Si en el Gobierno hubiera una voz serena y entendida que oficiara de comunicador con el suficiente peso, muchos de los problemas que hoy existen, que perturban y desorientan a la opinión pública, se habrían superado. O por el contrario se habrían ahondado más, pero de una vez por todas. Finalmente, hay que decir la verdad de lo que se piensa. No se puede seguir con este juego de la ruleta verbal donde todos declaran lo que les parece, jugando a pleno, par o impar, negro o rojo, de un día para otro y sin siquiera sentarse a negociar con empresas que no saben qué hacer. Es mucho el desmadre al que estamos sometidos y todo porque el Presidente declara una cosa, su ministro otra, y el superintendente lo que cree.
La situación con los EEUU es patética. Son relaciones que dependen de la bilis de S.E. o de sus amigos Chávez y Fidel. Un día se maldice al imperialismo y hasta al propio Bush y al siguiente hay que echar bálsamo a cuatro manos para curar la herida producida. No sólo se blasfema contra el TLC sino que se tiene la osadía de denostar contra el Mandatario de un país vecino que suscribe el Tratado, todo para después tener que doblar la cerviz y comerse sus palabras. Se envía a Washington al Vicepresidente para que mendigue una prorroguita con congresistas norteamericanos sobre el APTDEA, mientras que desde la testera del Mercosur S.E. lanza invectivas contra el Imperio, casualmente en presencia de Chávez y de Castro. Claro que después EEUU se molesta y el Vice tiene que contarnos cuentos chinos. Bolivia se ha convertido en la chica malcriada que chilla y fastidia hasta que le dan un cocacho.
S.E. no hace sino ponderar la democracia, alabar lo que parirá la Constituyente, hablar de seguridad jurídica a las inversiones, jurar que no habrá avasallamientos a la tierras, pero tiene un discurso para cada región. Entonces se produce el corto circuito porque sus ministros le creen y repiten lo que él dice, pero las regiones no. Las regiones —sobre todo del oriente— ya no le creen nada.
El Ministro de Educación pensó que tenía el total apoyo de S.E. y se lanzó al ataque, lanza en ristre, contra la Iglesia. Creía interpretar lo que había escuchado desde hacía años. Sin embargo, de sopetón, el Jefe declaró que su ilusión era casarse algún día con la bendición de la Iglesia. Patzi quedó patitieso. Todos nos dimos cuenta de que eso era una ironía aymara, sorna pura, cachondeo, pero el señor Patzi no sabe hasta hoy si el Presidente está o no está de acuerdo con el asunto de la enseñanza religiosa.
Lo mismo está sucediendo con el tema de la nacionalización de los hidrocarburos y la renovación de los contratos. Hasta con ciertas picardías que parecen haber aflorado en YPFB donde todos están asustados. Un día S.E. dice que se le va a vender gas a Chile, pero su ministro de Energía dice que no, que tal vez sólo electricidad. Y resulta que Chile les dice a ambos que no se preocupen, que no quieren nada de Bolivia: ni gas ni electricidad. ¿Para qué tanto embrollo? Y con Brasil la jugarreta es de no creer. Al extremo que el presidente Lula ya no quiere ni hablar de esto con S.E. y lo deriva donde debe derivarlo: a los técnicos. Pero, cabreado, se excusa de venir a Bolivia. Resulta que aquí nadie quiere hablar con Petrobras ni con ninguna empresa petrolera, porque no saben qué decirles. Prefieren enviar auditores.
Hace algunas horas S.E. le ha asegurado a la Vicepresidenta española, que trajo donaciones y condonaciones a montones, que nada se va a expropiar ni a nadie se va a expulsar de Bolivia. ¿Pero qué dijo hace un mes don Soliz Rada? ¿No dijo que se irían todos los que no marcharan al son de su banda? Pues bien, S.E. ha prometido que habrá seguridad jurídica a las inversiones españolas. Eso supone que a las demás también. Que así sea.
Santa Cruz, decepcionada, ya le ha tomado el pulso a S.E. Recién se ha dado cuenta de cómo va la movida: de lo que diga hay que creerle poco, y de ese poco la mitad. A esa conclusión se ha llegado.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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