Desde hace 89 años, esta organización altruista se dedica a prestar asistencia a aquella gente que lo necesita. Porque se exponen, sus voluntarios son siempre vulnerables en los conflictos.
Texto: Inés Ruiz del Árbol • Fotos: David Guzmán / Archivo Cruz Roja de Bolivia
Nuestros estatutos dicen que nada de armas, ustedes están infringiendo la ley al encañonarnos´, gritó Elsa Zuna mientras sentía el frío metal de la pistola sobre su sien. Ocurrió en 1972, cuando acababa de entrar a la Cruz Roja Boliviana y un nuevo golpe de Estado asolaba el país. Los guardias del régimen entraron violentamente en la sede de la organización buscando armas, pero no encontraron más que archivos y papeles. ´Se convencieron de que no teníamos armas y se marcharon. Pasé mucho miedo´, recuerda Elsa, una mujer que lleva más de 35 años trabajando con empeño bajo el símbolo de la Cruz Roja. El entonces presidente de la organización, Celso Rosel Santa Cruz, salió a la calle con la bandera de la misma, la depositó a la entrada como quien corona la cima de una montaña imposible y dijo: ´Aquí no entra nadie, este es recinto sagrado´. El episodio le dio a Elsa el sentido de todo lo que significaba estar allí.
Durante esa época, la sede de la Cruz Roja en La Paz se convirtió en una especie de embajada. ´Todos los que estaban perseguidos o en contra del nuevo gobierno venían aquí a protegerse. Eran políticos, catedráticos… aquí estaban seguros´.
Guerras en el camino La Cruz Roja boliviana fue fundada en la ciudad de La Paz el 15 de mayo de 1917 por Manuel Balcázar, un médico que tuvo mucho peso en su época. También era escritor, y fue el primero en elaborar la historia de la medicina boliviana. La organización surgió como una institución voluntaria y de servicio humanitario, sobre todo dedicada al campo de la salud. Sin embargo, antes de su fundación oficial ya se actuó durante la Guerra del Pacífico, en 1879, con personal y varias ambulancias.
En 1932 se produjo un salto transcendental. Con motivo de la Guerra del Chaco, la Cruz Roja se puso a las órdenes del Ministerio de Defensa y salieron contingentes hacia los teatros de operaciones. Allí actuó desde el principio de la guerra con su grupo de enfermeras. Al respecto, destacó el trabajo de Antonia Zalles de Cariaga y María Josefa Saavedra. Y es que sorprende el número de mujeres que entonces colaboraban para la Cruz Roja, alrededor del 98 por ciento del cuerpo.
Cuando terminó la guerra, en 1935, la Cruz Roja comenzó a dedicarse a los pacientes con tuberculosis y la atención de las mujeres gestantes, pero en 1952, con la Revolución Nacional del 52, socorrió a los rebeldes de ambos bandos, sobre todo en la ciudad de El Alto.
En 1963, por los servicios prestados al país, la Cruz Roja fue distinguida con el ´Cóndor de los Andes´, lo que representó un empujón más para seguir luchando contra la desigualdad en Bolivia.
Con todo, tiempo más tarde llegaron años difíciles para la organización. Así, en los 70, el Gobierno acusó a la Cruz Roja de vulnerar la neutralidad con la actuación de algunas unidades móviles. Esto produjo un lamentable periodo de intervención hasta el año 1974.
Situaciones de riesgo En esos días, y tras el golpe del 71, una de las labores cruciales que desempeñó Elsa Zuna fue visitar las cárceles, donde malvivían los presos políticos. ´Llevábamos medicinas y proponíamos que les pusieran luz eléctrica y duchas´, aún recuerda.
Pero la Cruz Roja también se encargó de auxiliar en los desastres naturales, y eso que trabajar sobre el terreno no resulta nunca fácil.
Eso lo sabe bien Elsa, pues una vez fue tomada como rehén. ´Yo cuidaba y aseaba a los hijos de un grupo de mineras y ellas me secuestraron para que el Gobierno les diera lo que pedían´. Elsa estuvo cuatro días sin luz y masticando sólo hojas de coca para conseguir aliviar el hambre.
También tuvo contactos con los terroristas peruanos de Sendero Luminoso, a los que protegió siguiendo los principios de parcialidad y neutralidad que imperan en la organización. ´Sabía que podía morir, pero les cobijé y les di comida como si fueran mis hermanos´.
Hoy jubilada, Elsa Zuna continúa regalando todavía parte de su tiempo a la organización. ´La Cruz Roja es un pulpo que te atrapa con sus tentáculos´, reconoce. Y parece que razón no le falta, pues en estos momentos se cuenta con decenas de jóvenes voluntarios.
Un presente alentador Actualmente, las organizaciones internacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja tienen presencia en 181 países y disponen de más de 105 millones de voluntarios. Su objetivo es mejorar las condiciones de vida de las personas, gracias a programas sobre unidades de salud, socorro, juventud y desastres.
En este sentido, las recientes riadas de febrero se han constituido en una buena oportunidad para ver al grupo en acción, pues se entregaron paquetes con los siete alimentos básicos en esas comunidades a las que nadie llega, casi olvidadas.
Uno de los voluntarios que participó de esta labor fue José Escóbar Zapata, paceño de 23 años que trabaja desde hace siete en la organización. Su máxima es ayudar a los demás de forma altruista. ´Aquí te dan los medios para hacerlo´.
Los voluntarios suelen dedicar la mayoría de su tiempo libre a la organización, aunque a veces se hace difícil entre los estudios y el trabajo. Sin embargo, todos coinciden en afirmar que la labor que merece la pena, sobre todo por la reacción de la gente a la que colaboran. ´Una vez —cuenta José—, ayudé a un pequeño que peregrinaba a Copacabana y quiso ofrecerme la mitad de su mortadela. Fue un detalle que me gustó mucho´.
Pero no todos los momentos son tan relajados. Durante los acontecimientos de octubre de 2003, José pensó en más de una ocasión que era la última vez que iba a llevar su chaleco rojo puesto. ´Subimos a El Alto por pedido de la población porque faltaban ambulancias y, en plena balacera, encontramos un ambiente desolador, con el ejército por un lado y el pueblo por el otro. Nosotros estábamos en medio y recogimos heridos de ambos bandos. Pero al ayudar a los militares sentimos cómo las pedradas destrozaban la camioneta´, rescata.
Claudia Méndez Cuqui ha vivido también experiencias similares en los nueve años que lleva como voluntaria. A sus 23 años, entre otras cosas, es ya una experta en atender las peregrinaciones a Copacabana. ´Durante la caminata nos enfrentamos a situaciones realmente duras: cansancio muscular, ampollas, frío intenso, calor abrasador...´. Por eso, es indispensable saber de primeros auxilios.
Su historia es sólo una entre tantas, pues más de 50 personas ponen al día de hoy el hombro a la organización en Bolivia. Para ellos, la Cruz Roja es una especie de gran familia, que va más allá del voluntariado o de sacrificar unas horas libres. Es una forma de vida.