Tan antiguo como el ser humano, el arte de contar historias busca su espacio en el país. Un evento en La Paz, con participación internacional, mostró sus múltiples facetas.
Texto: Javier Badani • Fotos: Miguel Carrasco
Érase una vez, cuando por los rincones del mundo corrían ríos de leche, un dios que cansado de su eterna soledad decidió inventar al ser humano sólo para oírle contar cuentos...”. Relatos como éste se escabullen todos los días por los labios de los narradores de historias: seres privilegiados cuyo don se cimenta en la palabra.
Se los llama cuentacuentos, aunque ellos prefieren ser conocidos como “rescatadores del imaginario popular”. Y, a pesar de vivir en una era dominada por la imagen, ellos no claudican en su objetivo de promover en el mundo su pasión por la fantasía narrada.
Un paso hacia esa dirección se plasmó los primeros días de este mes en el II Apthapi Internacional de Contadores de Historias, que se desarrolló en diferentes zonas de la periferia paceña, la localidad de Coroico y la ciudad de El Alto.
El evento, que contó con la presencia de narradores de México, Argentina, Perú, Colombia y Bolivia, tuvo para los organizadores un logro especial: “retornar al viejo y olvidado hábito de escucharnos”.
Pero, además, en esta fiesta de la palabra, los invitados internacionales regalaron a los cultores bolivianos de la narración oral varios talleres de capacitación. En ellos, este milenario oficio mostró sus múltiples facetas como herramienta pedagógica para incentivar la lectura y como un espacio para ejercer la denuncia social.
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La génesis de la narración oral se pierde en el tiempo. Sin embargo, es un arte tan antiguo y universal como lo es también el simple y llano goce de disfrutarlo.
¿Cuál habrá sido la primera historia narrada por el hombre?, es la pregunta que inquieta a Martín Céspedes, miembro del Movimiento de Contadores de Historias de Bolivia. A sus 30 años, este cuentacuentos intenta dar una respuesta movido por su vivaz imaginación.
“Nacieron (los cuentos) alrededor del fuego, dentro de una caverna donde los primitivos cazadores intentaban explicar fenómenos naturales como el relámpago o el constante movimiento de los astros”.
Oral y gestualmente, parece que los primeros humanos amenizaron así sus noches, cobijados por su atracción hacia lo misterioso.
El profesor de Literatura Española Miguel Díez explica que con el pasar de los años el cuento popular —que pertenece al saber tradicional de un pueblo— se fue transmitiendo en voz alta en los espacios considerados comunitarios, alimentándose siempre de las costumbres, leyendas y romances característicos de cada sociedad.
“El cuento popular es anónimo. (...) Cuando la comunidad se reconoce en el relato y lo hace suyo, el autor es olvidado y, desde ese momento, esa historia se transforma en parte del patrimonio colectivo”.
A partir de este instante, los cuentos se abren a procesos de recreación y se acomodan a la diversidad e idiosincrasia de sus oyentes.
Es así que Díez es un convencido de que mientras más se descubran y se difundan los cuentos populares de los países del mundo, más evidente resultará la profunda unidad del espíritu humano.
“Un cuento nacido en una determinada comunidad, pasa a otra hasta llegar con distintas formas y variantes a lugares muy apartados de su origen”, dice el académico.
Un ejemplo de esto se halla en la historia de la Cenicienta, la misma que con algunas variantes ya era contada en China miles de años atrás. Además, este relato —que fue recuperado por Tuan Cheng, un precoz recopilador de cuentos populares— se puede encontrar en otras latitudes más del mundo.
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Javier Tauta tiene un anhelado sueño que lo acompaña hace ocho de sus 26 años: contar en su tierra historias apasionadas y maravillosas de la misma manera en que lo hacían antaño en su Colombia natal sus antepasados.
“No había tanta parafernalia ni espectáculo como en la actualidad. El narrador llegaba sin invitación previa a una casa cualquiera; encendía un tabaco, se sentaba y empezaba a narrar cuentos hasta que el cigarro se consumía. Luego, antes de irse, la dueña de la casa le regalaba algunos víveres como una manera de agradecimiento”, rememora el actual docente de la materia de Narración Oral de la Universidad Pedagógica de Colombia.
Sin embargo, lograr ese tipo de atención y simpatía del público no es una tarea sencilla. Es más, Tauta asegura que no cualquier persona puede dedicarse a contar relatos.
“La diferencia la define el tratamiento que se le dé al lenguaje y el ritmo que se le ponga a la historia. Cuando uno escribe una historia para ser narrada, debe pensar en los elementos escénicos, las técnicas vocales y los movimientos corporales que agregará. Y para ello se requiere contar con una enorme pasión hacia la palabra”.
