En el Perú y en Bolivia, como en Colombia, pero en singular, el calzón es para las mujeres y el calzoncillo para los hombres. Y hay algo que se llama “el bividí” (BVD) y tapa lo de arriba. Cierta amiga colombiana recién llegada a España acudió al ginecólogo, y la enfermera le indicó, antes de retirarse momentáneamente, que se desvistiera. Mi amiga quedó apenas en ropa interior y unas fieras botas con siete nudos ciegos. Regresó la enfermera y ordenó: “El doctor ya viene, señora; quítese las bragas y recuéstese en la camilla”.
Mi amiga hizo lo que entendió: con colosal trabajo desamarró las botas montaraces y al entrar de nuevo la enfermera la halló descalza y en sostén y calzones.
— Señora: ¿no me ha oído que se despoje de las bragas?
“Fue una humillación —me contaba mi amiga—. Nunca me imaginé que una prenda íntima tan delicada llevara en España un nombre tan basto”.
Pues sí, lo lleva; bragas son, en esta noble tierra, lo que en Colombia llamamos calzones (en plural), o, con un toque entre cursi y tierno, cucos. La anécdota me ha conducido a hondas meditaciones sobre los términos con que los hispanohablantes denominamos a la ropa íntima. Una prenda genérica para cubrir la cabeza será sombrero en todos los confines de España e Hispanoamérica. Y si quieres protegerte los pies, generalmente bastará con pedir zapatos. Ocurre más o menos igual con los demás elementos del guardarropa: guantes son guantes, camisa es camisa y corbata es corbata.
En cambio, si se trata de cubrir lo de en medio, el diccionario se dispara. Hace unos meses descubrí, por ejemplo, que chilenos y chilenas usan nuestra ropa íntima al revés. Alguien planteó en tiempo electoral que las urnas determinarían si el próximo presidente “tiene calzoncillos o calzones”. Yo, que soy hincha de Michelle Bachelet, habría votado por los calzones, imaginando que las chilenas usan el mismo código que las colombianas. Pues no. Al ganar Bachelet ganaron los calzoncillos, que es lo que se ponen las mujeres en Chile y los hombres en Colombia. Chilenos y colombianas se cubren con calzones.
Pero a la hora de cantar, chilenas y chilenos se lanzan a las cuecas. Es lo mismo que hacen los varones brasileños después de bañarse y echarse talco, porque en Brasil la intimidad del hombre está protegida por cuecas y la de la mujer por calçinhas. Ya sabe el turista a quien una brasileña le pida las cuecas: nada de “Cuando pa’ Chile me voy, cruzando la cordillera”. Lo que quiere es algo más interesante.
Las palabras que nombran la ropa íntima merecen respeto. Por eso me indigna que los cucos de las argentinas se llamen bombachas. Parece apodo de payaso. Adoro a las argentinas, pero no me imagino pidiéndole a una de ellas, sin que me acometa un ataque de risa:
— Quítate las bombachas, nena.
Algo peor ocurre con las venezolanas, que los denominan “pantaletas”. En el mejor de los casos suena a prenda infantil; en el peor, a acceso de histeria.
Andando por América, supe que las mexicanas usan chones y los mexicanos, trusa; en Paraguay el hombre gasta malla y la mujer, bikini, aunque el bikini no sea más que lo de abajo. En el Perú y en Bolivia, como en Colombia, pero en singular, el calzón es para las mujeres y el calzoncillo para los hombres. Y hay algo que se llama “el bividí” (BVD) y tapa lo de arriba.
Calzoncillos, cucos, bombachas, pantaletas, chones, bragas, calzones: de todo hay en la deliciosa viña íntima femenina. Y aunque algunas palabras suenan mejor que otras, yo rogaría a mis paisanos de lengua que nunca, pero nunca-nunca, incurramos en el desafuero de uniformarlas todas con el soso, intonso y bobísimo “panti”.
*Daniel Samper P. es periodista
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