Uno de los primeros barcos a vapor que surcaron el país se halla en Riberalta. Producto del auge gomero de 1800, la nave pasó luego a manos del Ejército.
Texto: Javier Badani Fotos: Nicolás Quinteros
Tiene 108 años y no muestra arrugas. Y a pesar del tiempo transcurrido, en su interior, que transportó desde soldados hasta magnates, actualmente encuentran cobijo parejas de enamorados.
Este hecho, que fácilmente podría provocar el suspiro del lector romántico, quita el sueño a Rodolfo Ojopi. Y no es para menos. El comandante del Primer Distrito Naval “Beni”, en Riberalta, es el encargado de velar por la histórica Tahuamanu, una embarcación cargada de epopeyas y que ostenta el título de Monumento Nacional.
“La gente ya no respeta esta reliquia militar”, rezonga mientras alcanza una lata vacía de cerveza que se anida al lado del motor. La preocupación de Ojopi es compartida por la mayoría de los habitantes de la pujante Riberalta, quienes reconocen la importancia de la que es considerada la primera embarcación de las Fuerzas Armadas.
La nave, que hoy reposa en el duro cemento con su proa apuntando a la confluencia de los ríos Beni y Madre de Dios, comenzó en el siglo XIX a surcar las caudalosas corrientes amazónicas del país, apoyando de forma trascendental tres conflagraciones bélicas.
Tecnología impulsada a leña A finales de 1800, Riberalta iniciaba su consolidación como gran centro económico del norte del país. Esto, gracias a la explotación en la zona de la quinina —utilizada entonces para combatir el paludismo— y posteriormente de la goma.
Entonces, el único medio de comunicación comercial era a través de los caudalosos ríos, pues no existía una red de caminos que vinculara el norte con el resto del país.
Por eso, no es de extrañar que las primeras embarcaciones impulsadas a vapor de Bolivia —importadas por la firma Brideyard, compañía que luego se convirtió en la casa comercial Seiler— arribaran principalmente a Riberalta.
Así, entre las lanchas que aquellos años surcaron el oriente —algunas impulsadas con rueda— destacan sobre todo la Helvecia, Triunfo, Madre de Dios y Francia.
Desmontadas, las embarcaciones eran importadas desde Europa a la población beniana de Cachuela Esperanza, donde se hallaba el astillero del empresario gomero Nicolás Suárez. Su colega, Antonio Vaca Díez, también contaba con su propia maestranza: Florida. Y en las épocas siguientes, el Estado impuso su presencia en la amazonia al construir el Astillero Nacional, génesis de la actual Fuerza Naval.
Pero fue en la maestranza Florida donde se ensambló, en 1898, la Tahuamanu —algunas crónicas de la época señalan que su primer nombre fue Iris—. Un año después, el bote iniciaba su periplo llevando al personal de la zafra hasta las barracas y transportando la producción por el río Beni hasta Rurrenabaque y por las corrientes del Madre de Dios hasta Brasil.
Según el investigador Alberto Ferrufino Virrueta (70), la Tahuamanu era impulsada por una caldera alemana que funcionaba a leña y era esperada con ansias por los habitantes de las comunidades ribereñas, ya que en ella llegaban noticias del resto de la amazonia.
Claro, con el transcurrir de los años y la introducción de botes de diesel, la embarcación se ganó su primer apodo: la “Tahua Peta” (tortuga), todo por su cansino trajinar.
Un veterano de guerra El éxito de la goma amazónica dentro del mercado mundial generó muy pronto graves problemas limítrofes entre Bolivia y sus vecinos.
Así, en los albores del siglo XX el país se vio enfrentado con Perú y Brasil. Con el primero, en la denominada Campaña del Manuripi; y con los brasileros, en la Guerra del Acre, un conflicto que fue impulsado por los filibusteros, quienes con el apoyo del presidente brasileño Francisco Rodríguez Alves intentaron independizarse de Bolivia.
Entonces, los magnates bolivianos de la industria gomera, entre ellos Nicolás Suárez y Antonio Vaca Díez, decidieron colaborar materialmente al país en ambas crisis.
Abruptamente, la Tahuamanu, al igual que varias embarcaciones a vapor, dejó atrás todos sus recorridos comerciales y, bajo la custodia del Ejército, transportó grupos de soldados, víveres y armamento.
Reforzada con acero y equipada en Alemania, la Tahuamanu volvió a ser comisionada para el transporte de efectivos militares, material bélico y logístico durante la Guerra del Chaco (1932-1935).
“Desde Guayaramerín se embarcaba azúcar y de Riberalta, harina y empanizado. La nave llegaba con su cargamento hasta Puerto Villarroel (Cochabamba) para luego retornar al norte”, narra Ojopi.
Tras semejantes travesías, ahora la lancha se alza altiva frente a las oficinas del Primer Distrito Naval “Beni”, y este hecho no es casual.
“La historia de este recinto militar no se puede desligar de la Tahuamanu”, explica Ferrufino.
El escritor beniano recuerda además que los primeros alumnos navales del país realizaron su aprendizaje en la centenaria nave, galardonada con el Cóndor de los Andes y considerada reliquia histórica.
De contadores a marinos
Según datos del Primer Distrito Naval, en 1935 el Astillero Nacional cambió su denominación por el de Astillero Militar Nº 1, renovando su equipo e instalaciones.
Allí se creó la Escuela Técnica Práctica de Navegación General, de la cual egresaron economistas, mecánicos, electricistas, plomeros y contadores. El incremento del número de inscritos provocó que en 1945 el Ministerio de Defensa oficializara a la primera promoción a través del grado militar.
Luego, en 1963 se instituyó la Fuerza Fluvial y Lacustre con base en Riberalta. El mismo año, inició sus actividades el Centro de Instrucción Litoral, que se constituyó en el primer instituto de formación superior para capacitar a los mandos navales. Gracias a ello, en 1965 se creó la Fuerza Naval.
“Cuando era niño, era impactante ver a los cadetes vestidos con sus elegantes sacos blancos y sus pantalones azules”, apunta Ferrufino.
Actualmente, el Distrito Naval de Riberalta cuenta con tres embarcaciones, dos remolcadores y una albarenga —embarcación de apoyo—. Con ellos, los marinos custodian las fronteras del país.
Por otro lado, en sus instalaciones se conservan las centenarias Madre de Dios y Helvetia, naves que están a la espera de correr la misma suerte de la Tahuamanu, embarcación que fue restaurada en el 2004.
Pero ese sueño está lejano, aclara el comandante de la unidad militar. “Ahora tenemos ya demasiadas necesidades en nuestras unidades”.
Su afirmación cobra fuerza al deambular por la maestranza, donde se rehabilitan piezas de chatarra para adaptarlas a las lanchas.
“Aquí no hay nada... Pero se hace todo lo que se puede por la patria”, dice el capitán Javier Roca, para luego espantar con un gesto arisco a un inquieto grupo de niños que se divierte manejando el mítico timón de la Tahuamanu.