Durante dos semanas, Escape se convirtió en la sombra del pugilista antes del combate por el título nacional profesional de peso ligero. Éste es el relato del sufrimiento antes de la pelea.
Texto: Álex Ayala Ugarte Fotos: Patricio Crooker
Apenas aguantó en el ring cinco minutos y 55 segundos. Su tiempo estaba contado. El púgil beniano Eddy Salvatierra besó la lona tras un gancho despiadado que llegó como puñado de alfileres a su hígado, tal y como lo había pronosticado una semana antes Wálter, hermano de su verdugo, Freddy Matador Mamani: paceño de 29 años, con el pelo rapado a los costados, 1,66 metros de estatura, 61 kilos, una pegada con más de 200 kilogramos de potencia, guantes rojos de ocho onzas (227 gramos) y una mirada sin un solo rasgo de cordialidad.
El pasado viernes 21 de abril, a las 22.05, en el coliseo cerrado Julio Borelli de La Paz, Freddy Mamani Guarachi hizo historia al conseguir el título nacional profesional en peso ligero —hasta 61,240 kilos— ante algo más de 1.000 espectadores. Antes, decenas de horas en el gimnasio, una dieta estricta y la ausencia de diversiones marcaron su vida por tres meses. Hoy, Escape recupera la agonía que representa cualquier pelea de boxeo, y la personifica en la historia de Matador.
Miércoles, 12 de abril Espera. Cuando faltan nueve días, cuatro horas y 35 minutos para la pelea, el boxeador paceño Freddy Mamani hace su entrada, a las 17.00, en las instalaciones del Coliseo Cerrado. Viste un gorro de lana con la tricolor de Bolivia, una pantaloneta roja y una sudadera oscura. Y, de fondo, el sonido de la comba golpeando el suelo se reproduce como un tic-tac constante.
Dentro, siete espejos semi borrosos por el vaho de los sudores repiten los movimientos de los pugilistas aprendices. El frío se cuela por un cristal roto. No es la única carencia de tan reducido espacio: los gaveteros metálicos recuerdan a otras épocas, los bancos de musculación lucen desvencijados; la tenue luz acetileno apenas proyecta algunas sombras; y el reloj no da la hora. Pero en un gimnasio de boxeo, por humilde que sea, no dejan de concentrarse a cada instante todo tipo de pasiones.
“El boxeo es como la vida, el arte de la lucha, un deporte donde se deben combinar el talento y las agallas”, explica el preparador Reynaldo Vega mientras espera a Freddy, su pupilo. Luego, lo define: “Él es el Matador porque es capaz de dibujar golpes taladradores”.
Al minuto, Freddy lo demuestra haciendo estallar en la arena y el aserrín del saco kilos de rabia. El sonido del guante al golpear es seco, directo, y entre izquierdazo y derechazo Freddy pulula alrededor del saco con movimientos de bailarina y juego de cadera. En cada sesión de entrenamiento pierde hasta dos kilos de peso, que después recupera tomando líquidos.
Martes, 18 de abril Rutina. Son las 5.30 de la mañana. Faltan algo más de 5.000 vueltas de minutero para el combate y Freddy trota cerca de la cumbre. El mejor golpe no siempre es el más fuerte, sino el más oportuno, y Matador ha aprendido a templar los nervios corriendo. La historia se repite y, cual Mohammed Alí curtido en mil batallas, Mamani es de origen humilde. Vive en las laderas del norte, de la zona Armando Escóbar Uría, con sus casas de ladrillo descubierto, su canchita de tierra y sus tienditas de barrio.
A las 7.00 llega su desayuno. “Leche o jugo acompañado con pan de maíz”, apunta su hermano Wálter. Cerca de la cocina, el cuarto de Freddy está lleno de afiches con los grandes pugilistas de todos los tiempos, y Matador visiona siempre que puede las peleas de sus ídolos para aprender su técnica. “Me gusta mucho el estilo del mexicano Julio César Chávez. Yo soy como él, me gusta entrar duro, a noquear, la pelea corta”.
A diferencia del sonorense, Mamani aún conserva la nariz intacta, no la tiene chata como otros pugilistas. De momento, más golpes le ha dado la vida. “Los golpes en el boxeo duelen sólo un rato, el daño que te hace la vida es mayor”.
Con todo, Freddy ha aprendido a fajarse con las dificultades de la mejor manera para continuar el sueño de su padre, el ex pugilista Pablo Mamani. Y así, como en su día Alí ganó con la mandíbula rota y el colombiano Kid Pambelé noqueó con una mano fracturada, Freddy entrenó durante meses con los tendones de un pie lesionados.
A las 12.00 es la hora del almuerzo. Luego, tras una siesta, vuelve fresco al gimnasio, a los colores crema del Coliseo, esa especie de plaza de toros de la que es el Matador.
