Con sus palabras, los hermanos del famoso Nobel y escritor hacen un repaso muy breve de los recuerdos de su infancia, de la sombrCon sus palabras, los hermanos del famoso Nobel y escritor hacen un repaso muy breve de los recuerdos de su infancia, de la sombra y la presencia de Gabo en sus vidas y de lo que el apellido García Márquez trae consigo.
Cuenta la periodista colombiana Silvana Paternostro que, estando con Eligio —hermano de Gabriel García Márquez— en Nueva York, éste le confesó que su mamá, Luisa Santiaga, decía que Gabo había salido buen escritor porque, de los 11 embarazos que ella tuvo, fue el único en que tomó Emulsión de Scott. “Gabito se me prendía al seno y salía oliendo a puro aceite de hígado de bacalao”, confesó Luisa Santiaga en el 82, año en el que el literato, uno de los protagonistas del boom latinoamericano, recibió el Nobel.
Mucho y bien se ha escrito del colombiano más famoso de la tierra desde entonces: sobre sus andares de rumba, su traje crema y su alma costeña; sobre las noches Caribe que pasaba sin dormir, en sus inicios, escribiendo en el burdel donde le alquilaban un cuartito, en la calle del Crimen de la ciudad de Barranquilla —allá dejaba a menudo los originales de La Hojarasca, su primera novela, como garantía de pago—; sobre los 200 dólares con los que se trasladó a México en omnibús junto a su mujer y su primer hijo, Rodrigo, unos meses antes de culminar Cien años de soledad; sobre sus cientos de manías y supersticiones... Sin embargo, poco se sabe de sus hermanos. ¿Quiénes son los García Márquez?
Silvia Galvis, escritora y periodista de Bucaramanga, se hizo un buen día esta pregunta. Y la respuesta a sus inquietudes la publicó en un libro, Los García Márquez (1996), en el que reproduce parte de las conversaciones que mantuvo con nueve de sus 10 hermanos. Hoy, con el permiso de la autora, Escape hace un resumen de los invaluables recuerdos de toda la familia.
Jaime, el titulado universitario
“Cuentan que Gabriel Eligio García, mi papá, llegó a Aracataca de telegrafista y que un día vio a Luisa, le gustó y se le acercó y le dijo: ‘Después de analizar a las mujeres que he conocido aquí, he llegado a la conclusión de que la que más me conviene es usted’. Yo quiero casarme, pero si le parece que no dígamelo y no se preocupe porque no me estoy muriendo por usted”. Para Jaime, como más tarde recogió su hermano Gabo en El amor en los tiempos del cólera, así empezó todo.
De su infancia, no olvida la pesada carga religiosa. “Aunque yo nunca asocié el sexo con el pecado. Y había una costumbre que en el interior causaba horror, y es que en el campo los niños teníamos relaciones sexuales con los animales. No nos producía vergüenza, ni dolor ni trauma. Todos lo hacían”, justifica.
Luego, decidió volverse ingeniero. “De todos mis hermanos, el único que logró un título universitario fui yo. El talento que no me tocó de la familia me obligó a estudiar”.
“Ser hermano de Gabo una vez sirvió para que a mi mamá le arreglaran el teléfono, que llevaba meses dañado. Fue cuando le dieron el Nobel. También nos ha valido para no hacer cola en el cine”, reconoce.
Actualmente, tras haberse desempeñado como ingeniero durante un largo tiempo, Jaime forma parte de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por el premio Nobel para formar a periodistas latinos hace 11 años.
Margot, el peso de la familia
“Yo estaba muy pequeña, creo que tenía tres años, cuando conocí a mi mamá”. Y es que a los 13 meses de nacida Margot fue llevada, junto con su hermano Gabo, a vivir con su abuela Tranquilina. “Yo nací negrita, flaquita y maluca, así como una india, con un pelo horrible”, cuenta.
