A siete kilómetros de la capital oriental, un laboratorio se ocupa de 26 especies de mariposas nativas de la región, que son introducidas luego en un recinto de 2.500 metros cuadrados.
Texto: Álex Ayala • Fotos: Patricio Crooker
Son, por lo general, azules, rojas, negras, ocres o amarillas. Alternan vuelos un tanto camicaces con otros más rítmicos, como si fueran las mejores bailarinas de ballet mostrando sus pasos en el aire. Se dan festines de comida y cada día reciben una media de 150 nuevas inquilinas en el mariposario en el que campan a sus anchas, en el centro biológico Güembé, ubicado en el Urubó, a tan sólo siete kilómetros de la ciudad de Santa Cruz.
El lugar, un espacio mágico que se asemeja a un bosquecillo, es la culminación del sueño de un empresario, Carlos Reznicek, quien ha logrado levantar una estructura de 35 metros de alto y 2.500 metros cuadrados en la que hoy se asienta uno de los mariposarios más grandes que hay en el mundo.
En días de viento, otoñales, se concentran allá gran cantidad de mariposas, que protegidas por las mallas de seguridad se encuentran a salvo de los depredadores.
Tienen, además, comida para todo gusto. ´Hay sales, agua con azúcar o con miel, frutas fermentadas... Estas últimas, justamente, son las preferidas de varias de las especies. La familia Nymphalidae, por ejemplo, se alimenta fundamentalmente de plátano maduro. Y a las Morpho, en cambio, lo que les encanta es el mango´, explica José Ernesto Suárez, guía turístico del biocentro, que cuenta también con un completísimo orquidiario, piscinas similares a los arroyos naturales, más de 100 especies de árboles nativos, ardillas, monos, pavos, una gran variedad de insectos y cortos senderos para caminar.
Precisamente, un pasillo que parece una especie de lengua verde —por la cantidad de vegetación que congrega a su alrededor— conecta el mariposario con el laboratorio, donde hasta el día de hoy se producen 26 especies de las 104 que se han localizado en esa zona.
Hora de transformarse Allá, en una actividad a la que tienen acceso los visitantes del centro, es donde se desarrolla el ciclo biológico por el que los insectos se convierten finalmente en mariposas.
La primera etapa comienza nada más se deposita su huevo en el cogollo de la planta nutriente de la especie. Y su tamaño es pequeño: aproximadamente 0,50 milímetros de diámetro y un milímetro de alto.
Después, nace la larva —comúnmente conocida como oruga—. En esta fase, el crecimiento es de hasta tres milímetros en un período que ronda los 15 días.
Tras esto, el insecto se envuelve en un capullo que cambia de color cuando está a punto de eclosionar. Sus tonos suelen ser verde claro, verde amarillento o rosado con finísimas nervaduras igual verdes.
Entonces, se culmina la transformación en mariposa. Las antenas salen primero. Luego, su cuerpo junto con las alas dobladas, hasta que en un último paso se posa en forma vertical, derrama un extraño líquido llamado hemolinfa y da su primer vuelo. Ya es un ser adulto.
Lo bueno es que cuando trasladan a los nuevos ejemplares al mariposario lo que nunca falta es el alimento. ´Y estos insectos lo necesitan en abundancia, sobre todo minerales como el potasio, porque gastan muchas energías en sus desplazamientos. Por otra parte, ya no mastican como lo hacían cuando eran orugas, pues perdieron la mandíbula durante la metamorfosis. En esta nueva fase de su vida lo que hacen es absorber las sustancias por algo así como una trompa´, acota José Ernesto Suárez.
En un rincón del laboratorio, entre tanto, yacen varias mariposas sin vida, que se muestran al público clavadas en un panel con alfileres entomológicos y letreros que dan cuenta de la familia a la que pertenecen. ´Es una colección conformada por las mariposas más bellas entre aquellas que ya murieron´. Y es que cada día dejan este mundo decenas de ellas, pues su ciclo biológico oscila entre los dos días y los nueve meses, dependiendo del tipo de especie.
