Sé que inicio una cruzada inútil, pero desde hoy dedicaré lo mejor de mi escaso tiempo y mi reblandecido cerebro a luchar contra los experimentos absurdos con ratones. ¡Si Mozart supiera las atrocidades que se cometen con motivo de sus 250 años! Leo en una revista que un profesor de la Universidad de Wisconsin realizó la siguiente prueba, destinada a medir la capacidad terapéutica de la música del gran Wolfang Amadeus.
1) Tomó un número de ratones de laboratorio o, mejor dicho, de ratonas, porque era preciso que estuvieran embarazadas. 2) A las ratas en estado las sometió durante dos meses a una misma sonata de Mozart, día y noche, utilizando para ello un altavoz potente a fin de que sus notas penetraran el útero. 3) Una vez nacidas las crías, el científico las soltó en un laberinto especialmente construido para roedores, y cronometró cuánto tiempo tardaban en orientarse.
El mismo experimento efectuó, para obtener patrones comparativos, con otro grupo de ratonas que padecieron la música del compositor contemporáneo Phillip Glass durante 60 días y 60 noches. Yo no sé si ustedes han oído música de Phillip Glass, y no digo durante 60 días, sino durante 60 segundos. Es tremenda. La llaman minimalista, porque es mínima la lista de espectadores que la soportan. Chirridos de violín por aquí, voces por allá, un vaso que se rompe, una cuchilla que resbala por el tablero, alguien pisa un gato, el gato muerde a un niño… Con decirles que una de sus óperas narra un día de Einstein en la playa y otra está escrita en egipcio antiguo. Pues bien: las ratas preñadas recibieron la tortura de los desacordes de Glass durante dos meses, y los ratoncitos nacieron con lana en los oídos y los ojos salidos y anaranjados. Luego los metieron al mismo laberinto de sus primos hermanos, los de Mozart, y les cronometraron el tiempo que les tomó hallar la salida.
¿Quieren saber el resultado? Lo presentaré a modo de conclusión científica: “todo ratón sometido a música de Mozart durante su gestación tardará menos en orientarse en un laberinto que todo ratón sometido en circunstancias idénticas a música de Glass”.
Me pregunto si es decente, si es justo, si es aceptable tratar de manera tan cruel a los pobres ratones. Hasta ahora yo sabía que a los curíes y ratas blancas les inyectan sustancias, les provocan tumores artificiales y los contagian de determinadas enfermedades. Sufren, los animalitos. A veces sufren tanto que inspiran lástima a los científicos. Siempre pensé que, bueno, era una etapa horrible pero indispensable, porque de ella salían vacunas contra males terribles y sabias enseñanzas para el ser humano. Y en eso quiero ser claro: entre la rata y el ser humano, prefiero el ser humano, aunque a menudo es más rata que la rata.
Sin embargo, el experimento de la música me deja perplejo. ¿Qué diablos quieren demostrar con semejante tontería? Según la revista, se trata de probar que la música de algunos compositores relaja más que la de otros. Pero, señores de la Universidad de Wisconsin, eso lo hemos sabido siempre. No necesitan maltratar a docenas de ratones e invertir miles de dólares en un laberinto para saber que es mejor oír a Mozart que sufrir a Phillip Glass. Cualquier operador de taladros se lo habría dicho. Cualquier artillero. Cualquier ratón normal. Cualquier gato.
Es hora de parar el abuso experimental de las ratas. Con los monos no se atreven, claro: ¡hay que ver lo que cuesta un chimpancé! En cambio, todo científico al que le sobran 10 dólares va, compra una manotada de ratones y ¡dele!... a ver qué barbaridad se le ocurre hacer con ellos.
La defensa del ratón no es empresa muy atractiva. De hecho, ratas y ratones tampoco. Mucho más sexy resulta proteger las focas bebés, como Brigitte Bardot, las ballenas antárticas o el tiburón blanco. ¿Quién no firma un memorial contra el contrabando de tigres, el sacrificio de elefantes, la caza del zorro, la venta de pieles o el apaleamiento de chinchillas? Para estas causas abunda la clientela.
En cambio, la suerte de los fetos de ratón no le importa a nadie. Sé que inicio una cruzada inútil, pero desde hoy dedicaré lo mejor de mi escaso tiempo y mi reblandecido cerebro a luchar contra los experimentos absurdos con ratones. Y si no tengo éxito, al menos lucharé para que a las ratas que van a ser mamás no les pongan música de Phillip Glass, sino de Mozart. Algo es algo.
*Daniel Samper P. es periodista.
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