Desde una travesía por las aguas del lago Titicaca hasta el peligroso descenso por los Yungas, recorrer sus rincones es toda una aventura.
Texto: Redacción Fotos: Archivo
La más famosa vía de Bolivia, por peligrosa y por su serpenteante trazado, es la que une a la ciudad de La Paz y las alturas de la cumbre con los Yungas, de camino hacia los llanos del oriente. Y no por nada es conocida como la carretera de la muerte.
Es tan estrecha que, cuando dos movilidades se cruzan, aquella que desciende se debe hacer a la izquierda e incluso retroceder para dejar paso a la que asciende.
Aunque todo se perdona ante el paisaje que se dibuja en torno a sus interminables barrancos, que ha hecho de este destino uno de los preferidos por el turismo nacional.
Los Yungas, además, son algo más que un simple camino. Así, pueblos sumamente entrañables como Coroico, Chicaloma, Ocobaya o Chulumani contagian su calma a aquellos que los visitan, lo que hace del lugar un entorno ideal para las caminatas. Las más famosas son la del Camino del Inca y la del Choro, pues alternan sus incursiones al lado de cerros milenarios con el cruce de ríos y el contacto directo con la vegetación y algunas zonas casi vírgenes. Saliendo de La Paz, en completar un circuito a paso ágil uno llega a demorar entre tres y cinco días.
La mística de Apolobamba Si Yungas representa una de las partes más salvajes y ricas en cuanto a biodiversidad del departamento, Apolobamba, unos 283 kilómetros al norte de la capital, simboliza la mística, el sortilegio.
Esta es tierra de cerros que se funden con la línea del horizonte, de mantos de escarcha por las mañanas y nubes de estrellas por las noches que pareciera que pueden tocarse los dedos. También es cuna de los kallawayas, famosos médicos naturistas viajeros de Bolivia reconocidos en todo el continente.
Allá, en su refugio, las terrazas de cultivo lucen escalonadas en los cerros, como legado de las culturas que antaño habitaron la zona. Y los habitantes de esta región, de pueblos como Curva y Charazani, que viven casi anclados en los tiempos pasados, se diferencian entre sí por los intensos colores de sus trajes, la forma y el tamaño de sus lluch’us y el sonido de sus instrumentos autóctonos: pífanos, tarkas y quenas que sumen a quien los escucha en una atmósfera de recogimiento.
Lugares sagrados Con todo, es el lago Titicaca el que se lleva la mayor parte de los elogios que recibe el departamento. Situado a 3.810 metros y con una superficie total de 8.300 kilómetros cuadrados, modera las temperaturas y humedece la atmósfera facilitando la agricultura.
Y es un espacio lleno de leyendas. La más famosa cuenta que Tunupa, creador del cielo, la tierra, la luz, la luna y las estrellas, en un ataque de furia envió un diluvio al mundo que duró sesenta días con sus noches, y fue en el lago Titicaca donde se apaciguó su ira y volvieron entonces las primeras luces.
Hoy, como recuerdo de las historias que se siguen transmitiendo de generación en generación, se alzan formaciones como la Horca del Inca y las ruinas en la Isla del Sol.
Pero si de vestigios arqueológicos se trata, el complejo ceremonial de Tiwanaku es el que atrae más visitantes en la franja andina.
Con el célebre monolito Bennett como ícono, los restos de la cultura tiwanakota, que mantuvo su hegemonía hasta principios del siglo XII, siguen presentes en un espacio en el que destacan la Pirámide de Akapana —que recién está siendo descubierta al público—, el Templo de Kalasasaya, la Puerta del Sol, el Templete Semisubterráneo y las distintas estelas líticas.
Los cerros sagrados de La Paz son constante referencia para la gente.
El templo de chirca
Cada 30 de agosto, la Virgen de la Natividad abandona su urna. Es el único día en que la patrona de Chirca, localidad yungueña próxima a Chulumani, sale a pasear por todo el pueblo, que se encuentra lleno para esa fecha. No en vano, Chirca es considerado como el segundo santuario en importancia de La Paz después del de Copacabana. Tallada en un árbol de cerezo, de la imagen se dice que es milagrosa y que puede curar enfermedades. Pero, por otro lado, también se cuenta que es vengativa con aquellos oscuros de corazón. Para visitar el templo, todos los años una comitiva parte desde La Paz en peregrinación.
La Paz de Jaime Sáenz
Si hay una persona que estuvo vinculada en todos los sentidos a la ciudad de La Paz, ese fue el escritor Jaime Sáenz. Vestido con su saco de aparapita, tocado con una barba que le daba un aspecto de profeta y acostumbrado a recorrer la hoyada sólo de noche, el autor, nacido en 1921, es reconocido hoy día como uno de los más grandes escritores que ha dado Bolivia. Entre sus obras más famosas están la novela Felipe Delgado, La piedra imán, Imágenes paceñas, Los cuartos y Vidas y muertes. La Paz siempre fue su espacio vital y el escenario donde se desarrolla toda su obra. Murió por su mal estado de salud en 1986.