Con 6.127 metros y formando parte de uno de los glaciares más importantes de Bolivia, esta montaña es todavía muy poco visitada.
Texto y fotos: Alain Mesili
Apenas figura en los registros. Es todo un 6.000, pero no es tomado en cuenta entre las montañas que dibujan los Andes del sur de América. Es el gran olvidado y, sin embargo, se alza como uno de los cerros más impresionantes de la Cordillera Real.
Es el Chearoco, que con 6.127 metros sorprende desde el primer vistazo, sobre todo por la espectacular orografía de su parte dorsal.
En ese lugar remoto se impone un manto blanco, pues es tierra de glaciares. Y, desde el altiplano, se aprecia como si fuera una carpa trapezoidal más alta que extendida. A su vera, entretanto, aparecen otras cumbres en forma de pirámide cuyas caras más occidentales están constituidas de canaletas, bastante propias de las cordilleras tropicales de Bolivia, Perú y Ecuador. Y entre todos estos macizos arman un conglomerado único de glaciares planos.
Entre el Chachacomani (6.047 metros) al este y el cerro Calzada (5.650 metros) en el noroeste, el Chearoco se beneficia de una fría temperatura ambiente que le permite una mayor resistencia ante el calentamiento global que está protagonizando la desaparición paulatina de los glaciares andinos.
El granito blanco, fragmentado pero extremadamente sólido —a diferencia de los materiales que conforman montañas más famosas, como el Huayna Potosí o el Illimani—, ayuda además a que el hielo permanezca eternamente.
Los pioneros
Desde la carretera que parte de la ciudad de La Paz, el Chearoco y el Chachacomani se divisan como dos macizos hermanos, pues ambos forman parte de un impresionante glaciar. Lamentablemente, su imagen tan majestuosa oculta un nudo no menos increíble constituido por aristas imposibles y paredes de cumbres menos altas —Rumca, Calzada y Negruni—, que tienen pilastras, corredores y cimas que todavía son vírgenes.
El Chearoco, en contraste, fue hollado el 25 de julio de 1928 por dos famosos alpinistas alemanes de aquella época, Alfred Horeschowsky y Hugo Hortnagel, pero luego de innumerables problemas por encontrar el itinerario en el gran glaciar occidental. Por otro lado, ascendieron la cima menor del Chearoco creyendo, por equivocación, que se trataba del nevado Calzada, al que se accede por el valle de Charolpaya, que precisamente separa el Ancohuma de Viluyos y Ancopitis, picos menores del Chearoco. De ahí entonces la confusión de los expedicionarios.
Luego de esto, la hazaña de estos pioneros fue relatada con pelos y señales en la publicación oficial de la revista del Club Alpino Alemán-Austriaco en 1929. Y fue tal la repercusión del texto en clubes de Alemania, Austria, Inglaterra e Italia que fue traducido más tarde por el American Club Journal.
El año de su ascenso, por otra parte, representó como una especie de pistoletazo de salida en la conquista de cumbres importantes.
Época de expediciones
Así, de 1928 a 1945, fueron superadas la mayor parte de las cimas superiores a los 6.000 metros.
En ese contexto, el año 1928 los austriacos Erwin Hein, Alfred Horeschowsky y Hugo Hortnagel lograron ascender el Illampu (6.368) en compañía del alemán Hans Pfann.
Meses más tarde, varios países europeos comenzaron el asedio al pico norte del poderoso macizo. En gran medida, gracias al fomento y a los esfuerzos para abrir vías llevado a cabo por las sociedades geográficas de medio mundo. Éstas, mayormente, eran financiadas por letrados, mecenas salidos de la clase política latinoamericana.
En Bolivia, particularmente, por personalidades poderosas en función de gobierno, algunos iluminados, comerciantes adinerados, militares emprendedores y estadistas... Gente que tenía en común una especie de responsabilidad autoimpuesta por descubrir los rincones de la nación: cerros, llanos, desiertos, selvas, pampas, etc.
De esta manera, entre 1830 y 1920 varios presidentes contrataron botánicos, geógrafos, geólogos, exploradores y científicos, quienes lograron sentar las bases para las expediciones posteriores.
La década de los 20, por otra parte, también fue la época en la que aparecieron las primeras cartografías de la zona. En este sentido, hay que citar al cartógrafo Karl Troll como uno de los más destacados. Troll puso el nombre a muchos de los picos de la Cordillera Real en 1929. Asimismo, reubicó correctamente la posición geográfica de algunas de las montañas.
Con todo, pese a que la información sobre los diferentes cerros se iba completando, no fue hasta el año 1962 que se volvió a hollar con éxito el Chearoco, esta vez en su vertiente más oriental.
Diez años después, en 1973, una expedición alemana —OOAE 73— consiguió escalar el filo suroeste hasta alcanzar la cumbre mayor.
En 1978, mientras tanto, fue conquistado el primer espolón, situado en la pared oeste y visible desde la ruta clásica a la cumbre.
Esta vez los protagonistas de la hazaña fueron italianos: Giuseppe Ferrari, Angelo Cosimi Gelmi, Franco Gugiatti y Cosimo Zappelli.
Y ese mismo año, en mayo, Denis Levaillant y quien esto escribe llevaron a cabo una intensa y complicada exploración de la cara este, faz en forma de círculo con peligrosos ventisqueros. Con esta iniciativa, terminaron abriendo una nueva ruta de ascenso normal a la cumbre principal y otra de mayor dificultad por el pilar central.
Incursiones escasas
Hoy, sin embargo, el Chearoco sigue siendo una de las cumbres más olvidadas que hay en Bolivia, incluso entre los propios montañeros, que no la tienen, a pesar de su belleza, como una de sus preferencias. Por eso, quizá, las expediciones a la zona se limitan la mayor parte de las veces a rodear las faldas de este colosal macizo.
Pero los que se animan al ascenso tienen su merecido premio al llegar arriba. Allá, un universo más allá del manto de nubes, que queda a los pies de uno, se abre, generando el asombro en todos aquellos que logran conquistar la cumbre.
Intensísimos azules a lo largo de la mañana y violetas y rojos cuando cae la tarde colorean la escena. Y es entonces cuando uno se da cuenta de que, más allá del gas, la soya, el oro o la plata, las montañas son uno de los recursos más valiosos de los que disfruta Bolivia.