La mitad del país está mirando, incrédulo, lo que hace la otra mitad. Una mitad desplazada observa con impotencia y algo de amariconamiento las poses y actitudes cesarianas de quien, si no conquistó las Galias ni venció en Farsalia, corrió a pedradas y palos a la policía y al Ejército en el Chapare, jugó luego a la democracia y ganó. Ahora, rodeado de áulicos complacientes, escucha feliz consejos peligrosos que le dicen al oído que la mesa está servida sólo para él; que ha llegado la hora de ajustar cuentas con la otra mitad del país, con aquellos explotadores y desconsiderados que les cortaban las manos a los indios que aprendían a escribir.
El soberbio campesino de hace algunos años, verdadero guerrillero de la coca, ahora derrocha altanería desde el Palacio de Gobierno. En cinco meses se ha convertido en un autócrata. Le dice sarnoso a su principal opositor; se carga, sin pestañear, a dos promociones de generales en las FFAA y chitón; amenaza a la religión; afirma que de un sopapo va a poner en su lugar a los terratenientes chupasangres —es decir a los cruceños—; dice que apoyará a muerte las autonomías y súbitamente se declara enemigo de las mismas y ordena, sin colorearse, que se vote por el No; y se luce sonriente por toda la República, en mangas de camisa y con guirnaldas, a bordo de un enorme helicóptero prestado. Todo le ha salido fácil hasta ahora porque resulta que los tigres que creía tener al frente no han aparecido.
Pero como puede ofender a la mitad de sus compatriotas y ponerlos contra la pared amenazándolos con su dedito que no baja nunca, no está guardando las proporciones, y cree que puede hacer lo mismo con otros países, que, además de poderosos, no padecen de la cojudez crónica que campea en Bolivia. Es así que, deseoso de emular a sus comandantes Chávez y Castro, se mete a provocar a los EEUU. “¡Viva la coca, mueran los gringos!”, grita en Cochabamba. Se olvida de que ya no es el dirigente cocalero (aunque en verdad sigue siendo) y que sus palabras son las del Presidente de la República. Rechaza como si fuera una peste el TLC con la potencia económica más grande del mundo y se suma a un mercado de pobretones. De paso se ríe en la erradicación de la coca y, peor, acusa a EEUU de enviar tropas camufladas para intimidarnos. Para colmo, amenaza a los gringos con sumarse a la zurra que les van a dar Cuba y Venezuela. Pero al mismo tiempo quiere enviar a su Vicepresidente de mandadero a Washington para rogar los norteamericanos que nos amplíen el ATPDEA para que 100 mil personas al borde del hambre no se queden sin trabajo. ¿No es esto paranoico? ¿No nos estamos pasando de la raya? Claro, con un Canciller que afirma que no ha leído ni un libro en los últimos 17 años porque eso es pernicioso para la salud mental, ¿quién le puede advertir a S.E. de los riesgos internacionales que corre? Esto es, como alguien ha dicho, el gobierno de la oclocracia, es decir, de las muchedumbres alborotadas y ansiosas de poder.
Pero, en fin, EEUU no tiene otra cosa que rascarse la pulga en la oreja, que es molestosa, pero nada más. No es lo mismo que amenazar a Brasil con dejarlo sin gas. O afirmar que va a movilizar al Ejército hacia la frontera común para echar del territorio nacional a todos los brasileños que están asentados irregularmente. ¿Pero es que no existen embajadas para que se ocupen de eso? ¿Cómo el Presidente va a tratar tan torpemente a un país amigo y que siempre va a ser poderoso?
Menos mal que no ha amenazado a la Argentina todavía, porque lo que es a Perú ha maltratado a su gusto. Ningún Mandatario boliviano había tenido términos tan duros contra un presidente peruano o contra un candidato a la presidencia, como los de Evo Morales con Toledo y Alan García. Y todo porque Chávez no quería que Perú firme el TLC con EEUU. ¿Para qué comprarse un pleito ajeno que nos aleja de los peruanos? ¿Por qué diablos tenemos que entrometernos con una nación que con todo derecho le da la gana de negociar con EEUU? Ojalá que con Chile seamos más moderados y que dejemos tranquila la molécula, porque, repetimos, hay que guardar las proporciones.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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