“Siempre estábamos juntos Gabito y yo, pero había una cosa con la que me hacía llorar. Él me decía que a mí me habían encontrado en un basurero, y que yo era hija de la Quica, una señora que lavaba la ropa”.
Pero se querían mucho, y fue a ella a quien Gabo dejó una vez una copia de El amor en los tiempos del cólera por si el avión se accidentaba durante un viaje a México.
En Margot, además, recayó durante bastante tiempo el peso de mantener a la familia. “¿Cuándo será que salimos de esa vida tan pobre?”, le solía decir a su mamá. Años más tarde, sin embargo, gracias a la solvencia económica por sus éxitos literarios, Gabo le llevó a conocer Barcelona y París, a pesar de su miedo a volar, que ella describe como una “enfermedad de toda la familia”.
Aida, de niña rebelde a monja
“Yo era insoportable, inquieta, necia y desobediente. Tenía la costumbre de salirme sin zapatos al pueblo y caminar (...). Por desjuiciada, me gane varias ‘limpias’. Mi papá me dejaba la correa pintada”.
Con todo, luego de tener un novio, Rafael, que no gustaba nada a sus padres, y de verse a escondidas con él, Aida decidió irse al convento. “Pero, eso sí, jamás me convencieron de que bailar fuera pecado ni de que por mostrar las piernas las mujeres se fueran para el infierno”. Tampoco de otras cosas, porque tras 23 años de enclaustramiento abandonó sus días como monja.
Mientras, sobre los García Márquez, asegura que se dividen en dos: “los silenciosos y los conversadores”.
Luis Enrique, fama de diablo
“Gabito era el santo y yo el diablo, y con esa inmerecida fama me quedé durante mucho tiempo”, lamenta Luis Enrique, quien de niño fue protagonista de sonadas travesuras y años después ejerció de contador.
“Yo insisto en que era un niño como los otros, aunque no puedo negar que a veces me metía en unos líos tremendos. Una vez, llevé una barra de nitrato de plata y la eché en la pila de agua bendita de la iglesia. El resultado fue que, como a los tres días, algunas señoras tenían manchas por todas partes: en la frente, las manos, el pecho...”.
Años más tarde llegó el amor, y su primera esposa fue una secretaria. “Hay una cosa muy curiosa con las primeras esposas de los que nos hemos casado dos veces. Jaime se casó con mi primera secretaria. Después, Gustavo se casó con la secretaria de Jaime. Y yo después me casé con mi propia secretaria”.
Sobre Gabo, dice que “aunque esté lejos, está cerca. Cada vez que se me vienen encima problemas, se entera y aparece con la solución”.
Ligia, el “rincón guapo”
“Siempre que nos reunimos hablamos de lo mismo, pues nos encanta acordarnos de las mismas historias para volvernos a reír de lo mismo. A eso Gabito lo bautizó como el ‘rincón guapo’ y creo que nos ayuda a mantenernos muy unidos”, recoge.
Pero Ligia, aparte de rescatar recuerdos, ve a veces las cosas antes de que ocurran, como le pasaba a su mamá, la “Niña” Luisa. No por nada es también considerada la soñadora de la familia. “Un día me levanté y vi en el suelo un hombre muerto, un general con sus medallas. Yo me asusté porque sé que a mí se me cumple todo. Y a los tres días apareció en los periódicos que se había muerto el dictador Francisco Franco en España”.
Por ese don de la familia, Ligia ganó una vez la lotería. “Mi mamá soñó con un revólver, que significa el número siete, y supo que la lotería iba a caer en siete. Yo compré mi billetico en siete. Era el 0207, aún me acuerdo, y me gané 700 pesos”.
Gustavo, 32 tragos para cantar
“La primera imagen que tengo de Gabo es de Aracataca, cuando yo tenía tres y el 11. Él estaba sentado, le tiré una piedra y lo descalabré”.
