Fue la muralla de la ciudad durante el cerco producido en la revolución indígena de 1781. Hoy, sin embargo, es necesario someterla a una restauración.
Texto: Inés Ruiz del Árbol Fotos: David Guzmán
Parece impensable que esta calle, angosta y muy tranquila, donde los vecinos conviven inmersos en una calma asombrosa, fuera hace décadas escenario del último paseo para cientos de condenados a muerte, una especie de callejón sin salida donde los reos veían por última vez la luz del sol.
¡Bang, bang!, dos balas y los convictos caían al suelo muy cerca de allí, en la actual plaza Riosinho, mientras que en la estrecha Catacora el sonido rutinario era el de los lloros, gritos y chillidos, ante su inminente final, de aquellos que ya tenían marcado un fatal destino.
No por nada, esta calle es conocida hoy como el callejón de la muerte. ´A cualquier hora pasan carrozas funerarias porque todos los negocios de funerarias están ubicados en las calles aledañas´, relata Eduardo Mendieta, de 61 años, que lleva 40 viviendo en esta calle y más de 20 con su negocio de alimentos. Gracias a eso, ha conocido sus cambios y evoluciones. ´En esta calle tenemos una extraña relación con la muerte´, concluye.
Tradicional donde las haya, hasta hace algunas décadas en la Catacora había sólo casas de dos pisos, armónicamente dispuestas y siguiendo las ondulaciones naturales de un trazo diseñado por los caprichos del desorden y las pendientes. Se trataba de aprovechar los desniveles, creando una disposición espacial de casas superpuestas.
Pero el paso de la historia también fue dejando sus huellas, cambiando en gran medida la fisonomía de su característico y singular perfil.
Así, tras los golpes de Estado de Barrientos y Banzer se comenzaron a construir en esta calle edificios posmodernos, elevando su altura media y siguiendo una moda que se exacerbó en los 80 y 90.
Pese a todo, los vecinos tratan hoy de recuperar su esencia, y un reflejo de esta realidad está representado en la exigencia de la comunidad de convertirla en peatonal.
De esa opinión es Lily Carranza, quien desde los cristales empañados de su salón de belleza recuerda la tranquilidad que se respiraba antaño. ´No pasaban movilidades ni había tanto ruido como ahora´.
Pareciera que un reloj se ha detenido en su memoria, quedándose congelada en los tiempos en el que el humo y las prisas no formaban todavía parte de las rutinas.
De casa republicana a hostal Casi al final de la calle se encuentra el hostal Carretero, que recibe la visita de mochileros durante todos los meses del año. Por eso no es raro ver a turistas europeos paseando por la calle, comiendo en sus restaurantes o comprando en alguna de sus pequeñas tiendas.
´La pensión le ha dado mucha vida a esta calle. También, alegría´, dice Roberto Bozo, que trabaja con su familia para que este rincón multicultural salga hacia delante.
La casa tiene 45 años, y apenas se han modificado algunos detalles en varias décadas. Es un edificio republicano, y la familia Bozo lo quiere mantener aún como tal.
´Es el único hotel museo del mundo´, se enorgullece Roberto. En él, los turistas son libres de hacer grafitis en las paredes. ´Si las cosas que escriben son de mal gusto, las borramos. Sólo dejamos lo interesante, las pinturas buenas´.
Por los pasillos se respira una atmósfera bohemia, artística y familiar, y es que allá lo que buscan los viajeros es un ambiente distendido y hogareño, lleno de cordialidad.
El muro de la ciudad Con todo, parte del alma de la Catacora, llena de estrecheces, radica todavía en su historia, pues en su momento fue la frontera donde se terminaba la ciudad de La Paz.
Es por eso, quizá, que el arquitecto Carlos Villagómez sostiene que esta calle parece estar siempre al límite, como un final, como una muralla simbólica que rodea lo que es todo el casco histórico de la urbe.
Razón no le falta, porque en su día sí que hubo una muralla en ese lugar, separando La Paz de lo que no era La Paz, del resto del mundo.
De adobe, fue construida durante la rebelión de 1781 para repeler los ataques, quedando fuera de la misma los barrios de San Sebastián, San Pedro y Santa Bárbara, que desde ese instante fueron conocidos como ´de extramuros´.
Estos conformaron un espacio de transición entre lo rural y lo urbano, originándose además un proceso sin retorno de mestizaje.
Luego, poco después de la rebelión, el espacio indígena comenzó a alterarse y a llenarse de haciendas de españoles y criollos, y los sectores cercanos a la muralla se integraron a la mancha urbana.
Eran otros tiempos, una época en la que parte de la vida de la ciudad dependía de la caja de agua, una extensa explanada —donde actualmente está el parque Riosinho— en la que desde una fuente principal se repartía el agua por cañerías a una serie de pilas.
Pardos, verdes y blancos Hoy, a pesar del paso de los años, la Catacora sorprende todavía por su colorido, con los tonos pardo de la madera de los balcones, el blanco decolorado de las paredes y los restos de pintura verde presentes, tanto en puertas como en ventanas.
Pero son sus rincones angostos, sus callejuelas y sus subidas y bajadas, los detalles que dejan claro que la calle se construyó sin urbanistas. Y basta únicamente con observar su evolución para darse cuenta.
La calle nació en el siglo XVIII con el nombre de Carcantía y una arquitectura republicana, con casas de estilo afrancesado, ciertas reminiscencias coloniales, yeserías y los decorados típicos de las villas francesas, que aún pueden apreciarse en algunas edificaciones.
Más tarde, en el siglo XIX, tomó su nombre actual, en honor a un líder de la independencia boliviana.
Finalmente, en el siglo XX vieron la luz los edificios que no armonizan con la idea originaria, los que según Villagómez habría que integrar realizando una especie de ejercicio de acupuntura urbana, amén de dar prioridad a los arreglos en las construcciones, para que no pierdan un potencial turístico similar al de la calle Jaén. ´Pero parece que algunas personas prefieren borrar las huellas de la historia colonial, como si fueran una herida que permanece abierta´, lamenta Villagómez.
El pasado, sin embargo, está presente, y tiene su reflejo en los recovecos escondidos que fueron antes cubil de amantes, en las calles empedradas con perros tristes, gatos solitarios y donde huele a viento.
Y es que, en esencia, la calle Catacora es la misma de siempre, un lugar donde se dan cita lo trágico y lo cómico de La Paz, donde las vidas serpentean en sus esquinas, en su camino desigual, lleno de curvas.
Es por eso, a lo mejor, que la Catacora es cuna de poetas, refugio de alcohólicos que le cantan a la luna llena, repositorio de nostalgias, sol y sombra del paso de la historia y un principio aún sin fin, porque, a pesar de los pesares, los latidos de la Catacora son algo así como el vino bueno, ese que mejora con los años.