Hace un mes, esta localidad celebró el año nuevo aymara. Lo curioso es que fue en la propiedad de una familia por decisión de la hoja de coca.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
La familia Santos descendió hacia la localidad de Pasto Grande desde las alturas en busca de sosiego. Lo hizo hace más de cincuenta años a través de los serpenteantes senderos precolombinos que llevan ya milenios conectando las increíbles cumbres nevadas paceñas con la vegetación subtropical de Yungas.
Sin embargo, su presencia en el corazón del municipio yungueño de Irupana se mantuvo en secreto hasta el año 2001, cuando fue descubierta por pura casualidad gracias a la sabiduría de la hoja de coca.
Entonces, un grupo de amautas dio con el refugio de los Santos mientras buscaba a través de la hoja ancestral una huaca —lugar sagrado— para celebrar el primer solsticio de invierno en los Yungas.
Desde ese día, y una vez al año, la pasividad se esfuma de las 229 hectáreas que pertenecen a la familia Santos. Y es que cada 21 de junio Pasto Grande, alimentado por las glorias pasadas de los tiwanakotas y los incas, se convierte en un espacio espiritual para las 22 comunidades que conforman el municipio, y que se reúnen allí para celebrar el Mara T\'aqa (ruptura de año, en aymara).
En esta oportunidad, el ritual aymara fue esperado con ansia, ya que el año pasado (el 5513 en el calendario aymara) no fue prolijo para los productores de café y coca.
Por eso, ocho amautas de distintos puntos del altiplano boliviano fueron convocados a Pasto Grande para apaciguar a los anchanchu —espíritus malignos—, atraer las buenas energías y asegurar que este 5514 traiga riqueza y abundancia a los habitantes de Sud Yungas.
Escondidos por la maleza
Asentado a unos 175 kilómetros de la ciudad de La Paz —a una hora y media de descenso desde el pueblo de Irupana—, Pasto Grande fue bastión agrícola del imperio tiwanakota primero y, posteriormente, del incaico. Esto debido a las fértiles tierras que se alzan en su seno y a la vasta irrigación de agua dulce que proviene de los deshielos de las lejanas cumbres.
De aquellas épocas, hoy todavía se conservan en los cerros grandes extensiones pobladas de terrazas —tacanas—, sostenidas por terraplenes donde los habitantes precolombinos produjeron, sobre todo, maíz, legumbres, coca y verduras.
Con todo, los vestigios prehispánicos que se hallan en Pasto Grande —a los que se suman, además, una veintena de caminos, espacios ceremoniales y habitacionales— fueron descubiertos casualmente. Fue en el año 1976, gracias al trabajo de una brigada de trabajadores de caminos de la ex Corporación de Desarrollo de La Paz (Cordepaz).
Aunque por aquella época los inquietos pasos de Carlos Santos Mazi habían transitado ya miles de veces estas imponentes ciudadelas precolombinas, en su mayoría devoradas por la maleza y el olvido.
Un centro místico
35.000 bolivianos fue el monto que Carlos Santos pagó hace más de medio siglo a la familia Cuevas por las 229 hectáreas que conforman ahora Pasto Grande, entonces habitado sólo por animales silvestres.
Cargado de sus nueve hijos y su esposa, Santos ocupó unos cuatro años de su vida en rehabilitar algunas de las tacanas tiwanakotas y refaccionar los seis kilómetros de acequias que hace milenios fueron utilizadas por sus antepasados para irrigar los sembradíos.
Santos recuerda que durante aquellos años muy poca gente se animó a internarse por esas tierras, debido a la creencia popular de que el lugar estaba encantado por la antigua presencia incaica.
Hoy, don Carlos —quien no habla castellano y bordea los cien años— continúa trabajando la tierra. Y por demás está decir que es la persona más longeva de los 25 habitantes que tiene Pasto Grande.
Y este año, todos ellos aunaron sus esfuerzos para despejar la yerba que se apoderó de la cancha, todo en preparación del Mara T\'aqa.
Para David Jiménez Paz, organizador de este evento, no existe mejor enclave para celebrar el año nuevo aymara que Pasto Grande, al que considera un centro místico cuya fuerza proviene del agua.
Rituales al rescate
Satiri Waqaychayiri es su nombre aymara, pero es más fácil llamarlo Manuel Alvarado Quispe. Integrante del Centro de Recuperación Oral en Historia Andina y Medicina Ancestral, Alvarado formó parte del equipo de amautas que se encargó de dirigir el Mara T\'aqa 5514.
La ceremonia se inició la noche del martes 20 de junio con una limpieza espiritual a los líderes de las comunidades del municipio de Irupana. El alcalde, Clemente Mamani, fue el primero en alimentar con las malas energías del año pasado al anchanchu. Y su brazo enyesado representó sólo una pequeña muestra de lo funesto que resultó el 5513.
“El año pasado no se celebró bien el Mara T\'aqa. Se dejó de lado la parte ritual para convertir la celebración en pura fiesta. Debido a ello, todo el municipio sufrió la sequía, que afectó la producción de café y quemó los almácigos de coca”, rememoraba un funcionario edil.
Por eso, en esta oportunidad los sacerdotes andinos buscaron recuperar las tradiciones y, de esta forma, “reordenar los espacios sagrados”.
A ese objetivo se sumó la policía sindical, encargada de hacer cumplir la “ley seca” impuesta para que la ceremonia no degenerara en una juerga general. Claro, difícil tarea cuando en cada uno de los puestos que se armaron alrededor de la cancha se ofrecía mucha cerveza.
A pesar de la tentación, los comunarios se entregaron con fe a los rituales, que continuaron el día siguiente con la espera de los primeros rayos del sol. Sin embargo, y a pesar de las ofrendas, una neblina evitó divisar la llegada del Tata Inti.
Este hecho, pese a todo, no opacó la celebración que minutos después se apoderó de la cancha de Pasto Grande. Allí, la moseñada de los prestes Cooperativa Minera 15 de Agosto y la saya de los negros de Coripata, entre otros, cautivaron a todos los presentes.
El evento, además, significó el final de uno de los rituales tradicionales: la wilancha —sacrificio de llamas—. Y es que “la macha mama ya no quiere esa ofrenda, ni que se le haga daño a las llamitas”, explicaba la amauta Emiliana Rojas.
Esta noticia alegró a Carlos Santos, quien hace unos años se convirtió a la religión evangélica.
Una huatia —comida cocida bajo la tierra— marcó el final de la celebración. Y, de a poco, los comunarios de Irupana devolvieron a los Santos a su rutinaria soledad.