La estructura pasó por varias manos y fue mudo testigo del acontecer nacional. Hoy, afronta una reestructuración para dar cabida a nuevos espacios.
Texto: Inés Ruiz del Árbol Fotos: Pedro Laguna / Museo Nacional de Arte
Década de los 50. 10 de la noche. Del primer piso sale una música de vals. Desde las arcadas de vidrio se observan sombras de hombres y mujeres que danzan acompasados. Es el salón de baile-confitería Beirut, un centro de reuniones muy cotizado en otra época. Hoy, sin embargo, allí donde tantos pies siguieron el ritmo de las notas, allá donde surgieron algunos romances y se destrozaron otros, es donde des- cansan algunas de las pinturas más valiosas de Bolivia, pues se ubica el Museo Nacional de Arte.
Pero retornemos al pasado. En el bazar de antigüedades de la planta baja, la aguja marca siempre las cinco y veinte, una hora inalterable. Allí conviven joyas arqueológicas, muebles coloniales, muñecas de trapo, e incluso algunas reliquias de las familias más acomodadas de la aristocracia paceña. Bajo los arcos, una zapatería con olor a viejo ofrece las últimas tendencias en calzado, cerca de una gran vidriería de colores que le da otro aire a la calle Socabaya.
Eran otros tiempos, ya que el edificio cambió de dueño y destinos el 26 de agosto de 1961, cuando los vecinos fueron obligados a abandonar a regañadientes el lugar donde estuvieron toda una vida.
Fue cuando el Gobierno decidió crear allí el museo. Y tuvo finalmente que cortar el agua y la energía eléctrica para lograr que la gente abandonara el inmueble.
Los dueños de la casona Pero no es casualidad que se escogiera el sitio para albergar obras de arte, pues el edificio lo merece.
Construido originalmente en 1750 como una casa solariega, fue propiedad en un primer momento de don Andrés Díez de Medina.
Luego, pasó a manos de su hijo, Francisco Tadeo, quien en su diario personal relató la confrontación entre españoles e indios en la rebelión indígena de 1781. Y es que desde los amplios ventanales del actual museo presenció la refriega entre los dos bandos. También fue testigo de la cruda realidad vivida por el cerco rebelde: Muertes por inanición, desesperados alimentándose de perros callejeros y suelas de zapato... Más tarde, sin embargo, ya como juez, fue él quien condenó a muerte a Julián ´Túpac Katari´, líder indígena del alzamiento, a su esposa Bartolina Sisa y a su hermana Gregoria Apaza.
Durante esta época, la puerta estaba habilitada para la entrada de coches de caballos, que podían descansar en las caballerizas de la parte trasera. Había un cuarto para la servidumbre y, donde ahora funciona un colegio, enormes hornos y chimeneas centelleaban ya desde las horas más tempranas, esparciendo aromas de limón y canela.
Después de la muerte de Francisco Tadeo, en 1803, no se sabe cuál fue el destino de la casa durante 50 años, aunque se cree que fue ocupada por sus herederos, la mayor parte hermanas y cuñados.
Lo que sí se conoce, gracias a los restauradores de la casona, es que a mediados del Siglo XIX fue adquirida por la familia Arana, que no demoró en alquilarla al hotel Gibert, que la ocupó hasta principios de 1900, fecha en la que se convirtió en sede del Casino Español, según los estudios del historiador Rolando Carvajal.
Los años 30, por su parte, fueron testigos de otra reconversión de la estructura, pues en la planta baja comenzaron a habilitarse quioscos, zapaterías, vidrierías y una tienda de antigüedades. En el primer piso, asimismo, atendían varias oficinas de abogados, y en el segundo se construyó el salón de baile y confitería Beirut.
Los ritmos de este salón hacían retumbar la casa, sobre todo durante los carnavales. Hombres y mujeres entraban y salían por la puerta principal, disfrazados con estrambóticos trajes, máscaras con plumas, zapatos de formas imposibles y maquillajes de colores muy vivos. La carcajada era la única invitada que no faltaba a la reunión, siempre acompañada de un buen vino tinto.
Por aquella época, además, según recoge Carvajal, los niños de la vecindad tenían un miedo terrible a la casa, porque aseguraban que la habitaban los fantasmas. ´Pero, como prueba de coraje, los adolescentes subían corriendo las gradas casi a oscuras hasta el tercer piso´.
Los acontecimientos de la historia no daban tregua y en el 46, muy cerca, colgaron el presidente Villarroel de un farol en la plaza Murillo.
Finalmente, en el 61 se produjo el famoso desalojo para la creación de este museo, hoy referencia.
Un rincón para el arte Los primeros trabajos de restauración comprendieron únicamente el primer piso, con el fin de que se expusieran 69 obras de la Pinacoteca Nacional Pérez de Holguín. La planta baja estaba pensada para exposiciones temporales y la superior para albergar arte popular.
Pese a las buenas intenciones, la reconstrucción de la casona fue un arduo trabajo que duró más de seis años. Los arquitectos mantuvieron los muros, puertas, arcos y ventanas cubiertos durante los trabajos. Del zaguán principal conservaron la bóveda, y empedraron el piso con unos cuadros blancos y negros.
Con su nueva condición, el lugar adquirió un carácter distinguido, más elegante y cultural, y sus paredes desnudas pronto comenzaron a cobijar cuadros y esculturas de arte prehispánico, colonial, republicano, moderno y contemporáneo. En cada sala una atmósfera distinta embriagaba al visitante.
Por otro lado, a pesar de su metamorfosis, el edificio más antiguo de plaza Murillo no quedó ajeno a otros acontecimientos históricos.
Tal fue el caso del mes de octubre de 2003, cuando muy cerca se produjo un cruce de balas y gases lacrimógenos entre militares y policías, que se enfrentaron. Lógicamente, el museo, por su ubicación, sufrió algunos impactos. ´Muchos empleados todavía recuerdan que algunas vitrinas y otros accesorios quedaron perforados´, aclara Carvajal.
Pero ya ha pasado tiempo de aquellos trágicos sucesos y actualmente el museo se está ampliando.
Así, con una inversión de más de un millón de bolivianos, aumentará 500 metros cuadrados a los 1.900 que ocupan ahora sus espacios. El objetivo es habilitar dos salas grandes y un patio polifuncional, que servirá como auditorio y como salón de esculturas. Lo que se quiere con esto es convertir el lugar en un megacentro cultural —el más grande de Bolivia— donde se impartan talleres a artistas jóvenes del país y también se tenga cafetería, hemeroteca y videoteca.
Mientras esto ocurre, paseando por sus interminables pasillos, uno parece sentir todavía los latidos de otro tiempo, aquel de los bailes de máscaras, las meriendas de domingo, el relincho de los caballos o el olor intenso a puchero.