Soñé que iba de la mano de mi madre a un zoológico de oraciones gramaticales donde nada más entrar, a la derecha, dentro de una jaula con los barrotes oxidados, reposaba la siguiente frase: “Me duele la cabeza”. Aunque mi madre la repetía mucho, me impresionó verla enjaulada, quizá porque no había comprendido hasta ese instante su auténtico significado. De súbito, dentro de mi cabeza apareció otra cabeza dolorida, en una relación semejante a la de las cajas chinas. La frase, en la jaula, permanecía dormida, de modo que golpeé los barrotes para llamar su atención. Entonces se incorporó con un estremecimiento y comenzó a ir de un lado a otro. Al caminar cambiaba las palabras de sitio: la cabeza me duele, duéleme la cabeza, me duele la cabeza... Mi madre, temblando, dijo entonces: “Salgamos de aquí, hijo mío”.
Enseguida advertí que las frases estaban distribuidas temáticamente. Ahora nos encontrábamos ante una serie de jaulas ocupadas por oraciones absurdas. En la primera haraganeaba la siguiente: “El mejillón no tiene ingles”. Mamá la observó durante unos segundos con expresión de perplejidad y luego me instó a salir también de allí como si se tratara de un sitio inconveniente para un niño. “Además”, añadió, “lo que no tiene el mejillón es cabeza”. “¿Entonces es mentira que no tiene ingles?”, pregunté. “Ni ingles ni cabeza”, respondió irritada, “pero que no tenga ingles es normal”. A mí me dolían las ingles con la frecuencia con la que a mi madre le dolía la cabeza, pero no me pareció el momento de confesarlo.
Buscando un lugar menos comprometido, fuimos a dar con el foso de las frases hechas, que se parecía al de los monos en la vida real. Había cientos de frases correteando de acá para allá ante el asombro de los niños. Me dio mucho asco, por razones evidentes, “en boca cerrada no entran moscas”, así que tiré con fuerza del brazo de mi madre, pero ella se enfadó mucho y me pidió que intentara disfrutar de aquellas oraciones vulgares como los demás niños. Argumenté entonces que me dolía la cabeza y ella me observó preocupada como si aquella visita estuviera resultando un error. “No se te puede llevar a ningún sitio”, concluyó, y me desperté.
*Juan José Millás de El País de Madrid para La Razón.
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