De cemento, piedras o madera. Los pobladores de las laderas paceñas han creado peculiares entramados de graderías para comunicarse. La Alcaldía los usa hoy para mejorar los barrios.
Texto: Javier Badani • Fotos: Nicolás Quinteros / David Guzmán
Estas gradas duelen, especialmente cuando son transitadas por Zulma Sirpa. A sus siete años, la estudiante de segundo básico de la escuela Jorge Cabrera —en Alto Chijini— trepa los empinados escalones de cemento, piedra y tierra que le conectan con su hogar en El Alto. Lo hace cada tarde, cargando en sus espaldas a Lizbeth, su hermana de tres años.
Zulma respira con dificultad, pero parece estar agradecida de poder acortar a través de estas caóticas escalinatas el largo y serpenteante camino hacia su hogar.
Gradas más arriba, en cambio, se alzan peldaños más alegres. Son de madera y se ubican en la zona Faro Murillo. Construidas hace 20 años, gracias a un grupo de vecinos asentados en un estrecho talud de tierra, estas siete escalinatas son sostenidas con unos alambres y permiten sortear un muro de cemento de dos metros en cuya cima se halla la avenida principal.
La familia Chipana Ramos contribuyó con desechos de madera de su casa para su construcción, que permitió a sus tres hijos dejar de arriesgar su integridad física al saltar esa dura pared de concreto.
Y así, imperceptibles desde la distancia, se alzan en las laderas paceñas otros complejos entramados de graderías que desafían las leyes de la ingeniería y que conectan a sus habitantes con los centros urbanos de La Paz y El Alto.
A su vez, sin embargo, desnudan la pobreza que se respira fuera del bullicio metropolitano. Con todo, demuestran que la inventiva criolla, impulsada por la necesidad, es mucho más audaz que cualquier teoría urbanística actual.
Desafiando el sentido común
La construcción de gradas tuvo su gran impulso a partir de los cambios sociales que se desarrollaron en el país en los 50, pues La Paz recibió importantes olas de migrantes provenientes del altiplano boliviano.
En su mayoría, los recién llegados se asentaron en las faldas de los cerros. En especial, poblaron los taludes ubicados en la parte oeste de la ciudad —de más de 45 grados de pendiente—, que eran originalmente unas áreas forestales donde se alzaban arbustos de eucalipto.
´Buscaron opciones osadas para vivir en zonas donde el sentido común mandaría no hacerlo´, dice el arquitecto Ramiro Lara, gerente de Planificación del proyecto Barrios de Verdad, del municipio paceño.
Pero el proceso de población de estas abruptas topografías no habría sido posible sin la implementación de sistemas de transporte peatonal como son las escalinatas.
´Al tumbar los árboles, la gente utilizaba su madera para construir peldaños en las faldas de los cerros´, rememora Pascual Arcani, actual directivo de la zona 23 de Marzo, que se halla en la ladera oeste, la más poblada de La Paz.
Ejercitando el t’usu
Lo primero en sucumbir son los músculos de las pantorrillas. Esto, al concluir el descenso —unos 15 minutos para un principiante— de los más de 600 metros de graderías y rampas que conectan a la Ceja de El Alto con la urbe paceña.
A partir de las 6.00, basta con centrar la mirada en la cima para observar todo un ejército de transeúntes que, presurosos cual expertas cabras de montaña, saltan por esos zigzagueantes senderos.
´Mucho más rápido llego a la Ceja a pie que en minibús. Unos 10 minutos no más se tarda en trepar´, cuenta la comerciante Dalia Calle.
Más crítica es la situación en Villa 5 Dedos y en Valle Hermoso —en la ladera este—, donde la única vía de comunicación con el centro de La Paz son los rústicos senderos y escalones de piedra y tierra.
Y, claro, ´es impensable hacer vías para autos en zonas que se hallan en pendientes de más de 45 grados´, dice el arquitecto Carlos Villagómez, quien ve en esta traba una ventaja: ´En las laderas sí que se desarrolla el t’usu (pantorrilla)´.
Para Villagómez, hay una lección que los arquitectos no han asimilado aún: ´la sabiduría popular para solucionar los problemas urbanísticos de las pendientes´.
Lección que ahora es aplicada por los profesionales del programa Barrios de Verdad, cuyo objetivo es mejorar de forma integral las infraestructuras barriales de las áreas más deprimidas de esta ciudad.
Así, los precarios escalones construidos durante la fase de ocupación de las laderas, sirven hoy de referencia a los arquitectos para diseñar las graderías de cemento.
Pendientes para ´cochinos´
Pascual Arcani no olvida la época en la que en su zona, 23 de Marzo, sólo existían senderos de tierra.
´Los niños se caían y en la escuela, al ver los guardapolvos sucios, pensaban que sus padres eran unos cochinos´, recuerda el anciano, mientras con su pie golpea uno de los peldaños de cemento que se alza en su zona después de la intervención de Barrios de Verdad.
Hoy, mientras la función primigenia de las gradas traslada a una persona de un punto a otro, queda opacada ante otro uso, el cultural.
´La vida social de los vecinos, la mayoría del campo —donde los encuentros se realizan en los espacios públicos—, se desarrolla en los descansos de las graderías, pues allí las personas interactúan entre sí´, asegura Ramiro Burgos, coordinador del programa edil.
Esto fue lo que llamó la atención a una comitiva del Banco Mundial, que hace meses se aventuró a deambular por las abruptas pendientes ubicadas en la zona Faro Murillo, donde actualmente se edifican modernas graderías.
´Hemos tenido que bajar de cuatro patas, no había forma para hacerlo en dos pies... Pero quedaron impresionados con las vistas de la ciudad´, rememora Burgos.
Y es precisamente este hecho, el telón de fondo de los taludes, el que sobrecoge al peatón que recorre a diario todas estas pendientes.
Será por eso que el más ambicioso sueño del proyectista Ramiro Lara es el de desarrollar un boulevar turístico que comience en El Alto, serpentee la ladera oeste de La Paz y culmine en el centro paceño. Claro, usando graderías de cemento como su columna vertebral, pues como dice su colega Carlos Villagómez: ´¿Qué chiste tendría La Paz si no tuviera sus gradas?´.