El edificio se sitúa en lo que antaño fueron las caballerizas de la Real Audiencia de Charcas.
Texto y fotos: Romy Durán
Aunque con la colonia a cuestas, la modernidad ha llegado a Sucre, más concretamente al parador Santa María La Real, un lugar que ofrece todo aquello que le puede agradar a un huésped en una ciudad colmada de historia, juventud y aires lozanos.
Y es que allá, el confort de las habitaciones se une a la tranquilidad de los espacios, que alternan vistas privilegiadas de la Ciudad Blanca con otros rincones decorados con muebles coloniales y republicanos. Éstos están elaborados en madera, bronce, plata y cuero y, a su vera, se muestran también tejidos artesanales, espejos biselados y mármol.
Son la mejor carta de presentación del parador, situado a una cuadra de la plaza central de la capital de la República, en el número 625 de la transitada calle Bolívar.
El mismo fue construido en los predios de una casona del Siglo XVIII que antiguamente —durante el periodo colonial— formaba parte del patio y de las caballerizas de la Real Audiencia de Charcas.
Es justamente su importancia dentro de la historia de la ciudad, amén de los numerosos detalles que se descubren entre sus muros, armarios, patios, mesas, sillas y corredores, los que sorprenden a los visitantes y les convencen para quedarse a descansar en el lugar.
Un sitio lleno de paz Una imagen de la Virgen María recibe a los turistas en la entrada, formando parte de un retablo de madera policromada con detalles de plata en el vestido y en el marco.
Es el primer anuncio del sosiego que le espera a uno en el interior. Pues ya sea sentado en un escaño colonial —amplio y largo sillón con espaldar— o en un sofá de cuero repujado, uno siente cómo la paz merodea por todo lado al compás de una suave música envolvente.
El lobby, por si fuera poco, se encuentra bajo bóvedas de ladrillo rojo con un contorno de arcos de piedra que cobija finalmente esquinas donde se aprecian cuadros, lámparas y variados ornamentos.
Así, la mirada no deja en ningún momento de distraerse mientras uno se dirige hacia alguna de las 23 habitaciones o la suite matrimonial que presenta el parador.
En el camino, originales barandas de hierro forjado escoltan los escalones. Y en los pisos de arriba los techos de los corredores están cubiertos con teja y rodeados con columnas y capiteles de madera.
Asimismo, a cada paso se muestran sugestivos decorados con tocadores, rejas, baules, portezuelas de ventana labradas en cedro y macetas repartidas armoniosamente.
Los guiños a la modernidad Pero no todo le lleva a uno a tiempos pasados, pues, en la zona superior del parador un jacuzzi y un salón de eventos con capacidad para 100 personas conectan con ciertos aires de modernidad. Esta parte de la casona, por otro lado, posee un artesonado original, arañas de cristal y arquería neogótica con detalles decorativos elaborados a mano en base a los modelos del antiguo empapelado que lucían las paredes.
Mientras, en lo más alto, la azotea, se brinda una vista preciosa, en la que impresionan los rojos tejados de Sucre, las iglesias, las torres, la cordillera que rodea la ciudad y los cerros Sica-Sica y Churuquella, impresionantes formas naturales que guarecen a la capital de la República.
El comedor, por su parte, representa el mejor espacio para compartir los platos más tradicionales.
Incluso en los rincones íntimos, como en el dormitorio, al huésped le parece estar como en su casa. Así, cada uno de ellos exhibe una decoración distinta, unos con tapices y tejidos y otros con estilo francés.
Patios de colores Mención aparte, entre tanto, merecen los patios del viejo edificio.
El azul del primero es de tono añil, y para recuperar su especial tonalidad original tuvieron que encargar los pigmentos a España.
El segundo es el patio rojo, debido a la coloración de los óxidos traídos del Cerro Rico de Potosí. Y su preparación es por de más interesante. “La pintura está hecha a base de huevos y agua de hoja de penca, para que se pueda adherir al muro donde es aplicada”, explica Sonia Ávila de Pascual, una de los copropietarios de este parador.
Por último, el tercero es el patio amarillo, que conserva aún la piedra de los pisos como era antaño.
El túnel Guatanay Con todo, no se hubieran podido recuperar tantos espacios que datan de la época colonial y los primeros años de la República sin un arduo trabajo. Y a ese objetivo precedió una investigación histórica, “para no distorsionar nada de la parte constructiva del edificio”.
El proceso de restauración, en ese contexto, duró casi tres años, tiempo en el que Sandra Pascual y su esposo Luis Pedro Rodríguez, junto a Sonia Ávila de Pascual, se esforzaron por disponer al servicio de los visitantes nacionales y extranjeros todas las comodidades modernas en habitaciones y salones que miran hacia el pasado.
Y hoy, gracias a esta tarea, se exhibe en el parador el túnel Guatanay, que desciende desde la parte posterior de las primeras escaleras del patio azul y del que se desconoce cuál era su función original.
Mientras los propietarios deciden si convertirán ese túnel en una bodega de vinos o en una galería de arte, se pueden apreciar en sus paredes ejemplos de cerámica yampara, dispuestos en las vidrieras del pasillo, que conduce a un espacioso ambiente casi cuadrado.