Tienen a su cuidado documentos tan valiosos como las antiguas acciones de las minas. Además, sin ser muchos de ellos archiveros de profesión, han aprendido a apreciar el pasado, clasificarlo y conservarlo.
Texto: Jorge Soruco • Fotos: Jamil Chávez / Pedro Laguna
Yo siempre he opinado que Dios hace los milagros de manera individual, pero éste... éste es el milagro colectivo más grande que he vivido. La gente con la que trabajo son personas que comenzaron siendo k’epiris (cargadores) y ahora hay que decirles señores”. Así, con estas palabras, Edgar Huracán Ramírez no puede ocultar el tremendo orgullo que le produce el esfuerzo del equipo que pudo levantar el archivo de la Comibol.
Está a una cuadra y media de la Cruz Papal de El Alto, tras una puerta de metal azul donde antes eran los almacenes de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). Allí, automóviles de distintas épocas que cumplieron con su vida útil yacen en el patio en medio de los recuerdos de la historia minera. Incluso, se puede observar la prensa del antiguo rotativo La Razón, que pertenecía a la empresa minera de Aramayo y que murió en el año 52.
Mientras, según avanza, el visitante puede ver que las tablas de madera de los desechos van desapareciendo para dar lugar a un espacio entre galpones, anunciado por un letrero que señala “obsoleto”.
Allí, Eloy Machaca Huacani, martillo y serrucho en mano y cubierto por una chaqueta gruesa sobre su overol de trabajo, fabrica las estanterías para las diferentes secciones del archivo. “Se debería crear su profesión, Eloy es el Todólogo del equipo”, bromea Ramírez.
“Yo no tengo ningún problema de trabajar en lo que sea: carpintería, limpieza o empastado. Si hay trabajo, se puede contar conmigo”. Antes, Eloy se encargaba de empastar los documentos de YPFB, pero él resultó uno de los empleados afectados por la capitalización.
Luego, trabajó por un tiempo en Comibol hasta que Edgar Ramírez lo contrató para el archivo. Allí ha demostrado su capacidad, no sólo empastando y ayudando con la identificación y clasificación del material, sino también fabricando estanterías con lo que haya disponible.
Pero no todos los archiveros estuvieron antes en los archivos de instituciones o en una empresa estatal. Algunos, como Marcela Alicia Arauco Rocha y Dionisio Cáceres, ingresaron sin ninguna experiencia.
Marcela, por ejemplo, obtuvo su primer trabajo en las oficinas centrales de Comibol en La Paz. “Como no sabían dónde ponerme, acabé acá, en los archivos”, cuenta.
En un galpón oscuro, rodeada de montañas de documentos abandonados a su suerte y cubierta con una gruesa parca para protegerse de la humedad, se sienta en un antiguo escritorio de la empresa para identificar los papeles.
“Es un trabajo como de arqueólogo. Primero, se clarifican el año y el contenido. Después, se los guarda en bolsas para protegerlos. Finalmente, se trasladan a otros galpones para que se determine ya una mejor clasificación”, resume.
Otro caso es el del orureño Dionisio Cáceres, quien de vendedor de salteñas ha pasado a ser archivero. Dionisio terminó en los archivos a causa de las heridas que recibió durante los conflictos de octubre de 2003, que le costaron una pierna.
Él, como todos, asiste a las capacitaciones y se aplica, porque sabe que si se aplaza perderá el trabajo, pues Ramírez es muy estricto respecto a los estudios del personal.
Un comienzo difícil
“Ahí al frente, donde es la calle (extensión de la avenida del Aviador), había un tinglado con un techo de calamina que apenas protegía de la lluvia. Allí estaban botados los documentos”, recuerda Daniel Segales, que junto con Octavio Quispe trabajaba en los almacenes de la Comibol como cargador. Corrían los años 90 y por la crisis no estaba garantizada su estabilidad. Los trabajadores tenían una espada de Damocles sobre las cabezas. Entonces, aterrizó Huracán Ramírez.
“Cuando nos enteramos de que venía, nos metieron miedo los jefes de los almacenes. Nos dijeron que botaría a mucha gente”, cuenta Daniel. Por eso, la primera vez le cerraron la puerta en las narices.
Ramírez, sin embargo, lo que hizo fue convertir a los cargadores en archiveros principiantes y en cazadores de palomas y ratones.
