Sin embargo, no me parecen igualmente loables los epítetos que ha recibido en la inauguración de la campaña un simpático y amigable animal. Por eso, me he autonombrado ´Defensor del burro´, aun a riesgo de ser tildado de defensor del burro corrupto, por quien sabemos.
No he de aburrir al lector con pedanterías, como que nuestro héroe es conocido con diferentes nombres en el idioma castellano (y en otros más), señal inequívoca de su importancia en la civilización humana: pollino, rucio, jumento, asno, borriquillo. Pero sí quisiera recordar su gran aporte al progreso del hombre, como animal de carga desde la prehistoria hasta nuestros días, amigo fiel de su dueño, paseador de niños en los parques, dadora (la asna) de una preciosa leche (1 dólar el litro) para fines cosméticos, desde la egipcia Cleopatra hasta la mexicana Francis, en nuestros días. Ni qué decir de las propiedades curativas de la cola de burro, contra la tos ferina y las picaduras de escorpión.
Proverbial es la habilidad de los burros para diseñar caminos seguros y estables. Se dice que cuando un periodista fue a investigar cómo los campesinos trazaban sus sendas, la respuesta fue ´soltamos un burro y, por donde anda el burro, ahí hacemos el camino´. Luego, ante la inquietud del periodista ´¿Y si no tienen un burro?´, la respuesta se dice que fue ´entonces llamamos al ingeniero´. Desde luego, de ninguna manera estoy sugiriendo mayor austeridad en el aparato estatal.
Se suele creer que el burro es terco, cuando tiene, en realidad, un principio de autopreservación tan fuerte que, antes de hacer lo que cualquier cebra le ordena, lo piensa dos o tres veces y, si presiente riesgos, no lo hace.
Además, los profetas de Israel consideraban al burro el prototipo del animal manso y humilde, a diferencia del soberbio caballo, que nunca quiso saber de llevar otra carga que no fuera un jinete. De hecho, Jesús entró en Jerusalén montado en un burro, tal vez el mismo que le dio calor años antes en Belén, sin que ninguna cebra se le pusiera al paso.
Entonces, ¿por qué nuestro Alcalde vilipendia al burro, que tantos méritos tiene? ¿No será por una discriminación racial, a sabiendas que el burro es originario de África? ¿No se podía haber reemplazado, por ejemplo, al burro con el guanaco o la llama, camélidos autóctonos que, a la hora de cruzar carreteras, no tienen ni de lejos la prudencia ni la experiencia del burro? No quisiera pensar que, bajo el contagio de sus ocasionales aliados, nuestro querido Alcalde estuviera siendo llevado a decir lo que no debería y a ofender a un animal que tanto ha aportado a la humanidad, a tal punto de ser endiosado por egipcios (Ra) y griegos (Dionisio).
Tampoco me convence el panegírico a las cebras, no sólo con base en el docto estudio taxonómico de Debra K. Bennett (´Las rayas no hacen a las cebras´) sino porque no tienen virtud alguna que las distinga de los burros, a tal punto de ser tildadas de ´burros con pijama´. La vinculación de los burros con las cebras, más allá de la existencia del híbrido ´ceburro´, producto del raro cruce de las dos especies, es pan de cada día para los conductores de nuestra urbe: antes de cada ´paso de cebra´ hay un ´lomo de burro´ (o rompemuelles).
En fin, espero contribuir, mediante esta borrega opinión, al éxito de la campaña municipal de educación vial, apenas empañada por denigrar innecesariamente a un gran amigo del hombre, el burro.
*Francesco Zaratti es físico y defensor del burro.
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