En los mercados de la región se pueden encontrar desde bolsos y pulseras hasta máscaras, violines, abanicos y muebles de madera.
Texto: Inés Ruiz del Árbol Fotos: Pedro Laguna
Todos la conocen en Buena Vista. Su puesto es un elemento más de la plaza, invulnerable al tiempo, siempre allí. Nadie podría decir con exactitud cuántas temporadas lleva Blanca Alí vendiendo en la misma esquina, pero lo que está claro es que sus artesanías en jipi japa forman parte del orden del pueblo, de su rutina.
Hoy, sin embargo, Blanca no se encuentra en Buena Vista, sino en Concepción, en el departamento de Santa Cruz, como parte de las artesanas de la Asociación de Emprendedoras Amboró. Allí ofrece el mosaico de colores de la jipi japa, plasmado en bolsos, caretas, sombreros de ala, pulseras, animalitos y joyeros grandes y pequeños.
“La jipi japa —explica la artesana— es como una especie de palmera. Se trabaja con la hoja. Se le saca una parte llamada ipuri y se le da color con tinta, porque es un material que agarra bastante bien”.
Su manejo forma parte de un arte antiguo y requiere técnica, aunque no todo es lógica con la jipi japa, pues el sentido creativo y la imaginación también juegan un papel fundamental a la hora de la elaboración de diferentes diseños.
“Yo aprendí viendo a otros artesanos. Comencé a los 18 años y desde entonces nunca lo he dejado”.
Como Blanca, en la asociación 40 personas se ganan el pan gracias a este material, pero también a los muebles y tallados de madera, los artículos textiles y productos gastronómicos de toda índole.
Al compás de los violines
Cerca de estas artesanas, la feria adquiere un cariz distinto, más rítmico. Se escucha una música suave, que incita al baile, y la gente se detiene para apreciar la melodía. Allí mismo, donde suena la tonada, se está fabricando un violín. Hay virutas en el suelo y fuerte olor a barniz.
Un hombre con el gesto concentrado talla a partir de un pedazo de madera. Se trata de Edelberto Méndez, quien desde hace 18 años da vida a los violines en la región oriental.
“Es un trabajo delicado. Hay que hacerlo con sumo cariño. Se utiliza el cedro, y se tarda aproximadamente un mes en terminar uno”.
Todo debe ser perfecto, desde el mástil hasta la caja de resonancia y el lijado. Si no es así, el violín no reproducirá bien música barroca.
Por eso, Edelberto se esmera por conseguir obras magistrales. Y eso que se formó a pesar de que no existen muchos lugares donde enseñen a hacer violines. “A mí me enseñó un viejito”, reconoce, y luego añade que le gustaría transmitir toda su pasión a sus seis hijos varones.
El precio por unidad oscila entre los 80 y 200 dólares, según el tamaño y la calidad de la madera. Aunque para Edelberto el valor del instrumento reside en su historia, su moldeado y en las manos de aquel músico que hace vibrar sus cuerdas.
Para matar el hambre
A unas pocas cuadras de allí, Katia Gutiérrez disfruta extrañamente viendo comer a los de su alrededor.
No en vano, trabaja en la escuela gastronómica de Concepción, y cocina casi siempre desde el amanecer. Su pasión por la cocina, dicen sus compañeras, viene de su abuelo, un español que pasaba horas y horas inventándose platos.
Hoy toca masaco, con su yuca molida, su queso y su plátano, que se cocina al horno. En la mesa hay también pan de arroz, harina de arroz y un rico horneado de yuca.
Ante semejante tentación para la vista, un dicho de la zona cobra pleno sentido: “Nada de lo que sirve, debe quedarse”. Tanto es así que los platos se vacían enseguida.
El queso, en opinión de Katia, es el pilar de la gastronomía chiquitana, pues mantiene el sabor original de la tierra y es ingrediente fundamental de los horneados, que las mujeres preparan con asiduidad para los desayunos y meriendas.
Es el caso del cuñapé, las calitas o la gran variedad de masas típicas. Todas ellas, acompañadas por un buen café, son una garantía para disfrutar de la jornada. Pero también es posible degustar el queso de búfalo, que en este caso es considerado único en Bolivia.
Jugos variados y ambrosía
A las mañanas, sin embargo, la reina es la ambrosía, leche de vaca recién ordeñada que se sirve con vainilla o con café, un poco de aguardiente y uva. Su sabor es dulce y agradable siempre al paladar.
Luego, cuando calienta el sol, no hay nada mejor para luchar contra la sed que los jugos de temporada, normalmente de lima, naranja, maracuyá, achachairú, acerola o piña.
Otra de las bebidas muy consumidas es la chicha de maní, fermentada con maíz y que se acostumbra a servir acompañada de un licor.
Así se aguanta hasta la hora del almuerzo, momento ideal para probar otro de los platos típicos de la región. Para la ocasión, en la escuela de gastronomía de Concepción sugieren el churrasco, carne de res y pollo cocinada a la parrilla.
Para acompañarlo, nada mejor que la pasoca —harina de yuca y carne seca que consigue renovar la gama de sabores—, arroz con queso, frijoles, ensalada de maíz fresco con abundante pimentón o brócoli bien adornado con cebolla blanca.
Si después de esto queda aún alguien con hambre, la opción del majadito, elaborado a base de pollo, es quizá la más aconsejable. Y como para el postre siempre hay sitio, la tablilla de leche con manjar y el dulce de leche con arroz no faltan en las mesas, con un sabor dulce y delicioso, sobre todo si se combina con un vaso lleno de limonada fresca.
Otros platos típicos
Mientras, en un pueblo cercano, en San Ignacio, las escenas se repiten. “En la variedad está el gusto, ¿no?”, justifica Mila Céspedes, al tiempo que cocina cerca de un rincón que está atestado de personas.
En ese instante, los olores se entremezclan como complotando para seducir a más comensales. Parece que el culpable es el locro carretero, con su charque y su plátano verde.
A su vera, en una bandeja, luce sabrosa la patasca, elaborada con cabeza de chancho y maíz blando, y es la que quizá genera más comentarios entre los que están comiendo: Está muy rica, ¿no? ¿Me puedes pasar un poco más de eso?
Todo está en su punto. Por algo es que nadie se quiere ir sin repetir.
La noche se va cerrando y San Ignacio se ve cubierto por una larga alfombra de estrellas. Los estómagos están llenos y Mila, aunque cansada por la ingente cantidad de platos que ha despachado durante todo el día, se muestra más que satisfecha.
Lo que pasa es que ella sabe que a la hora de comer los chiquitanos cuidan hasta el más mínimo detalle. Por eso es tan importante que los aromas y sabores no pierdan su particular carácter, su esencia legendaria, esa que por mucho que se busque no puede encontrarse en ningún otro lugar del mundo, pues es patrimonio del oriente.