“Tuvimos que aprender a atrapar a los animales sin matarlos, porque de otra forma se manchaban los papeles. Ahora, como perros se comportan, y ya no se comen el papel de los archivos”, explica Daniel.
Por aquella época había mucho trabajo que hacer, ya que los galpones no estaban en condiciones. Y uno de los responsables de acondicionarlos ha sido Alfonso Sánchez. “Yo era electricista y llegué acá el 2001. Al principio, me encargué del nuevo cableado de los almacenes”, dice. Luego, comenzó a trabajar con el archivo histórico. “Para mí, es interesante. Me encanta leer y aprender. Me fascinan las historias de Patiño, de Aramayo y de Hochschild”.
El código de Hochschild
Razón no le falta, pues encontrar documentos inéditos y verdaderas joyas que revelan partes importantes del pasado minero es algo que ocurre usualmente en los galpones.
Al respecto, Carlos Tenorio, uno de los responsables del archivo histórico, asegura que su trabajo le permitió conocer, entre otros, a uno de los personajes más oscuros de la historia minera: el famoso barón del estaño Mauricio Hochschild.
“Es muy poco lo que se sabe acerca de este judío de origen alemán. Lo que más conoce la gente acerca de él es que fue una persona con mucha plata que perdió sus minas en Bolivia después de la revolución de 1952 y que, anecdóticamente, fue condenado a muerte por Germán Busch, condena que nunca se cumplió. Pero nadie sabe del inmigrante solidario que creó una sociedad en Bolivia para apoyar a los judíos europeos que escaparon del horror del holocausto, y un campo de vacaciones para los hijos de los mineros. No era ni mucho menos un santo, pero sí una persona interesante”, analiza.
Mientras cuenta del minero, Carlos muestra el libro decodificador de Hochschild, que permitía a un grupo muy reducido de personas descifrar el contenido de los archivos de la empresa de Hochschild. “Hasta Lechín está codificado en estos documentos”, agrega Carlos.
Por otro lado, los documentos de Hochschild amplían la gama idiomática al archivo, pues recogen informes en japonés y en alemán que son complementados por otros en inglés y francés. Con todo, su correspondencia privada y sus notas personales están en hebreo.
En el archivo histórico, mientras tanto, también están el decreto de la nacionalización de las minas firmado por el ex presidente Víctor Paz Estenssoro, la nómina de pago de la Patiño Mines, en la que figura el mismo Paz Estenssoro, las concesiones ferroviarias —instauradas por el presidente Hernando Siles— a la Hochschild e incluso los documentos sobre una revolución socialista en 1930 en Villazón, que se alargó únicamente una semana.
Con todo, uno de los principales tesoros de la Comibol, como en cualquier repositorio que se precie, reposa detrás de una vitrina.
Se trata de una colección de tomos empastados en azul que reúne copias originales y documentos con varias leyes de Bolivia, algunas firmadas por Bolívar y Sucre que no están ni siquiera en el Congreso.
“Las autoridades y las personas pasan, pero los hechos quedan”, sentencia Martín Quispe, dando su lugar a los papeles recuperados.
Martín, además, sabe de lo que habla, pues no es extraño al trabajo de archivo. Él fue durante un buen tiempo el encargado de documentos en el Ministerio de Agricultura.
“El peor enemigo de los documentos no es ni el ratón, ni la paloma, ni el agua... es el hombre, que siempre quiere hacer desaparecer los archivos”, interrumpe nuevamente Quispe con una de sus frases magistrales, con las que intenta siempre concienciar a sus compañeros en ésta su tarea de hormiga.
Y la cosa parece que ha dado los frutos deseados, porque con trabajo arduo el archivo de la Comibol se encuentra ya casi listo para ofrecer ayuda a cualquiera que necesite información sobre el pasado minero.
No en vano, Huracán Ramírez quiere convertir la institución en un arma de búsqueda duradera.
“Nuestro objetivo es que el archivo llegue a ser fuente confiable, rápida y efectiva para todo el mundo”.
“Además —recalca— estamos trabajando para que su administración sea simple, permitiendo que, cuando nosotros nos retiremos, aquellos que nos reemplacen puedan dirigirlo sin ningún tipo de problema, sólo poniendo en lo que hacen algo de cariño y empeño”.