Jueves, 20 de abril Sudores. Son las 18.20 y cada latido de Mamani significa medio segundo menos antes de la pelea. Freddy ensaya algunos movimientos mientras espera la llegada del retador beniano para el pesaje. El entrenador le pregunta por los nervios, pero está tranquilo. Sorbe agua, la escupe en un balde naranja y responde. “Le noquearé antes del tercer asalto”, dice. Antes de cada combate, este tierno padre de dos retoños —niña y niño— se transforma en toda una máquina.
Cuando no hay pelea a la vista, sin embargo, Freddy ejerce como policía, más concretamente como cabo del Batallón de Seguridad Física. Trabaja las 24 horas de un día y le toca descansar al otro. Le gusta la música clásica, la nacional y la cumbia, pero no baila. No fuma ni bebe. Es adicto a los jugos y no hace ascos a un silpancho, aunque ahora no pueda ni olerlo para mantenerse en buena forma.
Pero sólo el combate ronda ya por su cabeza. Con la capucha puesta y calada hasta los ojos, para no ver más allá de sus propios puños, guarda la vigilia particular del pugilista antes de una pelea. Camina, conversa con su preparador, vuelve a caminar, se encierra en el silencio de los vestuarios y está presente y ausente al mismo tiempo. En el ring todo sucede de prisa, pero acá, ahora, cada movimiento se. ralentiza. Y no llega la hora en la que el retador se haga presente.
A las 20.00, el trinitario Eddy Salvatierra entra en escena. Tiene manos grandes, pelo corto y tez morena. Al igual que Mamani, está seguro del triunfo. Mientras, entre las estrecheces del gimnasio, sus miradas no tardan en encontrarse. Entonces, se saludan con un tibio apretón de manos, casi calculado.
Viernes, 21 de abril Día de la pelea, 19.30. El camerín número seis del Coliseo Cerrado es como una nevera. Cada vez que alguien abre la puerta pequeñas corrientes de aire se cuelan como violentos latigazos. Freddy, abrigado, descansa sobre una mesa verde de madera, y masca chicle sin deseo mientras una peregrinación de gente entra y sale del vestuario.
Allá están sus preparadores, Reynaldo Vega y David Lima. También, su manager, René Rada Roque —compañero inseparable en las rutinas de Mamani durante los últimos tres meses y promotor de la pelea—, viejos boxeadores enfundados en trajes desgastados y dos niños con los rasgos de un adulto que parecen la versión infantil de Al Capone y Corleone.
El ruido ensordecedor alrededor del cuadrilátero anuncia que comenzaron los combates preliminares. Mamani sonríe. Varios de sus hermanos, también púgiles, forman parte del show y ya están repartiendo mamporros. Él, entretanto, se calza sus botines negros de la suerte —no cree en vírgenes ni medallas— y ensaya movimientos. Sus golpes cortan el aire con la precisión del cuchillo de un carnicero y las venas se le marcan en las manos como reguero de pólvora. Tras el esfuerzo, David Lima le embadurna con vaselina. Matador está ya preparado.
21.30. Freddy camina excitado por los pasillos del recinto, impregnados de un intenso olor a orina. Mientras se acerca al ring, lleno de salpicaduras de sangre, suena la música de Rocky. Matador luce pantaloneta negra. Eddy Salvatierra, una verde y amarilla.
Silencio. El sonido de la campana es fugaz, eléctrico, como la sentencia del condenado a muerte. Comienza el combate. Los primeros golpes son de Salvatierra, pero al aire, y no hay puñetazo que canse más a un boxeador que aquel perdido en el vacío. Freddy le baila, le estudia y da primero. El ring tiene su propia ley, la del más fuerte, y el árbitro se ocupa nada más de que los rivales no dejen de pegarse. Los abrazos son pecado. Si los púgiles unen el sudor salado de sus cuerpos, enseguida los separa. El público, al unísono, pide sangre. Y Mamani no tarda en impactar un par de buenos golpes en la cara del rival. Los tres minutos del primer round han volado y Matador ya ha dejado su huella.
¡Ding!, segundo asalto. Salvatierra logra algunos tímidos acercamientos, pero Mamani se vuelve volátil como el viento al esquivar y duro como el hormigón cuando golpea. Nervioso, con el sabor de la sangre en la comisura de los labios, el beniano resbala y cae, aunque apenas tarda un momento en levantarse. Freddy, como buen Matador que es, aguarda el momento para la estocada. Y éste llega a falta de cinco segundos para que finalice el round: finta, amenaza y lanza un gancho potentísimo al hígado. Salvatierra se derrumba. Ya no se levanta. ¡Nocáut! Más que el dolor físico, en su cuerpo pesa la derrota.
Al frente, el campeón, ante la mirada atenta de viejas glorias como el gigante Wálter Tatake Quisbert, alza sus manos con la fuerza de un coloso. Las cámaras y micrófonos le rodean, y él, levantando a su hija con uno de sus brazos, disfruta, al menos durante un instante, del triunfo del boxeo ante la vida.