Pese a los fallecimientos, en el laboratorio entre el 50 y el 80 por ciento de los huevos sobreviven, lo que permite introducir diariamente entre 150 y 200 nuevos insectos al mariposario. Es una cantidad significativa, más si se tiene en cuenta que al aire libre, sólo nacen 10 larvas de cada 100 huevos. En el mariposario, además, se cuenta con protección para las especies. ´Allá, por ejemplo, no hay tanto sol —perjudicial para los huevos de mariposa— y el fumigado es natural, con una mezcla de tabaco, agua, un poco de jabón y la semilla del ají. Así, evitamos que se acerquen las hormigas´, aclara José Ernesto Suárez. Un vivero, finalmente, se encarga de producir plantas con suficientes nutrientes para las larvas.
Para todo gusto El resultado de todo esto es un mariposario bien poblado, en el que no faltan ejemplares que terminan por asombrar a los visitantes.
Las mariposas más longevas —viven hasta nueve meses— y resistentes son las monarcas, que cautivan con un vuelo espectacular.
Las Hamadryas, por su parte, con sus manchas blancas y grises, son capaces incluso de mimetizarse con las cortezas de los árboles.
Pero si de colores se trata, ninguna gana a las azules, que consiguen su tonalidad por la posición de sus escamas, ´algo así como burbujas de aire que atrapan la luz´.
Otras de las más hermosas son de la familia Nymphalidae, pues su parte de abajo parece una Biblia por las tonalidades rojas y negras.
Con todo, también las hay casi transparentes. ´Esto ocurre porque poseen menos escamas en las alas que las demás especies, que acostumbran a tener entre 200 y 600 por milímetro cuadrado. Como curiosidad, existe la creencia de que son transparentes porque representan a niños reencarnados en espíritus del bosque´, relata Suárez.
Entre las larvas, por otro lado, igualmente se producen diferencias. ´Las hay muy atractivas, que se asemejan a llaveros o que son gorditas y cuando caen al suelo acaban rebotando y no se dañan´.
Así, entre tanta variedad, no resulta extraño que se considere la posibilidad de exportar, en un futuro, capullos a países como Canadá y Estados Unidos, que presentan las condiciones requeridas para la cría.
Un paseo de ensueño De momento, hasta que eso ocurra, todas las mariposas que nacen terminan irremediablemente en el mariposario, lo que hace del lugar un mundo como de cuento.
´En él hasta generamos lluvias artificiales para que los insectos disfruten del mejor de los hábitat´.
Y el éxito es evidente, pues este rincón del biocentro se ha convertido en la pequeña recreación de un bosquecillo, con el sonido del viento pululando entre pasarelas de madera a más de 15 metros de altura —acondicionadas para personas minusválidas—, paneles explicativos para entender mejor el comportamiento de las distintas mariposas y árboles que se retuercen sobre ellos mismos.
No es de extrañar, entonces, que en los días de más afluencia, entre diciembre y enero, el recinto —que no tiene más que nueve meses de vida— haya recibido algunos días más de 1.000 personas.
Quizá en esto ha tenido mucho que ver el mirador, ubicado en el mismo mariposario a 35 metros de altura, y desde donde el espectáculo es realmente envidiable.
Desde semejante atalaya, se acierta a ver un inmenso mar verde de árboles nativos que termina sólo donde la vista se topa con el horizonte, más allá de las 23 hectáreas que ocupa el centro Güembé.
En las entrañas del mariposario, mientras tanto, decenas de mariposas se posan de tanto en cuanto en alguna hoja. En ese momento, uno puede acercarse, observarlas, casi puede tocarlas... y se siente como el protagonista de La Metamorfosis, de Kafka, queriendo convertirse en toda una mariposa.