Con frecuencia los asuntos exteriores sirven para criticar a un Gobierno. Es una forma de oposición. Un ejemplo: el asunto marítimo usado para inflamar pasiones y no para encontrar soluciones sensatas. Sin embargo, hay que correr con ese riesgo, porque callar ahora sería una inconciencia ante las deficiencias de la actual acción internacional de la República. Es que las contradicciones y el doble discurso en esta importante materia, demuestran que la acción internacional que se ejercita es errática, provocadora, estridente y, seguramente, improductiva.
La prudencia y la sensatez en la conducción y ejecución de la política exterior son signos de seriedad que concitan respeto en el ámbito internacional. Infortunadamente, este no es el caso de la actual conducción, cuyas acciones, declaraciones torpes y alusiones a países con los que se tienen relaciones normales no son nada constructivas. Desatar duelos verbales o mostrar animosidad hacia países tradicionalmente amigos es una equivocación —por decir lo menos— que alejará la posibilidad de entendimientos alentadores.
La concertación es un objetivo de la política internacional. Por ello, habrá que insistir: la estridencia denota una peligrosa falta de visión. Ya se tuvo un ejemplo de agresividad inconducente en las confrontaciones verbales en la Cumbre de Monterrey. La estridencia, que ojalá que no se repita, cierra puertas y posibilidades de acuerdos futuros.
La actual animosidad provocadora parece orientada a afianzar alineamientos en una confrontación que no es nuestra. Se está pretendiendo firmeza con la adhesión incondicional a un proyecto político radical promovido desde fuera de las fronteras y, consecuentemente, alejado del interés de la nación.
Y, créase o no, en estas condiciones se pretende negociar una prórroga de la concesión de beneficios comerciales, pero con simultáneos ataques verbales para ganar una competencia entre los radicales que abrigan pretenciosos afanes de liderazgo regional. Esto es pedir y, al mismo tiempo, atacar al país al que se solicita la concesión en un trato comercial bilateral. Probablemente, el resultado será el fracaso y la decepción.
Por otra parte, algún negociador cree que se oculta la animosidad con el simplismo de afirmar que el país denostado es nuestro “aliado estratégico”, puesto que al mismo tiempo, en un alarde de ambivalencia y contradicción, se participa activamente en otros escenarios promovidos por el radicalismo donde se ataca y acusa con el solo argumento de la animosidad.
En el esfuerzo por salir de la dependencia son innecesarios los enfrentamientos. Se requiere, más bien, opciones nacionales viables, planes económicos y sociales serios y trabajo denodado para alcanzar la satisfacción de las exigencias de la nación que se representa y se quiere servir.
La proclama de que se lucha contra la pobreza, creando empleos y con metas concretas para lograr la paz social, la libertad y la justicia, sin la acción consecuente, no tiene futuro. Con estas proclamas no se hace política exterior. Tampoco se la hace con discursos para recibir el aplauso fácil o para satisfacer otros intereses; estos discursos, al fin, quedarán como expresión de la demagogia.
*Marcelo Ostria es abogado y diplomático.
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