Un viejo profesor sostenía que todo comenzaba con los griegos. Sí, replicaba un colega boliviano y añadía: pero termina en la llajwa local. Esto también parece cierto cuando se trata el tema de los detectives, ¿será el oficio más antiguo de la humanidad? Con seguridad tienen competidores por el título. Sin embargo desde siempre el misterio, el crimen, los enigmas han acompañado a las sociedades. Hombres y mujeres han dedicado su vida a tratar de desenmarañarlos. La vocación de Don Quijote de ´desfacer tuertos´ no era nueva.
Edipo Rey, según los eruditos, fue el primer detective del que se guardó registro escrito. ¿Acaso no resolvió el asesinato de Layo, por el cual los dioses reclamaban un castigo desencadenando terribles amenazas y males sobre la ciudad? El culpable del magnicidio resultó él mismo, que actuó en cumplimiento de una ignorada profecía.
Pero, el detective apareció realmente en la literatura el siglo XIX, Sherlock Holmes encarnó el modelo de la época. Una asombrosa mente deductiva que el autor humanizó dándole defectos comunes: desidioso, la mayor parte del tiempo, cortado por los momentos de frenética acción, poco comunicativo, serio, soberbio. Buen conocedor de los venenos, ágil boxeador, amante del piano y las drogas fuertes. Su físico y su ropa fueron bien notados: alto, flaco, de cara también alargada con una cachucha enfundada hasta las orejas y una infaltable pipa en la boca. Inseparable de su colaborador el Dr. Watson, puesto allí para resaltar su razonamiento, rara vez escuchó sus consejos. ´Elemental, mi querido Watson´.
Varios otros detectives le siguieron con personalidades y mañas propias, aunque sin apartarse del estilo: una dosificada articulación entre intuición, razonamiento y conocimiento científico. Hércules Poirot, de A. Christie, pequeño de talla, regordete, calvo, repulgado en la vestimenta, tuvo una apariencia en todo contraria a la del anterior, pero la sagacidad para enfrentar los enigmas le dio su estilo propio, no cerrado a ninguna posibilidad, miró con desconfianza al entorno de la víctima: cualquiera podía ser el culpable. Miss Marple, de la misma autora, solterona discreta, aficionada a la jardinería, a la entomología y a la tejedura no exhibió menos intuición y perspicacidad que sus émulos masculinos.
Desde entonces el personaje cambió de comportamiento a la vez que se diversificó en cuanto al género, a sus preferencias sexuales, a su origen racial, a sus habilidades y conocimientos. Poco a poco se volvió un héroe problemático, atormentado por dudas éticas, existenciales, no dejó, empero, de denunciar las imperfecciones de la sociedad, las marcadas desigualdades entre sus componentes, los odios e intolerancias. Simpatizó con los excluidos, con los rebeldes sin salir del marco de la ley. Esquizoide, sensual, deslenguado, endurecido, osado y corajudo. Sus actos expresan el afán de hacer justicia y la complejidad, la oscuridad de su ser. Se sabe débil, vulnerable en la lucha contra sus pulsiones negativas de la que no siempre sale airoso, en suma un héroe moderno.
El gran cambio se dio con la Segunda Guerra mundial. Seguirlo paso a paso es imposible en el artículo. Van, no obstante, algunos ejemplos. El Comisario Maigret, lanzado por Simenon, no es un hombre aficionado a las sutilezas reflexivas. Se interesa sobre todo en la personalidad del criminal, que persigue entre las brumas de las ciudades del norte. Para él tiene mayor peso un gesto, una mueca, un silencio largo que un rastro en la nieve, porque allá se manifiesta el carácter de la persona.
San Spade, figura emblemática de la novela que puso en la escena los hombres curtidos, recios, popularizada por D. Hammet, su creador, no suelta presa una vez iniciado el caso, ni recibe golpe sin devolverlo. Su natural escepticismo le pone a cubierto de cualquier sorpresa. Philip Marlowe de R. Chandler, otro héroe inolvidable de esos años y de hoy, fue un cínico duro y desenvuelto. Más cercano del Quijote por su generosidad sin ambiciones que De J. Sorel de Rojo y Negro, con los cuales se emparenta. El éxito de sus encuestas sólo le deja un sabor amargo en los labios.
Muchos piensan que la novela de detectives es un género menor, irrelevante, sin embargo, su gran aceptación por los lectores no parece responder únicamente a un deseo de evasión. Los cambios experimentados desde Holmes muestran fuera de una mayor profundidad de los personajes, de la pintura social también un estilo más cuidado, creativo como el de cualquier otra ficción con pretensiones literarias, lo que no quiere decir que todas las obras del género o sus protagonistas lo alcancen.
Hay para todos los gustos e inclinaciones: detectives privados, policías, monjes medievales, médicos forenses, hombres, mujeres, homosexuales de todas las razas y culturas. El hermano Cadfael hizo un poco de todo en su vida y terminó guardando el jardín de hierbas medicinales de la abadía de San Pedro y San Pablo en Shrewsbury. Receló por igual de teólogos y de truhanes. La muerte de E. Peters, su autora, puso fin a sus innumerables aventuras con los malhechores del siglo XII, nobles, togados o labradores. Adan Dalgliesh, personaje de P. D. James, preferiría ser recordado por sus poesías antes que por sus investigaciones criminales. Siente algo descompuesto en su alma para dedicarse a las violaciones, muertes, torturas. Al término de la jornada descubre con tristeza el anverso y reverso de las relaciones humanas. La Dra. Kay Scarpetta, de P. Cornwell, forense, pelea con violadores y colegas de oficina. Le niegan su competencia profesional por su sexo e identidad étnica. Henry Ríos, creación de M. Nava, abogado gay, latino en Estados Unidos, se ocupa de las víctimas de la discriminación sexual, sin complejos por sus preferencias, tampoco por sus orígenes. Una nueva horneada de detectives o aficionados son expertos en arte, en descifrar símbolos, códigos para deleite de lectores en busca del significado de su propia existencia. ¿Para cuándo un detective étnico boliviano que ponga su saber ancestral al servicio de la justicia?
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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