Las nieves eternas ya no lo son tanto. En consecuencia, los glaciales proveedores de agua para La Paz y El Alto están en peligro.
Texto: Jorge Soruco • Fotos: D. Guzmán / Bernard Francou
Arrodillado, en medio de una especie de desierto blanco, Bernard Francou mide la altura de un tubo que sobresale del hielo. Bernard ignora el aliento cortante del viento. Después de todo, lleva 15 años lidiando con los colosos de la cordillera. Luego, una vez que termina de registrar la altura de la baliza de plástico, este especialista en glaciales extrae el tubo, mostrando que está atado a otros semejantes, de dos metros de longitud. Tras este hecho, acomoda la baliza sobre sus hombros y comienza a caminar por la superficie afilada y congelada del glaciar de Zongo.
La escena es ya habitual, pues los glaciares —sobre todo Zongo, Chacaltaya y Charquini Sur— son hoy la preocupación principal del investigador. No es para menos. Aunque algunos no son demasiado grandes, entre todos proveen el agua necesaria a La Paz y El Alto. Entonces, si es que desaparecen, estas ciudades pasarían a depender sólo del agua de las lluvias, siempre impredecibles. Además, la situación es desalentadora. Como muestra, según los expertos, las manchas de hielo que quedan aún en Chacaltaya podrían desaparecer para 2010 por el calentamiento global y los efectos del fenómeno de El Niño.
Precisamente, para estudiar a fondo el retroceso de los glaciales, el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia, el Instituto de Hidráulica e Hidrología (IHH) de la UMSA, el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi), el Instituto Geográfico Militar (IGM) y el Servicio Nacional de Aerofotogrametría (SNA), en colaboración con el proyecto multinacional para el estudio de glaciales Great Ice, realizan visitas mensuales para medir las enormes masas de hielo y las diferentes condiciones climatológicas a las que se ven expuestas.
El glacial de Zongo, a 5.030 metros sobre el nivel del mar, es uno de los tres glaciales tropicales de Bolivia que están siendo analizados. Se ubica en el cerro Huayna Potosí y es visitado una vez por mes desde hace 15 años. Escape acompañó hace unas semanas a los expertos durante la visita de campo.
En las entrañas de un glacial Cuando se llega a las proximidades de un glaciar, lo primero que hay que hacer es verificar el equipo: Bastones sólidos para esquiar, ropa abrigada pero que no perjudique el movimiento, guantes, lentes oscuros, gorra para el sol, botas duras de montaña, comida, equipos de medición, cámaras de fotos y bloqueador solar en abundancia.
“Es una suerte que el clima boliviano nos permita hacer estas inspecciones mensualmente. En los glaciales europeos sólo se puede medir el nivel de hielo dos veces al año por la cantidad de nieve que cae, pues cubre las grietas haciendo el ascenso al glacial mucho más peligroso”, cuenta el experto Álvaro Soruco, que se alista para la subida.
Después, respira profundamente. Aún queda un largo camino hasta la estación meteorológica y de investigación del proyecto, instalada en un morrena del glacial. “La morrena es la parte de montaña que estaba ocupada por el glacial. Su estudio permite determinar cuál era en el pasado el tamaño de la masa de hielo”, analiza Bernard.
Una vez allí, las primeras informaciones se obtienen desde la estación meteorológica experimental —perteneciente al Instituto de Investigación para el Desarrollo francés y la Universidad Mayor de San Andrés—, que analiza el clima. Los medidores son calibrados a fines de agosto y principios de septiembre, justo antes de la época de lluvias.
Para el control, un pluviógrafo es el encargado de registrar las precipitaciones líquidas y sólidas que hay durante todo el año. La lluvia se almacena en un gran recipiente de plástico de 12 litros, que contiene un litro de alcohol para evitar el congelamiento del líquido y 0,4 de aceite para que no se evapore.
Según los datos, desde 1994 se ha detectado un promedio pluvial de 940 milímetros cuadrados al año.
Por otro lado, un sensor calcula la altura de la nieve acumulada. En este caso, se trabaja con ondas ultrasónicas que rebotan en el suelo.
Otro de los instrumentos utilizados es una cámara automática, programada para sacar una fotografía panorámica del glacial todos los días a las 10.00. “Esto nos permite hacer una comparación anual de la superficie”, apunta Bernard.
Luego, está el flujómetro, que calcula la diferencia de temperatura entre el suelo. “Con esta herramienta hemos podido determinar que la temperatura media de los glaciales ha subido en los últimos 30 años cerca de un grado”, añade.
Asimismo, para complementar los estudios se controlan la dirección y la velocidad del viento, la humedad del aire y las radiaciones que afectan a la zona del glacial.
Un mundo de colores Al frente de la morrena, la luz se refleja en el glacial. La parte inferior del mismo muestra una tonalidad entre azul, verdosa y gris. En la superior, entretanto, la nieve y el hielo imponen el poder de su blancura.
Cuanto más oscura es la coloración, más pérdida de masa experimenta por el efecto de los rayos solares. El blanco, por su parte, indica dónde la radiación es reflejada.
Pero, además de analizar las coloraciones, para determinar si el glacial gana, mantiene o pierde agua, los científicos lo recorren realizando perforaciones de diez metros de profundidad con sondas a vapor. Una vez practicados los orificios, se instalan balizas para calcular las variaciones en la altura del hielo. Así, una vez al mes se controlan las mediciones y al final del año pluvial se comparan.
Hoy, tras 15 años de investigaciones, gracias a este proceso se sabe que desde los 80 los glaciares con un kilómetro cuadrado o más pierden 500 milímetros de agua al año.
Con los menores, como Chacaltaya, esta situación se radicaliza, pues el deshielo se produce a una velocidad dos o tres veces mayor.
Álvaro Soruco, al respecto, no oculta su frustración. “Chacaltaya, en el sentido estricto, no es realmente un glacial. Sólo hay manchas de hielo cada vez más separadas”.
Amenaza a las nieves eternas Pero nada es casualidad, y los investigadores atribuyen la pérdida de masa de los glaciales a tres motivos que tienen que ver con el clima.
El primero es el calentamiento global. “Aunque su efecto inmediato —dice Bernard— es regional, tiene lugar en un punto concreto´.
Como segundo factor están las características propias de los glaciales tropicales, pues en invierno no se producen precipitaciones de ningún tipo y en verano, aunque las hay, aumenta la temperatura y, en consecuencia, también el deshielo.
Finalmente, está El Niño, fenómeno protagonista de grandes desastres por el cual se calientan las corrientes del Pacífico reduciéndose las lluvias en el continente y aumentando la temperatura en un rango entre uno y seis grados, lo que perjudica mucho a los glaciales.
Con todo, como dice Álvaro Soruco desde Zongo, el clima es muy difícil de predecir. Ninguna certeza es absoluta. ¿Será entonces que el deshielo algún día pueda frenarse?