Viven anclados en las aguas del lago sagrado y algunos tratan de hacerlo como antaño. Sin embargo, la llegada de la modernidad, con la energía solar y los teléfonos celulares, ha hecho que este pueblo originario se vea hoy invadido por el turismo.
Texto: Álex Ayala Ugarte Fotos: Javier Rodríguez G.
Nemesio, de 11 años, vende por las tardes postales a los turistas. En las mañanas, en cambio, asiste a la escuelita, ubicada en una de las más de 40 islas flotantes que se esparcen en torno a la localidad peruana de Puno, en el lago Titicaca. Allí, bajo un techo de calamina, entre paredes de color verde y sobre suelo de totora, asiste a clases sin tener que salir de su comunidad, el pueblo uro, cultura vinculada al agua desde tiempos ancestrales y que todavía se resiste a vivir en tierra.
Abraham Wilca, de 17, no tiene tanta suerte. Debido a que en las islas sólo se imparte educación primaria, debe remar en una barca todos los días casi una hora para asistir al colegio en Puno, donde entra en contacto con la modernidad, simbolizada por elementos como los celulares, las luces de neón y los café-internet.
Son dos caras de una misma moneda: la de aquellos que se aferran a un modo de vida que ya lleva vigente décadas; y la de los que, por necesidad o conveniencia, caen en las garras y las mañas de la gran ciudad.
Un mundo de totora
Las excursiones que realizan mañana y tarde las agencias de Puno hasta las islas son quizá la mejor manera de observar en qué medida se mantiene el equilibrio. Aunque no todas las familias permiten el acceso a los turistas, la mayoría no se hace problema en exhibir su identidad. Y actualmente hasta 25 plataformas aceptan las visitas.
Así, desde tempranas horas parten catamaranes desde el puerto. El trayecto hasta los primeros hogares flotantes no demora más de 30 minutos. El oleaje es escaso, pues se trata del lago menor del Titicaca, y los juncos de totora emergen del agua como si fueran pelos tiesos de color verde. El horizonte marca las referencias: a un lado, la tierra y Puno; y al otro, unas torretas que anuncian la presencia de islotes flotantes. Bajo el casco de la embarcación, sin embargo, un velo de óxido y aguas servidas revela la contaminación en el lago.
Varios barcos de totora, con cabezas de ídolo presidiendo sus proas, son la mejor bienvenida a los turistas, entre los que me hallo, grupos principalmente de europeos, israelíes, argentinos, asiáticos y peruanos.
Las excursiones oscilan entre los 20 y 25 soles, y dan derecho a visitar entre dos y tres islas durante tres horas.
La primera a la que arribamos es la Kontiki-San Miguel, hogar de Abraham Wilca. Allá, los pasos crujen y se hunden un poco en la totora flotante.
´Para construir una isla se tarda entre tres y cuatro meses. En la base, de metro y medio de espesor, van las raíces de la planta, y encima se colocan toneladas y toneladas de totora. Suelen tener de 15 a 30 años de vida´, explica Alfonso Huaraya, de 40 años.
Alfonso es guía desde hace más de 13 años, tiene la tez tostada por el implacable sol del altiplano y cubre su cabeza con un gorro de ´gringo´.
En contraste, la vestimenta de los uros es mucho más tradicional. Ellas lucen sombrero hongo, polleras rojas, trenzas al viento y chaquetas de colores vivos. Ellos, pantalón de bayeta del color de la tierra y camisas.
Pero hombres no hay muchos durante el día. La mayor parte trabaja en el pueblo, en la construcción, la hostelería o la venta ambulante. Hay incluso uros que ya duermen en tierra firme. ´Aunque son los menos — señala Huaraya—. Casi todos regresan a los islotes con las últimas luces´.
Hoy, pese a esta rutina, Leonardo Turani, de 26 años, no ha ido al hotel Libertad de Puno, donde se ocupa como cocinero. Está de vacaciones, y puede realizar otras actividades como la pesca y la caza de aves, que dieron de comer a los uros por años.
