Desde que el presidente Evo Morales nos sorprendió a cientos de miles de bolivianos expresando que haría campaña por el No en el referéndum para las autonomías departamentales, desconociendo lo que había dicho antes, en sentido de que sería un fiel militante por el Sí, nos dimos cuenta de que cualquier cosa se podía afirmar en este Gobierno para incumplir después. Luego, un hombre aparentemente serio como el vicepresidente García Linera, que había afirmado su disposición hacia el Sí y se echó atrás sin que se le moviera una pestaña, nos convenció, definitivamente, que con el MAS no hay posibilidades de confiar absolutamente nada. Para colmo, el tercer hombre en la sucesión, el senador Santos Ramírez, con una mueca de sorna, también se explayó en interpretaciones sacadas de la galera sobre lo que era vinculante a nivel nacional o departamental. Es decir que, de golpe, nos encontramos con una tomadura de pelo monumental, que va a provocar no sólo enredos sino que puede llevarnos a la violencia.
Por lo tanto, para evitar “avivadas” porque los cruceños —los orientales en general— somos ingenuos políticamente, se debe actuar como lo hacen algunas naciones en organismos como la Organización Mundial de Comercio, por ejemplo. Para que los que tienen el poder no abusen de él indiscriminadamente y no incumplan con sus compromisos se aplica una fórmula que es muy simple y efectiva: “Nada está pactado, mientras no todo esté acordado”.
Para evitar avasallamientos en la Asamblea Constituyente, principalmente en el tema autonómico, hay que aplicar la fórmula precedente, que hace que todos los elementos incorporados en una negociación deben ser aprobados de manera conjunta, al mismo tiempo, evitando, de esta manera, la burla de compromisos previamente acordados. Una vez terminada la discusión de un todo, éste no se adopta por partes, sino que el voto de los asambleístas tiene que ser por el texto completo, con todas las reformas incorporadas. Nada de aprobar un tema, concertando, y después otro, volviendo a concertar, para luego querer aprobar, por ejemplo, lo de las autonomías, y eso quede para las calendas griegas o para sorna de las mayorías.
En suma, ante la falta de seriedad del MAS y ante la seguridad que aprovechará de su mayoría para echar por la borda el triunfo autonómico en Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando, hay que adoptar las mínimas previsiones. Y las únicas previsiones que se pueden tomar parten del supuesto de que hay que ser desconfiados y prevenir engaños. Entonces, la fórmula que debe prevalecer para las minorías en la Asamblea Constituyente es la que citamos y que se aplica cuando los riesgos son grandes: “Nada está pactado, mientras no todo esté acordado”. Nada de confianzas, nada de concesiones, nada de descuidos, nada de nada con quienes ya han mostrado la hilacha, con quienes no demuestran seriedad ni voluntad de cumplir, ni apego a la verdad, ni menos buena fe.
Las interpretaciones leguleyescas que se van a plantear en estos días —ya empezaron en verdad— serán de lo más variopintas. Ya no importa la ley de convocatoria al referéndum, ni la pregunta al país redactada con pinzas. Ahora el empeño será desmontar todo el plan autonómico, montado pieza por pieza desde hace meses por los cruceños, con las firmas de 400 mil ciudadanos y cabildos del mismo calibre. Ahora que el MAS ha ganado el poder y se ha impuesto también en la Constituyente, lo de las autonomías carecen de importancia. Ya obtuvieron su aceptación en Santa Cruz, al extremo que están empatados con Podemos en el primer lugar. ¿Para qué más? ¿Para qué fingir si ya no es necesario?
La malhadada Asamblea Constituyente compuesta por quienes sospechan muy poco de lo que es legislar y sí saben de bloqueos y paros, no nos va a llevar a nada bueno. Ya nos cansamos de afirmarlo desde que se lanzó la idea y ya no hay nada que hacer sino tratar de que los daños sean lo menores posibles. Para eso no hay que confiar en el MAS.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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