Ubicado en la calle Colón de La Paz, el Museo y Archivo Histórico de la Policía Nacional muestra a los delincuentes más famosos del país.
Texto: Javier Badani Ruiz Fotos: Pedro Laguna
Tiene las órbitas de los ojos un tanto voluminosas, una cierta asimetría en el rostro, mandíbula abultada, excesivo desarrollo del cerebro o posee en el cráneo algún tipo de hoyuelo? ¡Cuidado!, usted podría ser un astuto criminal.
Por lo menos así lo sostenía en 1876 el científico italiano Cesare Lombroso, padre del positivismo biológico, pues el autor de El hombre delincuente creía que a través de una serie de estigmas o anomalías físicas se podía reconocer a un delincuente en potencia.
Resabios de esta teoría —que luego dio paso a las primeras herramientas científicas de identificación criminal— se hallan en la actualidad en el Museo y Archivos Históricos de la Policía Nacional.
Allí, por ejemplo, en el sector ´Rostros y rastros del criminal´, el visitante puede observar las mascarillas faciales de una parte de los delincuentes más famosos y peligrosos de Bolivia en el siglo XX.
Elaboradas in vita o post mórtem, entre los rostros inmortalizados en yeso se hallan El pistolas, El saco al hombro, El thanta millonario y El petas, cuyo nombre verdadero es Alberto Avaroa Rubín de Celis, ladrón de automóviles que a finales de los 90 asesinó a varios policías.
Pero la mascarilla más preciada se encuentra destacada en un lugar especial: se trata del rostro de Salvador Zambo Salvito, mítico asaltante que se dedicó al pillaje en un antiguo camino que unía la urbe paceña con los Yungas.
Más de 2.000 imágenes La planta baja de una vieja casona de la calle Colón Nº 454 es la que aloja los cuatro ambientes del museo policial. En 1942, este repositorio se inauguró en los predios de la División de Criminalística, ubicada entonces en la calle Ballivián. Pero en 1999, tras haber sido trasladada a distintos inmuebles, la pérdida de varias de sus colecciones y una larga clausura, se instaló definitivamente al lado de la iglesia de La Merced.
En comparación a los de antaño, los actuales espacios de exposición son reducidos. Por ello, el capitán José Arancibia Mollinedo, custodio del repositorio, no desperdició ningún recoveco a la hora de instalar los objetos. Así, las descascaradas paredes del patio y del callejón que conduce a éste albergan parte de las más de 2.000 fotos históricas que conforman la preciada fototeca de este museo.
Inéditas en su mayoría, las imágenes reflejan, entre otras cosas, a los miembros de la primera Policía Rural, en 1902, y un desfile en 1938 de la sección motorizada de la Brigada Departamental de Carabineros.
Las fotos en blanco y negro, asimismo, se codean con amarillentos reglamentos de la institución del orden que se remontan hasta el siglo XIX, y con cartulinas donde se disecciona el modus operandi —y las herramientas— utilizado a diario por raybaneros, cumbreros y monreros, entre otros criminales.
Sin embargo, las áreas de exhibición no cuentan con la infraestructura ni espacios adecuados para conservar otros testimonios históricos como la documentación sobre los delitos criminales que marcaron al país durante el siglo XX, hechos como el atraco en los años 60 de una remesa minera en Calamarca o la muerte del ex presidente José Manuel Pando en la localidad del Kenko en 1917.
Repositorio entre escombros Tras pasar el patio de la casona, donde se exponen algunos instrumentos históricos de la Unidad de Bomberos Antofagasta —al lado de escombros de tierra y muebles en desuso—, el visitante ingresa a la sala dedicada a criminalística.
Allí, el aire es pesado y fotografías de escenas correspondientes a distintos crímenes se mimetizan con retratos de posibles asesinos y ocho frascos con fetos que fueron hallados en las calles de La Paz.
´Es un crimen abandonarlos, pero ahora son mis wawas a las que cada lunes les prendo vela´, asegura el oficial José Arancibia Mollinedo, cuya oficina se alza en la que en 1999 fuera la celda donde el peruano Freddy Cano Flores sufriera serias quemaduras que lo condujeron a la muerte. Además, allí estuvieron presos Felipe Quispe y el vicepresidente de la República, Álvaro García Linera, ambos acusados en los 90 por terrorismo.
Por otro lado, el también técnico museólogo no duda en afirmar que entre los tesoros del repositorio hay un arma de tiro largo que perteneció al pistolero norteamericano Butch Cassidy, que murió en 1900 tras una redada en Potosí, donde éste atracaba las remesas mineras. Sin embargo, la pieza no se halla en exhibición. Según el oficial, no existen las condiciones museológicas para su exposición.
Pero si de joyas se trata, nada como la invaluable colección de obras pictóricas que se muestra en la ´Sala de Armas y Pinacoteca´. Allí se exhibe, por ejemplo, la obra Felicidio. Elaborada durante los primeros años del siglo pasado, la pintura pertenece a Arturo Borda. Además, en esta sala destacan los retratos de los presidentes Manuel Isidoro Belzu y Narciso Campero, trabajados por Ángel Dávalos Vidaurre en 1900.
Con todo, los objetos más visitados por los curiosos son las mascarillas faciales de los criminales más perseguidos. En este sentido, especial éxito tiene la del Zambo Salvito, que se presenta junto al puñal de acero que utilizó en el siglo XIX para robar a los viajeros en el barrio Cinco Dedos. El delincuente —que fue fusilado— inspiró en los años 80 al desaparecido escritor nacional Antonio Paredes Candia.