Por más increíble que parezca hay bolivianos letrados sobre todo en el exterior que se enorgullecen en voz alta de que la prensa de países europeos haya “puesto a Bolivia en el mapa” con esto de la elección del actual Presidente Constitucional de la República de Bolivia; como si Bolivia no fuese conocida en Europa y en otras partes por la gente que estudia el devenir de los países sudamericanos. Si bien en la elección de diciembre del año pasado su excelencia recibió cerca del 54 por ciento del voto, tal está lejos de significar un “avance histórico” en la lucha por elevar el nivel de vida de los bolivianos que vivimos en Bolivia. Por favor, las cosas están por verse. No bauticemos al bebé antes de concebirlo.
El orgullo superfluo de esos bolivianos se debe a que algunos europeos que se ocupan y escriben de este asunto seguramente creen que la historia de Europa, o sea la historia de haber maltratado a muchos americanos autóctonos durante los siglos de dominio colonial (y sus descendientes durante los gobiernos de criollos americanos) comienza de alguna manera a diluirse de la conciencia europea y su descendencia americana en función al resultado de la elección del 12 de diciembre en Bolivia que, dicho sea de paso, ha provocado las recientes andanadas de lisonjería dirigida a la situación actual de Bolivia. Nada más superfluo e insostenible. Tan superfluo que sus oyentes y lectores, entre los que se encuentran esos inhóspitos bolivianos, encuentran atractivo montarse en la estela de la lisonja europea para enaltecer lo ¡inexistente! Porque inexistente es, insisto, el balance de lo que vaya a lograr o no lograr este Gobierno al cabo de su gestión. Obras son amores y no buenas razones, dice el refrán español. Así que esperemos que los hechos nazcan y crezcan en la sensibilidad vital de todo el pueblo boliviano antes de proceder a enaltecer a nadie ni menos enorgullecernos de nada.
Evidentemente, el nombre, el atavío, la retórica, las preferencias, los modales, los desplantes y los nombramientos de su excelencia han conmovido a una parte de la conciencia europea que se ha venido refiriendo al hecho de que por fin haya un presidente indio en Sudamérica. Este aparente resurgimiento de “lo boliviano” en Europa, insisto, ha conmovido a algunos deficientemente informados bolivianos que, con tal de ver a Bolivia en la prensa europea, no les importa si aparece por méritos, por méritos inexistentes, o por deméritos. La cuestión es que aparezca, lo que refleja pobreza de espíritu y ausencia de espinazo en la dignidad y el conocimiento histórico, amén de que también refleja complejo de inferioridad. La verdad es que el indígena americano y su importancia en la historia de los países es un hecho archiconocido. La mala conciencia del europeo con respecto a las fechorías de la Conquista es de vieja data y todos deberíamos saberlo.
Lo indígena de América es mentado, defendido, idealizado y hasta romantizado en Europa más o menos desde que el francés Michel de Montaigne, en su ensayo “De los caníbales”, del siglo XVI, escribiese: “Bien podemos… llamarlos bárbaros si consideramos las normas de la razón más no si nos consideramos a nosotros mismos que los superamos en toda clase de barbarie”. Montaigne seguramente se refería a la barbarie de las guerras de religión que por entonces enfrascaban a casi toda Europa; barbarie que en buena medida utilizaron la mayoría de los conquistadores y autoridades europeas en América, aunque también es justo reconocer que muchos españoles defendieron por siglos los derechos de los indios. A esto hay que añadir el postulado del “buen salvaje” de Juan Jacobo Rousseau, en el siglo XVIII, que comprometió aún más la conciencia europea y sobre todo la española.
Es precisamente por esto que los europeos de hoy deberían abstenerse de exhibir tanta culpa por la Conquista y su secuela, y reflejarla en lisonjas infundadas. El venezolano Carlos Rangel en su libro Del buen salvaje al buen revolucionario dice que “por causa del mito del Buen Salvaje, Occidente sufre hoy de un absurdo complejo de culpa”. Al respecto, yo recomendaría la lectura de por lo menos cuatro libros a estos sorprendidos bolivianos y a los lisonjeros europeos. (1) La leyenda negra, del español Julián Juderías; (2) La lucha española por la justicia en la
conquista de América, del estadounidense Lewis Hanke; El continente de siete colores, del colombiano Germán Arciniegas; y La conquista de América, la cuestión del otro, del francés Tzevetan Todorov.
Por favor, el hecho de que el Presidente de Bolivia sea indígena no justifica tanta vanidad. Digo vanidad porque el Poder Ejecutivo de Bolivia no hace mucho que ha tomado posesión de sus delicadas funciones y, por lo tanto, todavía no ha tenido tiempo de realizar con éxito, o sin éxito, lo prometido. Veamos qué nos traen los próximos cuatro años y medio, y luego decidiremos si nos ensoberbecemos o no por lo que haga o no haga el presente Gobierno.
*Jorge V. Ordenes L. es economista y educador.
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