El ascenso a esta cumbre de 6.044 metros está acompañado de hielos eternos, oasis de aguas verdes y la esencia todavía viva del pasado.
Texto y fotos: Alain Mesili
Aquel que viaja a la cordillera de Apolobamba, al norte del lago Titicaca, se interna en un altiplano poco transitado por los turistas y poco trillado por movilidades, en un lugar de valles con caminos sinuosos, yungas aún impenetrables, caminos precolombinos que descienden hasta la Amazonia y pisos ecológicos y terrazas únicos en América del Sur.
Allí, entre lomas arrugadas de color amarillo cobrizo, se encuentra la cima del Chaupi Orco (6.044 metros), también conocida como ´la montaña del medio´, que se ubica en el extremo norte de Apolobamba y está separada del mítico Akamani por un cordón de figuras heladas, murallas de rocas, glaciares y vértices apuntando al cielo.
Mastodonte que divide sus riquezas entre Perú (25 por ciento) y Bolivia (75 por ciento), el Chaupi Orco es un nevado que exhibe gran parte de sus bellezas en sus vertientes orientales, que descienden hasta un antiguo pueblo colonial conocido como Queara. En su lado occidental, mientras tanto, domina el altiplano, y allá se extienden los casi 13 kilómetros del lago Súchez.
Un pico no tan conocido
Los incas, a su manera, fueron los primeros temerarios montañeros que se lanzaron a la conquista y el descubrimiento de toda esta región, prolija en espectaculares paisajes.
Así, el líder Matia Yupanqui se hizo conocer en su momento al hacer atravesar a su ejército a través de apachetas y collados situados entre los 4.800 y los 5.000 metros de altura.
Semejantes travesías fueron repetidas por los conquistadores españoles luego de décadas, tras su llegada en búsqueda de riquezas.
Pero el primer croquis de la cordillera de Apolobamba, incluyendo también algunas de las cumbres del nudo norte, no apareció hasta 1913, y su autor fue el coronel inglés Percy Harrison Fawcett, quien había sido contratado por el Gobierno boliviano en 1908. En sus trabajos, el explorador ya menciona varios cerros —Chaupi Orco, Palomani Grande y Palomani Tranca—, pero hasta las primeras expediciones de montañeros europeos, en 1957 y 1959, no se obtuvieron bosquejos generales de la zona. Sin embargo, la cordillera de Apolobamba sigue siendo hoy uno de los complejos montañosos más desconocidos y menos visitados de los Andes.
Con todo, las primeras exploraciones con vistas a escalar nevados tuvieron precisamente como uno de sus protagonistas al cerro Chaupi Orco. En este sentido, Frederick Ahlfeld y Arnold Heim, acompañados de un contingente del Ejército boliviano, en 1911 fueron dos de los pioneros en realizar una aproximación a este pico sagrado.
En 1920, nueve años después, el antes mencionado coronel Fawcett lideró otra exploración a este cerro.
Tiempo más tarde, gracias al auge del valle de Pelechuco por la demanda de látex y otros productos, la comercializadora Casa Franck apoyó varias incursiones germano-austriacas en Apolobamba, pero hasta 1932 no se produjeron los primeros intentos por conquistar cumbres. En ese afán, desde 1957 hasta la fecha, expediciones alemanas, italianas y españolas han protagonizado la mayor parte de las travesías que han hollado con éxito las cumbres de Apolobamba.
Varios días de caminata
Hoy, el paso inicial para el andinista que quiere ascender al Chaupi Orco, en el nudo norte de la cordillera, es llegar hasta el mágico pueblo colonial de Pelechuco, a 2.700 metros de altitud y conectado vía carretera con la ciudad de La Paz.
Para aquellas personas que no están acostumbradas a la altura, es fundamental la aclimatación, que demanda de seis a ocho días de caminatas para aumentar los niveles de glóbulos rojos en la sangre, adaptarse al clima rudo y a la escasez de oxígeno y medir la capacidad física.
Para ello, Apolobamba, cuna de los curanderos kallawayas, cuenta con un sinfín de rincones que visitar, con sus pueblos como anclados en el pasado, sus aguas termales, la reserva de fauna de Ulla Ulla, y las planicies frías y ventosas que se tornan espectaculares todas las noches cuando un manto de estrellas se hace dueño de los horizontes.
Una vez que se está listo, las tres primera etapas sirven para atravesar collados y sendas vertiginosas hasta alcanzar el campo base del Chaupi Orco, de nombre Soral, una planicie encerrada entre las faldas de diferentes nevados por los que corren gran número de riachuelos.
Desde Soral, el siguiente paso es alcanzar los conos rocosos de deyección, un lugar caracterizado por su tierra volátil e inclinación.
Allá, la vista se torna ya impresionante, con lagos de aguas verdes y una perspectiva única del valle. A unas horas de estos paisajes, entretanto, se halla el campo alto, situado a 5.000 metros. Cuando se llega a él, hay que buscar una zona plana entre las morrenas de los glaciares, para evitar las avalanchas de tierra y piedra.
Desde este punto, las llamas de carga y los llameros retornan a sus lugares de origen para volver dos o tres días más tarde. Es entonces que los montañeros se quedan solos para desafiar al exigente pico, contando únicamente con sus carpas, cocinas y equipo de escalada.
El siguiente reto es alcanzar la zona denominada como pie del Chaupi Orco, para lo que hay que batallar con un glaciar que serpentea constantemente en su camino y cuyas grietas crujen desde lo más profundo de sus entrañas heladas.
Pese al proceso de calentamiento global que afecta con deshielos a todo el planeta —y en buena parte a las paredes de algunas de las montañas bolivianas—, la cordillera de Apolobamba estira todavía enormes lenguas de hielo acompañadas de hundimientos laterales.
Por eso, el alpinista avanza siempre en silencio hasta la cumbre, disfrutando de los angostos pasos rodeados de nieves eternas, el sonido del viento y las figuras coquetas que se dibujan en unas y otras formaciones rocosas. El premio final es tocar casi el cielo con las manos al conquistar la cumbre y, tras el descenso, adentrarse en el valle, donde pareciera que no pasara el tiempo.