´Ahora, en vez de comerlas, las aves —ibis y gaviotas fundamentalmente— las disecamos para vendérselas a los turistas´, reconoce.
El peso de la modernidad
No por nada, el principal ingreso de este pueblo originario viene en estos momentos de manos de las visitas, a quienes ofrecen, sobre todo, artesanías, que exponen en aguayos multicolor muy bien cuidados.
Tras sus improvisados tenderetes, con vasijas, collares de cuentas que brillan con el sol y chompas de la mejor lana, se alzan sus casas, unas estructuras alargadas o circulares hechas también a base de totora.
Por fuera, estas construcciones no se diferencian en nada de las que poblaban las islas hace 100 años. Por dentro, sin embargo, ya se deja notar el peso de la modernidad, y paneles solares regalados por el gobierno de Fujimori dan vida a aparatos de música, viejas televisiones y focos de escasa potencia.
Así, enfrascada entre cuatro paredes, Lina Koyla, de 21 años y pollera colorada, mira ahora Tom y Jerry en la televisión. Varias imágenes de santos, algunas velas, una radio antigua, una estera y montones de ropa completan la escena.
Aunque no todos los islotes gozan de energía eléctrica, cada vez son más las que se unen a los vientos de cambio, que amenazan con sepultar su tradicional forma de vida.
Por eso, son frecuentes las imágenes que retratan a la perfección el pulso entre el pasado y el presente. Frente a la casa de la muchacha, por ejemplo, una mujer cocina en una vieja hornilla negra alimentada con el mismo junco que se enlaza debajo de sus pies mientras otra, animada, conversa a través de un teléfono celular. Incluso Lina, sin ir más lejos, ya maneja hasta dirección de correo electrónico en Puno.
Con todo, según Alfonso Huaraya, el guía, esto no ocurre desde hace mucho tiempo. ´Debe ser desde hace sólo unos siete años´, calcula.
Pérdida de identidad
Para muchos uros, estos cambios han traído prosperidad. Y Toranipata, el islote artificial más grande de todos —anclado como los demás al lago con cuerdas atadas a postes de madera—, es un reflejo de las comodidades. En sus más de 80 metros de diámetro, se alzan una hospedería, una oficina postal, un teléfono público y un almacén donde se puede hallar cerveza y hasta Coca-Cola. Y muy cerca, la escuelita de enseñanza primaria y una posta médica.
Según Huaraya, gracias a esto hoy los uros pueden tratar más fácilmente algunas enfermedades que antes combatían únicamente con yerbas naturales. ´Es el caso del reumatismo, que se debe a las bajas temperaturas del Titicaca, que en invierno alcanzan incluso los 15 grados bajo cero´, explica.
Toranipata, por otro lado, es también una especie de centro administrativo. ´Las islas funcionan igual que un distrito. Y su alcalde es elegido por voto democrático´, aclara.
Pero cuando llegamos a esta isla, los techos de calamina y los carteles que anuncian que se vende Coca-Cola son una señal inequívoca de la pérdida de identidad.
No en vano, con los años y con las uniones matrimoniales entre uros y aymaras, los primeros terminaron por adoptar el idioma de estos últimos. Y la mezcla ha llegado también a lo religioso, donde se combinan las creencias católicas con las indígenas, hasta el extremo de que, a pesar de ser una cultura eminentemente acuática, los uros entierran a sus muertos en tierra.
Sobre los primeros uros
Una anciana sentada sobre la totora, machacando grano con un enorme batán de piedra, invita a pensar todo lo contrario. Así, sus manos arrugadas y su torso encogido recuerdan que hay ciertas costumbres que no se han perdido, todavía, como la de beber el agua directamente del lago, comer algunas partes del junco sobre el que se asientan y hacer las necesidades en islas ya abandonadas, que sólo están cumpliendo funciones de aseo.
