Algunas veces escribí acerca del lugar que ocupa nuestro país en el imaginario del planeta. Obviamente no fueron profundos ensayos ni sesudas investigaciones. Sólo meras ocurrencias, después de ver películas, escuchar canciones, leer novelas e intercambiar con el Cachín Antezana algunos hallazgos acerca de las múltiples maneras en que nombran a Bolivia como sinónimo de lo imposible, lo recóndito, lo inverosímil, el límite de los límites, lo peor de lo peor. Volví a pensar en esto hace un par de días cuando en estado de convalecencia
—una astuta manera de concentrarme para Alemania 2006— vi por enésima vez Butch Casiddy and the Sundance Kid y sonreí ante al ademán que hace Robert Redford después de mirar la suela de su bota empapada de bosta y decir ´Bolivia´. No había terminado de acordarme que hace unos meses escribí acerca de la última película de Nicolas Cage en busca de su hermanito para que lo ayude en un negocio de tráfico de armas y esa búsqueda lo conduce a los Yungas en La Paz, solaz retiro de un adicto antes de ir a vender armas a Sierra Leona. No había terminado de acordarme, decía, y resulta que en una serie televisiva norteamericana, The West Wing, que versa sobre un presidente gringo y los avatares de su equipo de gobierno aparece nombrado, otra vez, nuestro país. De la manera acostumbrada, para variar.
Resulta que el presidente gringo se enferma en plena crisis política internacional porque la India y Pakistán están a punto de y hay que tomar decisiones. Y el mandamás no quiere traspasar esa responsabilidad al vicepresidente porque es un borracho y drogadicto. Un inútil. Y para poner en evidencia la desconfianza respecto a su probable proceder, un asesor del presidente —hablando del vicepresidente— dice de manera concluyente: ´No podemos confiar en él. Sería capaz de transmitir nuestros secretos de estado a… Bolivia´. Kehandicho. ¿Por qué no a Sudán, Paraguay, Turquía, Estonia o Nepal? Porque nosotros somos la antítesis de lo verosímil, la metáfora de lo inconcebible, el compendio de la desmesura. Pero no por eso nos canta Joan Baez en la cárcel de Sing Sing.
Ahora que somos centro de noticias y punto de intersección de globalifóbicos y globalifílicos porque nuestro presidente es primera plana aquí y acullá, vale la pena detenerse en este punto para evaluar si está cambiando la imagen de Bolivia o, simplemente, se está reforzando aquel perfil de paradigma del escarnio. Ambas dos, diríamos, porque depende del cristal con que se (nos) mire.
Personalmente, me tiene sin cuidado que el país sea mal visto allende los Andes y no me rasgaría las vestiduras ni escribiría cartas de desconsuelo porque Chávez dice lo que le viene en gana y nos hace quedar mal. Ni porque Chávez se crea más campeón que Bolívar. Y hablo de Carlos Chávez, presidente de Oriente Petrolero, el que quiso cambiar las reglas del campeonato porque no le fue bien a su equipo. Y de Bolívar campeón, si es que Real Potosí, primero, y Aurora, después, se lo permiten. Porque del otro Chávez y su Bolívar, de ese Chávez, no dan ganas de hablar y menos escuchar.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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