Hace pocos días mi hija Verónica me comentó que tenía una tarea difícil en el colegio. Se trataba de hacer una representación plástica que reflejara los siguientes conceptos: integración, respeto, autoridad. Como no entendía bien la “orden” (parece que el profesor daba por sobreentendido que cada uno de los alumnos entendía los tres conceptos) le expliqué de qué se trataba y le propuse que pensara en un par de alternativas para discutirlas más adelante. Esos días mostraban en la televisión la toma de los pozos petroleros y algunas gasolineras; aunque no se trataba de un acto exclusivo de originarios andinos sino algo que concierne a todo el país, aparecía contentamente la combinación de la bandera nacional con la wiphala. Esto llamó profundamente la atención de mi hija y pidió algunas explicaciones. Poco tiempo más tarde me trajo una sola propuesta y me dijo que esa era la definitiva. Se trataba de una bandera de tela —mitad tricolor boliviana, mitad wiphala— y en ella escrito con letras negras: ¿integración? ¿respeto? ¿autoridad?
Verónica, una niña de 14 años, había captado el mensaje (yo no hubiera puesto autoridad entre signos de interrogación sino de admiración) y se ha asustado. Yo también estoy asustado, pues cada vez se hace más patente el camino hacia un totalitarismo que poco a poco está minando los principales valores de la cultura mestiza para reemplazarlos con elementos de la cultura aymara que sólo corresponde a un sector de la población boliviana. Y así —sin querer queriendo— nos están metiendo gato por liebre, pues en poco tiempo más la bandera tricolor va a ser un simple recuerdo. Lo irónico de este caso es que nos están introduciendo el nuevo símbolo como si se tratara de algo “originario”, pero no hay tal. Me explico; la wiphala, tal como la conocemos hoy, es una apropiación que hicieron los indígenas andinos —como lo hicieron con una buena parte de la cultura de los conquistadores— de las banderas de los tercios de Flandes, tal como se puede ver en los estudios de Teresa Gisbert. Este símbolo —sin lugar a dudas de un gran atractivo por la combinación de sus colores— cayó en el olvido y ha sido desempolvado por los indigenistas en el último tercio del siglo XX y lo han propuesto como bandera de las reivindicaciones originarias.
La bandera tricolor —como todos sabemos a través del colegio— es una construcción de los primeros años de la vida republicana y ha sufrido algunas modificaciones hasta quedar en la rojo, amarillo y verde que hoy conocemos. Se trata, sin lugar a dudas, de un símbolo identatario, pues a través de él todos los ciudadanos, sin exclusiones de ningún tipo, lo sentimos como algo propio que nos unifica. Cuando los bolivianos vemos la tricolor leemos Bolivia, aunque cada departamento tenga su propia bandera, pues no son excluyentes. ¿Será que la wiphala nos identifica a todos?
Durante la segunda mitad del siglo XX la humanidad ha sufrido un proceso de desacralización de muchos símbolos, y uno de ellos ha sido la bandera. Es así como este símbolo ha empezado a ser usado de formas poco ortodoxas: como materia prima para la confección de bikinis y ropa interior, para pintar los rostros de ellos y ellas para asistir a un partido de fútbol, para cubrir el cuerpo semidesnudo de una modelo, etc. Sin embargo, a pesar de este aparente “ultraje”, el símbolo sigue totalmente vigente. Cuando esta corriente llegó a nuestro país y se dieron estos “excesos”, los representantes de las Fuerzas Armadas se rasgaron las vestiduras y salieron en defensa de la sacrosanta bandera nacional. ¿Qué es lo que pasa ahora? ¿Es acaso que los militares están de acuerdo con este movimiento que —como dicen en mi tierra—está haciendo “gata parida” a la tricolor para reemplazarla por la wiphala?
*Alcides Parejas Moreno es historiador.
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