Como si el pueblo adivinara que ningún cambio, evento, norma o refundación cambiará radicalmente el destino del país o de su propia vida, la ciudadanía apenas se ha involucrado en los vericuetos de la futura Asamblea Constituyente. En realidad, más atención despertaron, las elecciones generales que la tan mentada ´asamblea de asambleas´ o acto refundacional de la república de Bolivia.
Y es que ya no nos queda aliento ni optimismo para aguantar otro juego de espejos que prometa mejoras sustantivas a corto plazo. Por décadas y en cada elección nacional desde los albores de la república, cada gobernante a su turno, zurdo o derecho, prometió una vida de rosas para luego concluir su mandato invariablemente desmerecido, vilipendiado o echado a patadas del famoso Palacio Quemado que más parece la tumba de los visionarios de turno. Lo que debería prometerse, al igual que el famoso estadista británico Winston Churchill, es sangre sudor y lágrimas, es decir, una mayor dosis de esfuerzo y de productividad para cosechar triunfos sostenibles en materia económica y social.
¿Qué se pretende con la nueva Asamblea Constituyente que no se pueda realizar mediante leyes y decretos generados por un gobierno que goza de una altísima legitimidad pocas veces registrada en nuestra historia y que le permite cambiarle la cara al país al derecho y al revés? ¿Acaso la distribución de tierras o una segunda reforma agriaría, la nacionalización de los hidrocarburos, la supresión de la religión oficial, las autonomías regionales, el cambio de moneda o de los signos patrios no se pueden realizar desde la plaza Murillo con total legitimidad? ¿Se requiere más poder?
No hay duda que nos gustan los juegos artificiales, las luces y las bambalinas, los actos inaugurales, generar expectativas radicales de cambio, el gol desde media cancha, la jugada genial versus los ajustes periódicos, la continuidad y constancia, mejorar lo heredado, cambiar respetando las reglas vigentes. Impacientes y desconfiados vivimos traumáticamente. Ayer blanco, hoy negro o al revés. De un brinco queremos desandar la historia o pasarla por alto ajenos a las tendencias mundiales y lo que es más evidente, condición sine qua non de todo gobierno, retroceder para avanzar, refundar la república, cambiarle de nombre, crear algo único y exclusivo.
No se progresa por arte de decretos, normas, así éstas se las jerarquicen hasta el vértice de la pirámide legal. El desacato a la norma y la desconfianza por lo heredado no respeta jerarquías. Tampoco el progreso y el bienestar está en relación directa con la riqueza natural, al contrario, hasta se podría afirmar que, los que heredaron bienes fortuitos provistos por natura o por sus antecesores, al igual que los hijitos de papá, acaban casi siempre más pobres que aquellos cuyo éxito radica en su tesón, laboriosidad, educación y constancia. Se es aparentemente rico mientras dura la riqueza natural o heredada, caso de los países mineros o petroleros, se es rico de verdad, próspero y sustentable, cuando se tiene la capacidad de producir mercaderías con alto valor agregado, ventajas comparativas que le reportan empleo y conocimiento.
Esperemos que la nueva Constituyente una a los bolivianos bajo un proyecto común que sea respetado por los futuros visionarios. Que por fin avancemos ajustando la carga en el camino y no tengamos que desandar nuevamente el camino recorrido.
*Antonio Soruco es ingeniero.
Estado laico
Volvemos al tema de las relaciones Estado-Iglesia porque veo que persisten confusiones que conviene esclarecer. Ya se ha repetido que el Estado boliviano no —repito— no es confesional y que la Constitución establece la libertad de cultos.
Las urnas nos esperan
El 2 de julio habrá elecciones para constituyentes y el referéndum autonómico, como corolario de las luchas emprendidas por grupos sociales y comités cívicos.
Un Gobierno sano
Es un gran referente cuando una persona o una institución se caracterizan por su laboriosidad. De entrada esa es una buena señal.
Solución marítima sin compensación
El Canciller de la República ha manifestado hace poco que no se debe hablar de compensaciones cuando se negocie la cuestión marítima con Chile.