Benedicto XVI concluyó ayer su viaje a Polonia con una visita a los campos de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde murieron cerca de un millón y medio de judíos a manos nazis, un día después de que el gran rabino de ese país fuera agredido por un joven en Varsovia, en un atentado presumiblemente antisemita. Si su primer viaje papal fue en agosto de 2005 a su patria Alemania, el segundo ha sido a la tierra natal de su antecesor, Juan Pablo II, a cuyo recuerdo y homenaje ha estado dedicado casi en su totalidad.
El papa Ratzinger proclamó su deseo de que el proceso de beatificación y canonización del papa Wojtyla sea lo más rápido posible, aunque el rigor que parece querer imponer en el respeto a los plazos de este procedimiento eclesiástico impida que esto suceda con la rapidez con que desearían la Iglesia y los fieles polacos, para quienes es ya santo y héroe nacional.
Benedicto XVI ha vuelto a mostrar muy claramente ciertas características que inducen a pensar que su pontificado tendrá más impronta de lo que se piensa. El Papa lanzó una dura reprimenda contra los sacerdotes que hacen dejación de sus deberes eclesiales al comprometerse en actividades políticas.
La contundencia de sus palabras hace pensar que si en los años ochenta Juan Pablo II centraba sus preocupaciones en las actividades políticas de los máximos representantes de la teología de la liberación, su sucesor está igualmente alarmado por los sectores ultraconservadores del clero que en Polonia utilizan su poder mediático, y en especial su cadena de emisoras Radio María, para llevar a cabo una permanente agitación populista y reaccionaria.
Estos medios no sólo ayudaron muy significativamente al conservador Partido de la Ley y Justicia (PiS) a alzarse con la victoria en las elecciones de otoño pasado, sino que han sido, además, decisivos en integrar en el Gobierno a los dos partidos populistas y derechistas de la Liga de Familias Polacas y Autodefensa.
El carácter especialmente agresivo de Radio María ya tenía alarmada a parte de la cúpula eclesiástica polaca, pero es su creciente pulsión revisionista y antisemita lo que parece haber hecho sonar las alarmas vaticanas.
El ultraderechismo que comienza a propagar esta cadena ya no respeta ni a las víctimas del Holocausto. Con su visita ayer a Auschwitz, uno de los principales escenarios de aquel horror, Benedicto XVI volvió a desautorizar a los ultras de Radio María y dejó claro, como ya había hecho su antecesor, que la trivialización o negación de los crímenes son una afrenta insoportable a los vivos y a los muertos.
*Editorial de El País de Madrid para La Razón.
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