Los ocho países que forman la increíble cuenca del Amazonas han mandado a 45 jóvenes a recorrer el mismo camino que el descubridor Francisco de Orellana realizó en 1541 en busca de los tesoros de la región.
Texto: Jorge Soruco Fotos: Sergio Amaral
Cuando la luz del ocaso toca la cuenca del río Napo, corriente que une Ecuador y Perú con el Amazonas, se produce un espectáculo de inigualable belleza. Las aguas turbias adquieren brillantes reflejos plateados y el horizonte se tiñe de rojo y anaranjado.
Semejante escena no pasa desapercibida para los 45 muchachos, entre los 15 y los 22 años, que se encuentran en estos momentos en el comedor del flotel La Misión.
Distribuidos en grupos de cinco personas, los jóvenes actúan frente a una audiencia compuesta por periodistas, profesores y marineros. Las pequeñas puestas en escena tratan sobre animales, y muestran su aprendizaje en las clases durante su recorrido por la cuenca amazónica.
Los expedicionarios, pese a la diferencia de idiomas —español, portugués, inglés y francés— se las arreglaron para crear obras divertidas y coherentes. De paso, aprovechan ahora para reírse sanamente de los profesores y científicos que los guían desde el inicio de la ruta, la misma que cubrió Orellana en 1541.
Cinco alumnos de cada uno de los países que componen la increíble cuenca amazónica —Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Guyana, Surinam— y de Guyana Francesa, región invitada, participan en ella junto a otras 27 personas, entre profesores, científicos y periodistas, en un viaje que tendrá un mes de duración.
Con excepción de la pandina Lenny Giese Urresti, ninguno de los bolivianos estuvo antes en la Amazonía, ya sea porque nunca salieron de su ciudad natal, como Stefany Almanza Cadina, de Santa Cruz, o porque la cuenca se encuentra alejada tanto de los Yungas, donde habita Mariela Morillas Enríquez, de la casa en La Paz de Nadya Issavo y de Tarija, de donde es originario Gustavo Ibáñez.
La idea ahora es repetir el mismo recorrido realizado por el explorador Francisco de Orellana en su búsqueda, a lo largo del río Amazonas, de caminos que condujeran hacia el País de la Canela y El Dorado.
Para ello, la ruta cubrirá unos 5.000 kilómetros. Ya salió desde Quito y seguirá a la ciudad de Tena, el puerto Francisco de Orellana, Nuevo Rocafuerte (última parada en Ecuador), Cavo Pantoja (en Perú), Iquitos, Leticia y Tabatingas (en Colombia), Tefé, Manaus, Belén, Tucuruí y Brasilia, donde el presidente brasileño Lula Da Silva recibirá a los aventureros.
Escape tuvo la oportunidad de acompañar a los expedicionarios durante la etapa inicial del viaje, y ahora echa un vistazo hacia atrás para recuperar esos momentos.
Los primeros latidos El punto de partida es Quito. Fundada en 1531, esta mágica ciudad tiene una población de más de dos millones de personas. Es también Patrimonio de la Humanidad gracias, en parte, a su centro histórico, que todavía conserva en buen estado las estructuras coloniales y republicanas, uno de los principales atractivos turísticos de la urbe.
Alrededor de la Plaza de la Independencia se hallan ubicados los principales museos de la ciudad: el Museo del Banco Central, con sus obras de arte nativas, el Museo Metropolitano, donde silentes figuras de cera cuentan la historia de la ciudad, La Casa de Sucre, refugio de la mano derecha de Bolívar, y la Catedral. Allá, esculpido en una placa por orden de la Corona española cuando Orellana regresó de su viaje exploratorio, se aprecia: “Es gloria de Quito el descubrimiento del río Amazonas”.
Francisco de Orellana, original de Trujillo (España), fue compañero de los Pizarro. Junto con ellos participó en varios combates, tanto contra los nativos como en la guerra civil entre los conquistadores. En las batallas perdió un ojo. Y en 1541 partió por la famosa ruta que hoy lleva su nombre junto a Gonzalo Pizarro. Según las crónicas de la época, estaban acompañados de unos 200 españoles y 4.000 indígenas.
Su travesía duró un año, tras el cual el reducido grupo, atacado por las enfermedades, los animales salvajes y las etnias amazónicas, se trasladó mediante caballos y en precarias embarcaciones, cuyo motor eran los remos que empuñaban los propios expedicionarios.
