Si entramos a examinar cifras de exportaciones, niveles de educación, infraestructura de comunicaciones, servicios básicos, alimentación, y tantas cosas que indican lo que es una nación desarrollada, nuestra querida Bolivia está en la cola de Latinoamérica y no sé si casi del mundo entero. Porque con Asia y Oceanía es mejor no compararse y con los africanos pobres estamos a la par, todavía sin hambrunas ni matanzas, menos mal. Pero ese no es motivo para el resentimiento, ni para justificar nuestro atraso con fábulas de historiadores que muchas veces escriben sólo historietas, que, a falta de otra cosa, se las acepta.
Bolivia —si es que alguna vez nos vamos a confesar— es nación de pocos amigos. No fuimos dueños de una diplomacia dúctil, amistosa, ni visionaria. Tuvimos pleitos con todos nuestros vecinos o nuestros vecinos se han metido con nosotros para echarnos algunos zarpazos a lo que habíamos dejado abandonado a la suerte de Dios. De cada pleito hemos salido malheridos, y, peor, malparados ante el resto de las naciones. No nos han dado la mano, sino muy de lejos, fláccidamente, como a mano sudada, y siempre nos miraron como un incordio en la región, como una nación que no debió ser tal, que debió pertenecer al Plata o al Perú.
Vivimos en una sola quejumbre y ahora nos queremos vengar con el gas. Pensamos utilizar el gas para hacer sentir nuestro poder. Hemos echado la culpa de todos nuestros males a los conquistadores ambiciosos, a los curas infieles, a los “barones del estaño”, a los reyes de la goma, a los terratenientes “rosqueros”, a otros empresarios de a peso, a empresas extranjeras como la Gulf.
Hemos salido al exterior a contar anécdotas como si fueran ciertas. ¡Aquello de que se pudo construir un puente de plata entre Potosí y España! Lo he oído decir, al borde de las lágrimas, entre mis compatriotas, que, además, calculaban la longitud del puente, su peso, y, por supuesto, ¡el costo! ¡En plata contante y sonante! Y nos seguimos mortificando haciendo cálculos sobre lo que nos debe Chile con el guano, el salitre, el cobre, la plata y la pesca, que se quedaron en esos muchos kilómetros de costa arrebatados. Y sacamos cuentas multimillonarias para que nos paguen por 125 años acumulados; y nos acordamos de lo que nos debe el Brasil con la goma y la castaña que nos quitaron en el Acre y que son otro montón de millones.
Vivimos mortificados de tantas desgracias, de deudores despiadados a quienes vamos a hacer sufrir con el gas. La nueva onda “originaria” es maldecir a los que llegaron a lo que se supone era un paraíso de sol y fertilidad, cuando en verdad era un imperio de caciques crueles, despiadados con sus súbditos. Se injuria a nuestros antepasados, falsificando la historia, porque se los culpa por esos mapas con manchas negras y grises que aparecen en nuestros libros de historia escolar, donde el territorio de Bolivia termina al norte porque se acaba la página y al sur porque chocamos con Asunción. Lo del Pacífico es distinto porque eso nos lo cortaron de un sablazo.
Para colmo, las anécdotas continúan en estas épocas en que se quiere apaciguar los espíritus de cara a una nueva Bolivia. En ese afán de apaciguamiento el Presidente dice en la televisión, todos los días, que hace unos años, al indio que aprendía a leer los patrones lo enceguecían y al indio que escribía le cortaban la mano, para tenerlos sometidos, viviendo en la oscuridad. ¿Quién le cuenta estas cosas? Y en épocas de calmar las iras, S.E. dice, en manifestaciones de crédulos, que a los indios no los dejaban ni pisar la plaza Murillo, cuando existen cientos de fotos de comienzos del siglo pasado, donde no se ven sino indios y mulas frente al Palacio Quemado. ¡Pero si los señoritos con chistera eran muy pocos y no iban a la plaza!
Lo que no sabemos es que todos los países han sufrido lo suyo. El Paraguay y sus desgracias guerreras; México con sus vecinos del norte; España conquistada cien veces; Polonia también; Japón y China víctima de luchas y hambrunas. Así se han hecho las naciones. Y ahí están.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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