En el contexto de las reflexiones emprendidas la semana pasada, el término reconstrucción requiere algunas aclaraciones y precisiones. La idea se refiere en efecto a que el esfuerzo requerido para recuperar en la actualidad una colocación estratégica equivalente a la que históricamente ocupó la izquierda en la sociedad y la política bolivianas, contiene algunos elementos de continuidad, otros de renovación y unos cuantos de creación original.
La propuesta metodológica que plantea distinguir entre aspectos que merecen preservarse, otros que precisan actualizarse y algunos que necesitan crearse, se aplica por igual a las tres dimensiones de la actividad de la izquierda: la organización de la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores, la lucha por el poder político y la creación cultural.
En sus propios términos, cada una de estas dimensiones contribuye a la transformación social y el consiguiente establecimiento de un nuevo tipo de relaciones económicas, sociales y políticas, cualitativamente superiores al capitalismo imperante. Conviene dejar establecido de entrada que la visión de una sociedad futura distinta —y por supuesto mejor que la actual— no puede diseñarse sin una superación dialéctica del trauma legado por el derrumbe del socialismo real en 1989, el cual por muchas razones ya no representaba para entonces un modelo de mejor sociedad ni en términos económicos y políticos, y mucho menos ambientales.
Lo que conviene saber es que el colapso socialista y el fin de la Guerra Fría han sido las condiciones que facilitaron el despliegue material del actual capitalismo globalizado y de su primer correlato ideológico expresado por el neoliberalismo. El hecho de que esta doctrina haya perdido ahora la hegemonía que ejerció en las décadas pasadas, no debería hacer suponer que se han debilitado asimismo las estructuras económicas internacionales generadas bajo su égida y reforzadas con el incesante cambio tecnológico.
En consecuencia, la renovación de la izquierda reclama en primer lugar que se disponga de una interpretación robusta sobre las nuevas estructuras y condiciones en que funcionan la economía contemporánea en general y el mundo del trabajo en particular. Sin un mapa apropiado sobre las condiciones diferenciadas de la producción en las distintas zonas de la economía mundial, la interpretación de la realidad productiva y laboral en Bolivia será siempre incompleta, y puede dar lugar a visiones sumamente discutibles sobre la orientación fundamental de las políticas económicas.
Una segunda cuestión que necesita despejarse en este contexto es la relación del proyecto socialista con la democracia. El camino a una sociedad superior ya no puede incluir una etapa de dictadura, no sólo por los crímenes que se cometieron en nombre de la dictadura del proletariado en la Unión Soviética, sino porque la evolución misma del humanismo y de las condiciones materiales y ambientales del mundo moderno reconocen en la democracia un valor intrínseco, que no puede ser reducido a una mera función instrumental. Es por eso que la única izquierda con perspectiva de futuro es la que incorpora sin ambages los principios democráticos en su doctrina y su práctica, y en esa medida se convierte en la primera fuerza de la construcción y fortalecimiento de la democracia en términos concretos y verificables.
*Horst Grebe L. es economista.
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