La provocación es un método perverso para crispar los ánimos y pescar alguna ventaja en río revuelto. El procedimiento se está haciendo demasiado frecuente como para no imaginar que constituye una de las tácticas elegidas por ciertos políticos a quienes el poder les enceguece. Este es el caso de las declaraciones formuladas por la ministra de Gobierno, interina en Relaciones Exteriores cuando el titular de esta cartera estaba en Córdoba acompañando al Presidente de la República, y las ya repetidas del Ministro de Educación.
Dicha señora, al referirse a sus años de estudio en la capital chilena, acusó a los obispos católicos de aquel país de “cómo los obispos de la jerarquía de la Iglesia Católica daban su respaldo a quienes mataban y hacían desaparecer a la gente”. Se refería al sanguinario golpe de Estado dirigido por Augusto Pinochet en 1973. De inmediato, el presidente de la Conferencia Episcopal de Chile dio a conocer el correspondiente desmentido del que copio las líneas más significativas: “El pueblo de Chile y la comunidad internacional son testigos de la sacrificada labor de defensa y promoción de los derechos humanos que llevó a cabo la Iglesia en nuestro país”. Y cita algunos ejemplos, tales como el Comité Pro Paz, la Vicaría de la Solidaridad, y “su compromiso por los perseguidos”.
¿A qué viene entonces la desafortunada declaración de la señora ministra? ¿Habrá que pensar que está en consonancia con las desaforadas y repetidas expresiones que su colega el Ministro de Educación espetó hace poco frente a la pantalla de Tv y que todos pudimos ver, contra la enseñanza religiosa y acusando a los obispos de mentirosos? Estirando la deducción ¿será ésta la posición hostil a la Iglesia Católica, la que domina en todo el Gabinete? Prefiero pensar que los mencionados despropósitos de los dos ministros que parecen guardar incontenibles resentimientos contra la Iglesia Católica, son hechos aislados. Y que el Gobierno no desea desencadenar una guerra que no tendría nada de santa y sí de diabólica, como todas las guerras. Si se llegara al extremo de un recalentamiento del sentimiento cristiano de la mayoría ciudadanía, frente a la provocación de unos ministros —cosa que la Iglesia desea firmemente evitar— el pueblo boliviano, al que tantas veces recurre el Gobierno para encajarle lo que se decide en el circuito cerrado en Palacio, en algunos cenáculos bien controlados e incluso en grandes concentraciones oportunamente amaestradas, rechazaría con sobrada razón esta postura laicista intolerante, agresiva y provocadora de ciertas autoridades.
Los obispos han optado por una actitud serena y, a ser posible, conciliadora. Pero han dejado entender su desacuerdo con expresiones de unos ministros, tal como lo he reseñado más arriba. Estoy seguro de que la respuesta de los obispos será justa y ponderada. Pero no faltan buenos católicos que esperaron demasiado de este Gobierno y ahora se sienten burlados y, consiguientemente, pensarían en respuestas más enérgicas de parte de todo el pueblo católico. Jugar a la provocación sistemática conlleva encrespar pasiones que conviene mantener muy bien controladas. En buena ley, los ministros citados deberían excusarse.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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