“Yo he sido el hombre de los mil oficios. Fui cantante y también zapatero. He sido celador, cobrador en una floristería y vendedor de libros de ingeniería”. Finalmente, otros trabajos le condujeron a Venezuela.
De los García Márquez, asegura que idolatran a sus mujeres. “Ellas son las que mandan y cuando Gabito dice que Mercedes es la que maneja su casa y el departamento de rencores es verdad”. En el caso de Gabo, cuando alguien no es del gusto de Mercedes es casi una quimera el acercamiento al escritor.
Mientras, a Gustavo Gabo le confesó una vez que en el “exilio” de París tuvo que comer hasta basura.
Y en la familia Gustavo es conocido por decir, en tono de broma, “que para cantar necesita 32 tragos”. Sus hermanos, a modo de respuesta, sostienen “que canta muy bien, pero que se le oye muy mal”.
Hernando, “comer callao”
“Yo no soy supersticioso, pero creo que los muertos se aparecen”. Con sus recuerdos, Hernando es uno más de los hermanos que alimentaron las historias que dieron vida a Cien años de soledad. Y es que él ha visto en su infancia varias ánimas.
También le han ocurrido cosas muy extrañas. “Hace un tiempo estaba sentado en la puerta de mi casa con mi mujer y de repente sentí un impacto en el brazo. Tenía la mano sobre el poste de la luz y pensé que me había pasado un corrientazo, pero me miré y me vi sangre. Pues era un tiro. Nunca supe de dónde vino ese disparo, pero me tuvieron que operar”, relata.
Asimismo, ha sido muy enamoradizo, aunque nunca ha llegado a tener problemas con su esposa por eso. “Yo creo que los García Márquez ‘comemos callaos’, que no nos dejamos pillar. Yo puedo tener una mujercita, pero no mudo de mujer. Además, sé que si un día me cogen ‘pillao’ me echan de la casa”.
Rita, sin aprovecharse
“La fama de Gabito no nos ha cambiado la vida a nosotros. Yo diría que lo hemos aceptado en la forma más natural. No nos hemos aprovechado. Pero él ha hecho mucho por mí. Por ejemplo, arregló (con mi padre) mi matrimonio”.
Curiosamente, su esposo, Alfonso, terminó pareciéndose mucho a los García Márquez varones. “Porque es muy maniroto con el dinero. Se mete la mano al bolsillo y saca. Él no te lleva nunca las cuentas”.
De la familia, entre tanto, siempre recuerda las velas que ponía su madre a la Santísima Trinidad. “Ella mantenía un velón eternamente encendido en el baño, debajo del lavamanos, para que a todos nos fueran las cosas bien. Gabito se reía de eso y muchas veces antes de viajar le llamaba a mamá y le decía: Mami, voy a viajar, ponme la velita”.
Eligio Gabriel, ya difunto
“A mí me anunció la abuela Tranquilina Iguarán. Un día estaba alucinando y dijo: ‘Pobre hija mía, con sus 11 hijos’. Mi mamá pensó: ‘Pero si yo sólo tengo 10, no sabía que yo ya venía en camino’. ¿Cómo supo mi abuela que mi mamá estaba embarazada si inclusive estaba ciega?”.
Eligio Gabriel, que murió joven, además del benjamín de los hermanos, fue el único al que le dio por escribir, como a Gabriel. Así, se dedicó durante años en Colombia al periodismo y a la literatura. “Aunque no tengo nada que ver con el realismo mágico de Gabito. Yo soy urbano, más racional, me gusta el pavimento”, acostumbraba a decir.
Hoy, sin embargo, Eligio Gabriel yace bajo tierra, así como la “Niña Santiaga”, según Silvia Galvis portadora del gen mamagallista (bromista) de la familia, y Alfredo, que por la enfermedad que lo consumió fue el único en no dar su testimonio.a y la presencia de Gabo en sus vidas y de lo que el apellido García Márquez trae consigo.