Gracias al trabajo del padre Bernardo y sus compañeros, una de las iglesias coloniales más preciadas de la región de Oruro está por convertirse en un nuevo museo donde se podrá apreciar pinturas y esculturas.
Texto: Inés Ruiz del Árbol Fotos: David Guzmán
Corría el año 1997 cuando el obispo de Oruro, desesperado por el masivo robo de obras de arte en las iglesias, pidió auxilio al padre Bernardo. Los templos del departamento estaban quedando desnudos, sin arte sacro que decorara las paredes, sin óleos que dieran vida a los pasajes bíblicos. Entonces, Bernardo tuvo la idea de hacer un museo. ´¿Dónde mejor que en un museo se iban a conservar los cuadros?´, pensó en alto.
Y dicho y hecho, aunque la labor de búsqueda de obras para él mismo fue casi policiaca. ´No pudimos rescatar muchos lienzos que eran muy buenos porque habían sido robados antes de que nosotros llegáramos´. Aun así, piezas de valor realmente incalculable fueron recuperadas de iglesias y catedrales en pueblos y comunidades rurales. Luego, fueron guardadas en un depósito antes de ser trasladadas a lo que iba a ser el necesario museo.
El lugar escogido para la iniciativa fue la iglesia de San Miguel de la Ranchería, primer edificio de Oruro, de donde salió la procesión que fundó la ciudad. Desde este punto también se dividieron las calles, los cuarteles y los solares de la urbe. Asimismo, aquí fueron elegidos los primeros alcaldes que tuvo Oruro.
La iglesia, del año 1595, es de estilo netamente colonial, y en sus inicios fue un templo de indios. ´En ella los curas españoles oficiaban la misa en idioma aymara para evangelizar´, sintetiza Bernardo.
La iglesia, sin embargo, dejó de funcionar como santuario hacia 1967, año en el que cayó en el más completo abandono. Así, desde hacía lustros nadie recordaba los tiempos en los que San Miguel de la Ranchería había sido un lugar de recogimiento, donde fieles y mendigos buscaban un calor diferente.
Esto fue hasta 1997, cuando como milagro comenzaron las obras de restauración para recuperar un pasaje definitivo de la historia. Como no podía ser de otra forma, el padre Bernardo, amante del arte y de las aventuras arriesgadas, fue el que encabezó la reconstrucción del sitio.
El taller de réplicas Hoy, con su camisa de cuadros remangada, sus lentes redondos y una larga melena, el padre Bernardo habla de la Ranchería con un entusiasmo contagioso, que se impregna por los lienzos de estilo barroco mestizo que ya decoran algunas de las paredes del templo.
´Lo bueno es que contamos con la ayuda del Viceministerio de Cultura y de varios arquitectos. Ha habido muy buena coordinación´.
Con todo, el camino a seguir no ha sido fácil, pues al poco de comenzar con el proyecto surgieron dudas. ´Fue cuando nos dimos cuenta de que por querer evitar los saqueos, los que estaban dejando vacías las paredes de los templos éramos nosotros´. Por eso, en el 2000 se creó un taller de réplicas.
´Nos prestaron un salón de la parroquia para el taller. Y lo componemos un grupo de amigos entre los que hay pintores y talladores´.
En una de las estancias del lugar, entre tanto, un óleo de grandes dimensiones sorprende por su realismo y su precisión. Es una réplica de la Anunciación de Zurbarán, un cuadro de estilo barroco. Al frente, con un mono manchado de pintura, se encuentra Alberto Valdés, quien durante dos meses ha tratado de recrear la obra que siglos atrás fue creada por el pintor.
´Trabajo unas cuatro horas al día en el taller, pero dedico el 100 por ciento de mi tiempo al arte. Cuando no hago réplicas para las iglesias de Oruro, me dedico al arte abstracto o figurativo´, confiesa.
Con sus pinceladas, demuestra un manejo sutil de los colores, las formas y los espacios. Sin embargo, su vocación artística no siempre le da plenas satisfacciones. ´Es bastante difícil vivir del arte. No hay ayudas, y los recursos son escasos´.
Cerca de Alberto, cuatro hombres tallan en madera un friso para una iglesia. Los materiales que utilizan han sido sacados de edificios viejos, de lugares abandonados, piezas que nadie quería ya. ´Sacamos los elementos de trabajo de donde podemos´, lamenta el padre Bernardo con un poco de tristeza.
´Por otro lado —prosigue—, cuando nos dicen que hay alguna obra en algún sitio vamos a ver qué podemos encontrar. Hacemos toda una labor de reciclaje´. Pero gracias a este trabajo los cuadros originales están dispuestos hoy en la iglesia de la Ranchería, que en noviembre abrirá sus puertas con nueva imagen y denominación: Museo de Arte Sacro de Oruro.
Un retablo deslumbrante Ya está todo casi listo, y al entrar en la iglesia lo primero que deslumbra al visitante, en compañía de Bernardo, es su retablo, de estilo barroco mestizo, cuidadosamente elaborado en madera de cedro y recubierto con pan de oro.
El retablo ha sido reconstruido gracias al apoyo de la Embajada de Alemania, así como al de muchos artesanos que han dedicado meses de esfuerzo para encontrar las piezas que, como en un rompecabezas, encajaban en esta reliquia.
A su lado, los cuadros que pueblan las paredes invitan a entrar en un mundo de símbolos y significados religiosos, con detalles que no siempre están reflejados en la Biblia.
´Son historias para contar y para evangelizar. Es el arte al servicio del dogma y de las emociones profundas. Lo que quieren es conmover y enseñar´, comenta el padre.
La mayoría de las obras pertenece a pintores regionales y son de estilo barroco mestizo. ´Después de dos o tres generaciones de pintores indios y mestizos —explica—, fue surgiendo un arte distinto al europeo, que se caracteriza por ser más popular. Lo que ocurrió es que les dejó de interesar la proporción, la perspectiva o el claroscuro. No pintaban la realidad, sino que pintaban ya un mundo religioso imaginario´.
Bernardo sigue paseando y mostrando los cuadros más enigmáticos del templo. Uno es la Virgen de las Cerezas. Otro el Cristo Cargando la Cruz, del pintor portugués Almeida y la casa Braganza. Y de ninguna de los dos obras se sabe cómo llegaron hasta Bolivia.
Aunque en el museo por inaugurar no todo es arte pictórico. También hay esculturas españolas de la escuela sevillana, vírgenes del siglo XVII con movimientos agitados y danzantes, atribuidas a famosos escultores de la época como Juan Martínez Montañés o Luisa Roldán.
Así, entre lienzos, esculturas y retablos, la iglesia de San Miguel de la Ranchería parece haber resurgido de sus cenizas, pues el santuario ha vuelto a convertirse en un lugar donde las emociones tienen cabida y el arte sacro un buen escaparate.
Y la lucha continúa y, entre afanes y preocupaciones, el padre Bernardo no ceja en el empeño de conseguir recursos suficientes de uno y otro lado. ´Sobre todo —se queja— nos falta dinero para la restauración de retablos´. Tras el lamento, fija su mirada en varias piezas amontonadas que aún no conforman algo en concreto. Suya y de los restauradores será la tarea de recomponer lo que antaño fue parte del alma de alguna iglesia.