El Gobierno se está comportando como si fuera dueño del país, de otra manera no se explica que quiera distribuir tierras a su arbitrio, que comprometa la soberanía nacional a un delirante, que pretenda ir a la Asamblea Constituyente con el ánimo de sobrepasar lo que prevé la ley de su convocatoria y que a cualquier crítica que se le hace responda con furor e intolerancia.
Si bien ganó las elecciones generales con el 53,7 por ciento de la votación, eso no quiera decir que ignore la existencia de otra porción casi similar, que representa al 46,3 por ciento de la población. En realidad, la diferencia es reducida, por lo que no cabe ostentar tanta soberbia.
Con frecuencia se hace alarde de que es un Gobierno mayoritario, porque representa a los campesinos e indígenas. Al parecer, se desconoce u olvida deliberadamente que la población rural, donde se asienta aquella presunta mayoría, sólo está constituida por el 37,57 por ciento de los habitantes del país, de acuerdo con los resultados del Censo Nacional de 2001.
Otra cosa es que entre las preguntas del mismo Censo se hubiera indagado sobre la relación sanguínea que se tenía con alguna etnia del país y que la respuesta hubiera sido afirmativa en el 62 por ciento. El partido gobernante arguye que esta es a la mayoría que representa, cuando en el fondo no es así. La mayoría que tiene Bolivia es la mestiza, o sea la población urbana que es producto de la mezcla de criollos e indígenas, cuyo status social ha cambiado, es distinto al del campesino o del indígena.
El gobierno del MAS es producto del sistema democrático liberal, que reconoce la existencia de mayorías y minorías, pero, además, exige que el poder sea contemporizador, de manera que no se convierta en autoritario. La forma de tener esa conducta no es necesariamente integrando a la mayoría y la minoría en un gobierno, sino conciliando posiciones sobre lo que se quiere hacer, manteniendo la suficiente apertura en la toma de decisiones.
Es antidemocrático que se concurra a un diálogo —como ocurrió con los agropecuarios, en Cochabamba— sólo para imponer lo que está ya resuelto, o sea sin dar lugar al cambio de ideas para que sobre esa base se alcancen los consensos del caso.
En el país nadie está en contra del cambio, la cuestión es tener espíritu de grandeza para gobernar, permitiendo que todos se sientan partícipes de lo que se hace en el país. Empero, el Gobierno se empecina en abrir distancias y brechas imposibles de franquear. El Presidente habló en Shinahota de los “enemigos”, cuando no hay tal cosa, todo lo que existe son discrepancias propias de la vida en democracia. Entre bolivianos, no hay enemigos, no puede haber. Todos queremos lo mismo: salir del atraso y de la pobreza.
*Alberto Zuazo Nathes es periodista.
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