No sé si Brasil es aún un país racista —algunos amigos míos brasileños dicen que no—, pero el fútbol sí dejó de serlo. Sus estrellas despliegan todos los tonos de la canela... Cuando uno ve el equipo del Brasil que salta a la cancha en la Copa Mundo de Alemania, conformado casi totalmente por atletas negros o mulatos, no podría creer que alguna vez estuvo vedado el fútbol para los pretos de color café. Fue hace muchos años, pero fue.
En la época en que este deporte empezó a extenderse por las ciudades del país, hace cosa de un siglo, era mera cuestión de blancos. Entonces sólo lo practicaban los muchachos de las clases altas, los que llegaban de estudiar en Inglaterra o recibían balones de los inmigrantes que exhibían en las playas sus piernas color leche. Así comenzó a disputarse el fútbol brasileño, entre blancos, y así nacieron los primeros clubes de Río de Janeiro, Sao Paulo y Rio Grande do Sul, que hoy son instituciones famosas y contratan tres o cuatro jugadores negros por cada blanco.
El monopolio blanco del balompié brasileño no era cuestión de calidad, sino de discriminación racial. Los negros también jugaban, pero tenían su propio campeonato, que fue bautizado, con humildad digna del tío Tom, “la liga de la canela oscura”. Los otros eran los niños bien. O, aunque no fueran tan bien, los niños blancos. Pero poco a poco, los mulatos de abajo mejoraban su juego y atraían más que los caras pálidas de los clubes tradicionales. Aún así, estos consideraban que no necesitaban de “jogadores pretos” y mantenían la hegemonía blanca.
Todo comenzó a enmendarse hacia 1920, cuando se hizo evidente que el fútbol de las barriadas producía formidables jugadores. Uno de los primeros en alcanzar los galones de la primera división pese a su condición de mulato fue Artur Friederich, quien, dado que su padre era alemán, había jugado en un conjunto teutón de San Paulo. Ascendido al club Paulistano, llegó a ser la primera gran estrella brasileña. En su archivo figuran 1.329 goles, más aún que los que Pelé anotó, y su piel de café con leche contribuyó a que los ciudadanos del montón se aficionaran a ese juego que por fin dejaba de ser propiedad de una élite.
A esas alturas, sin embargo, aún no estaba bien visto que los negros retintos se mezclaran con los blancos en sus equipos. Mulatos sí, yumecas no. Por eso los morenos que aspiraban a participar en las mejores escuadras se alisaban el pelo ondulado y se untaban polvo de arroz, para que los tomaran por mulatos. Yo sé que ahora resulta difícil pensar que esto pudo ocurrir en Brasil, pero así fue y no hace demasiado tiempo. Tan poco, que aún hay quien vive para contarlo. El primer gran jugador completamente pretinho fue Leonidas de Silva, el Diamante Negro, que ganó seis campeonatos nacionales en los años treintas y cuarentas y disputó dos Copas del Mundo.
El empuje ya era inatajable: los negros se colaban porque jugaban al fútbol como bailaban la samba. Internacional de Porto Alegre fue el primero en recibirlos y luego siguieron los demás clubes. El tono del pellejo ya contaba menos que la habilidad con el balón y ahora no sólo salían de las favelas con ganas de jugar ante las tribunas llenas, sino que ganaban salarios iguales o mayores que los blancos. Por eso dijo el gran Robson: “Yo fui negro, y sé lo que es eso”.
Mucho ha rodado el balón desde entonces. No sé si Brasil es aún un país racista —algunos amigos míos brasileños dicen que no—, pero el fútbol sí dejó de serlo. Sus estrellas despliegan todos los tonos de la canela: Pelé, Romario, Jairziño eran achocolatados; rubios y blancos, Zico, Tostao, Rivelino. La actual selección conserva la mixtura: Kaká, blanco; y casi todos los demás, negros o mulatos, como Ronaldinho y Ronaldo.
El fútbol brasileño no sólo da lecciones de arte. También las ha dado de valores humanos e igualdad social.
*Daniel Samper P. es periodista.
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