Y son estas lecciones las que Tauta aplica a cabalidad a la hora de denunciar los atropellos a los derechos humanos en Colombia.
Por ejemplo, en el cuento Mambrú, Tauta narra la vida de un niño que se ve obligado a combatir en una de las guerrillas colombianas. Acompañado por imágenes y música en vivo, este artista trata de mostrar los abusos a los que son sometidos los menores de edad.
“El cuento no sólo debe entretener, debe reflexionar sobre las problemáticas sociales”, asegura Tauta, quien tras su participación en el festival de cuentacuentos de La Paz guardó en su maleta un par de historias escritas por el desaparecido escritor nacional Antonio Paredes Candia, las cuales buscará adaptar para su narración oral.
“La idea es hacer cuentos que dejen pensando un poco a la gente”, acota el también narrador oral colombiano Óscar Salazar (25).
Narrador pulido en los movimientos universitarios de cuentacuentos de su país, Salazar escribe relatos cortos que buscan prevenir a las personas sobre temas antes considerados tabú como el sida.
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Son tres las fuentes que nutren a los cuentacuentos: la inspiración propia, la recolección de relatos orales —que pasan de generación a generación— y todas las obras de la literatura universal.
Esta última fuente no requiere que el narrador tenga grandes aptitudes escénicas y, por eso, es la preferida de Jaime Vásquez. Lector compulsivo, Jimmy —como lo conocen sus radioescuchas en La Paz— descubrió en su juventud que existían personas que por distintas circunstancias no pueden disfrutar del gusto por la literatura.
Así, en los años 70, y a través de las ondas de radio la Cruz del Sur, este trabajador de la comunicación comenzó a leer algunas novelas clásicas a sus oyentes paceños.
“Me sorprendió mucho la respuesta de la gente. Fue un éxito rotundo. Cuando fallaba en leer un episodio, los radioescuchas llamaban bien furiosos para quejarse”.
Claro, la lectura de cuentos no era rentable para la radio. Así que la voz de Vásquez deambuló por otros senderos más “comerciales”.
En la actualidad —a las 9.45, a las 17.30 y a las 23.30—, la palabra de los grandes escritores del planeta y de los noveles autores nacionales se pasean por las ondas de radio París La Paz, 106.9 FM, donde Vásquez, director de esta radioemisora, lee sus obras dentro de un espacio denominado “En altavoz”.
“Mi deseo es que la gente se interese en las historias que oyen en la radio y las busquen en los libros”.
El deseo de Vásquez se hace carne en el trabajo desarrollado por la mexicana Vivianne Thirion, convertida en toda una especialista en la promoción de la lectura aprovechando la narración oral.
La fundadora del Programa Nacional Salas de Lectura de México cree que el cuento lleva en sí mensajes pedagógicos de todo tipo.
“El relato oral es una pieza de arte, una reflexión filosófica, una lección de vida y un sueño. Y todo esto, al formar parte del ser humano, se transforma en la mejor herramienta de uno para llevar a una persona a interesarse por leer”.
Claro, Thirion aclara que un relato mal contado puede provocar en el oyente el efecto contrario.
Un cuento debe ser bien contado y leído con afecto, sin moralejas ni moralinas para las personas.
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Franz Bautista Quispe recorre en menos de una hora toda la selva peruana y la vasta altipampa boliviana. Para ello no necesita ni dinero ni equipaje. A Franz, de 27 años, le vale con la palabra.
El cuentacuentos y sociólogo alteño recupera en sus presentaciones relatos aymaras y quechuas. Su trabajo no es nada sencillo. Bautista Quispe debe recorrer las comunidades indígenas en busca de los ancianos que guardan la tradición oral de sus antepasados.
Así, el rico repertorio del también actor se llena, por ejemplo, de leyendas que incluyen pumas, lagos sagrados, puqu puqus —unas aves andinas— y tesoros incaicos.
Bautista forma parte del elenco artístico de la Escuela Municipal de las Artes de la ciudad de El Alto.
Fue en esta institución donde parte de los invitados internacionales del II Apthapi Internacional de Contadores de Historias dictaron sus talleres de capacitación.
De todos los participantes, José Luis Calcina fue el más destacado.
Con 26 años, Calcina —que se dedica al teatro hace dos años—, quedó realmente impresionado por el contacto directo con el público que permite el apasionante oficio de ser contador de cuentos.
“Quisiera morir haciendo esto”, concluye, mientras apresurado pinta su rostro para ingresar a narrar el primer cuento de su vida.