Y es que pese al sombrero, que proyecta su sombra hasta los ojos, y la pollera —símbolos del mestizaje—, sus arrugas parecen retornar a la época de sus ancestros.
Según las teorías más consistentes, los uros son originarios de un pueblo de cazadores y recolectores de la amazonía. Remontando los ríos, llegaron hasta la selva alta y la cordillera de Carabaya, para más tarde desplazarse por el altiplano hasta terminar en las inmediaciones del mítico lago sagrado.
Allí, vivieron al principio en viviendas construidas en las orillas de los ríos y lagunas, pero pronto se vieron obligados a mudarse a las islas flotantes por la presión beligerante de los quechuas y aymaras, al comienzo, y los incas después.
Sin tierras para la agricultura ni ganado, basaron su subsistencia en la caza, para la que utilizaban boleadoras de madera, la pesca con lanza y las relaciones de intercambio de alimentos —casi siempre de forma desfavorable— con los mismos pueblos que querían someterlos.
Con la llegada de la Colonia, las cosas no cambiaron, más bien empeoraron. Los uros debían pagar cada año dos pesos de plata al rey de España por la cantidad de pescado que sacaban y se les obligó, además, a tejer prendas de alpaca, renunciar a su idioma y a vivir en tierra firme para su cristianización.
Esto provocó sublevaciones y muertos en 1632, 1673 y 1676, pues los españoles disparaban a los rebeldes en barca desde los totorales.
No fue hasta 1975 que su territorio se vio reconocido legalmente. Y desde 1986 es que están asentados en nuevas islas, a pocos kilómetros de Puno. Los que no viven en ellas —el 15 por ciento del total—, mientras tanto, radican en Chulluni, población uro donde se levantan la capilla y el cementerio, o en Puno.
Ante un futuro incierto
´¡Compra amigo! ¡Llévese amigo! En otra de las islas, Hermelinda Quispe, de 9 años, lindas trenzas azabaches, ojos achinados y la sonrisa con un halo permante de ternura, trata de vendernos uno de sus dibujos. En su isla habitan nada más que tres familias, y una de ellas, la suya, pasa ya todas noches en Chulluni.
A su vera, una mujer ofrece marionetas de lana para los dedos y trabajos artesanales. Y un poco más atrás unos turistas japoneses se hacen una fotografía montados sobre una embarcación de totora.
Salta a la vista, que éste es uno de los islotes que se dedica íntegramente al turismo, del que obtiene casi todos sus ingresos. Sólo hay mujeres, niños y ancianos y no se atisba movimiento alguno que muestre una actividad tradicional.
Es más, frases escuetas pronunciadas en un torpe inglés denotan que los esfuerzos están ahora enfocados a atender a quienes los visitan, y a recoger luego sus propinas.
Así, en el camino de regreso, uno se pregunta hasta cuándo sobrevivirán las tradiciones. ¿Qué pasará con Abraham Wilca cuando termine la secundaria? ¿Se quedará o abandonará la comunidad? Cada vez son más los catamaranes que ingresan al complejo de islas y menos aquellas ajenas a las visitas, y fieles a la pesca y caza ancestrales.
Un pasillo de juncos totora escolta nuestro paseo hacia Puno. La planta brilla con el sol, cuyo reflejo dibuja claroscuros sobre las aguas.
A lo lejos, rigen los colores del altiplano: ocre y parduzco en las orillas, amarillo en las islas de totora y verdes y rojos en chaquetas y polleras.
Poco a poco, las islotes se van perdiendo de vista y se impone una línea borrosa en el horizonte. Sólo las torretas, que antaño hacían funciones de vigilancia, dan cuenta de la presencia de los uros. Y el lago queda sumido en un manto de silencio.
En su refugio de totora, entre tanto, Nemesio se alista para acostarse. A las 19.00 se va la luz, penetra el frío y la vida se apaga en el territorio uro.