Una expedición moderna Hoy, por suerte, los jóvenes de este viaje no tienen que empujar los remos, ya que para recorrer la Amazonía cuentan con autobuses, aviones y, para el tramo entre Ecuador y Colombia, con el hotel flotante La Misión Orellana. Esta nave mide 35 metros de largo, tiene tres pisos y la capacidad de alojar a 120 personas. Y recorre con calma las aguas del río Napo, a una velocidad máxima de unos 12 kilómetros por hora.
En su rutina diaria, entre tanto, los aventureros despiertan temprano —hacia las siete de la mañana— y pasan clases de materias como biodiversidad geología e historia la mayor parte del día. Mientras, avanzan hacia alguna de las poblaciones importantes de la mítica ruta, enclaves como Cavo Pantoja, en el Perú, o Tabatingas, ubicado en Colombia.
Luego, una vez que el barco atraca, los alumnos aprovechan para estirar las piernas y conversar con los pobladores de las orillas.
Es un buen momento, entonces, para aprender sobre las tradiciones de la zona, entre las que las danzas de los temibles guerreros shuar, que blanden sus lanzas afiladas al ritmo de tambores rituales, y los bailes de los quichuas, que muestran su relación intensa con la selva, captan todas las miradas en poblaciones situadas en las orillas del río Napo como Tena y Nuevo Rocafuerte.
En los tramos por tierra, en contraste, el frío se hace presente por la cercanía de las cumbres andinas.
Pero no hay entorno que supere al que domina en los ríos Coca y Napo, con islotes esmeralda y aguas de ligero color marrón que se torna en plateado con la luz del mediodía.
En sus orillas, sin embargo, junto a la exuberante vegetación también crece la pobreza. Así, cargando siempre con la responsabilidad de varios retoños, las familias sobrevive como pueden, sin tener muchas veces un pan para llevarse a la boca.
Sus construcciones, diseñadas para soportar la violencia de las aguas cuando el río se desborda, pero sin ningún tipo de confort y a las que no llegan ni los servicios básicos —electricidad y agua—, lo dicen todo por sí mismas. Son sólo un puñado de maderas y de hojas.
A su vera, el flotel se desliza lento, silencioso, esquivando troncos de tanto en cuando, producto de la tala ilegal para el tráfico.
En el barco, por su parte, los profesores tratan de concienciar a los jóvenes de la importancia de conservar todo aquello que les rodea.
Uno de ellos es Martín Bustamante, zoólogo de la Universidad Pontificia del Ecuador. Otro, José Álvarez Alonso, del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP). Y los dos ponen especial énfasis en la necesidad de trabajar por salvar la Amazonía.
No en vano, esta zona del planeta contiene el 20 por ciento de las reservas mundiales de agua dulce del mundo, libera oxígeno constantemente y genera corrientes de calor que templan el clima de la tierra.
También alberga árboles, mamíferos, aves reptiles y anfibios de todo tipo, una razón más para que la ruta de Orellana se vuelva a llenar de expedicionarios el año próximo.
Orellana
La expedición sigue la ruta que el capitán Francisco de Orellana tomó en 1541, cuando salió de Quito acompañado de su superior, Gonzalo Pizarro, con la única instrucción de encontrar los fabulosos países de La Canela y El Dorado. La aventura exploratoria de Orellana duró un año y estuvo plagada de infortunios para los aventureros españoles y sus colaboradores indígenas. Las enfermedades, principalmente la fiebre amarilla, hicieron estragos en la gente, mientras que las feroces tribus que vivían en la foresta amazónica atacaban día y noche a los intrusos. Así, la expedición se dividió debido a las dificultades del destacamento de Pizarro, quien tuvo que regresar a Lima. Orellana, entre tanto, siguió viaje hasta que encontró el río más caudaloso del mundo.
Objetivo del viaje
“Lo que se busca es lograr que la juventud tome conciencia de la amazonía, que los jóvenes conozcan una realidad que es parte de sus países y que debe ser protegida de la depredación”, analiza Rosalía Arteaga, que fue ex presidenta de Ecuador y ahora se desempeña como secretaria general de la Organización del Tratado de Cooperación del Amazonas (OTCA).
Para Arteaga, el estado de total abandono de la cuenca por parte de los ocho gobiernos involucrados, requiere de un arduo trabajo en el que es necesario la constante concienciación. “Los jóvenes son, en este sentido, el público ideal, ya que pueden conseguir mayor difusión y serán los líderes en el futuro”, sintetiza Arteaga. Para lograr efectos positivos cada vez mayores, se intentará que los viajes de la OTCA se repitan todos los años y que cuenten en cada edición con mayor participación.