No había más remedio que resignarse a que la Asamblea Constituyente se pusiera en marcha. Así como se dice que una golondrina no hace verano, así nos quedamos solos advirtiendo que la Constituyente va a ser cualquier cosa, menos una Asamblea donde se destaque el conocimiento del país y brille el talento y el patriotismo. Con perdón de algunos pocos asambleístas que deben ser de valía, la Constituyente, aquella que redactará una nueva Carta Magna, está conformada por pastores y cocaleros. ¿Qué se puede esperar? Sólo griterío de mercado y matadero, y al final, que se imponga la consigna que señale el Gobierno si alcanza los dos tercios.
Eso de que la Constituyente fue exigida por unos indios del oriente boliviano que marcharon hacia La Paz está bueno para propaganda pero para nada más. La Constituyente se la impuso tratando de remedar a lo que hizo Chávez en Venezuela, que, a mediano plazo, ya le ha dado un poder inmenso. Antes Mesa se refirió al tema pero no debería extrañarnos. Lo importante es que Evo Morales se enamoró del proyecto porque su contenido político es incontrastable y porque se convierte en un garrote robusto en sus manos.
Si una golondrina no hace verano, un pájaro de mal agüero tampoco puede cambiar el destino de una Constituyente. Pero el mal agüero nos dice que en estas deliberaciones forzadas vamos camino de la desintegración nacional. La Asamblea no es otra cosa que mezclar agua con aceite, loros con canarios, porque al no haberse acordado previamente aspectos esenciales, se está yendo a un enfrentamiento que ya lo veremos pronto, donde al Gobierno no le va a quedar otro remedio que promover las vigilias y cercos de indígenas en torno al teatro Gran Mariscal. Sólo así, con amenazas, intentarán aprobar una Constitución a la medida de sus deseos.
Es significativo que aparentemente sólo uno de los presidentes invitados a la inauguración de la Asamblea haya confirmado su presencia, por lo menos hasta el momento en que escribimos esta nota. Se dice que sólo vendría Chávez. Pero no estarán ni Lula —con sobradas razones—, ni Kirchner, ni la señora Bachelet, ni Duarte, ni Palacio, ni Tabaré. Lo que son Uribe y Alan García no habrían llegado hasta Sucre ni maniatados. Eso da una pauta de que el folklore está empezando a disgustar a los vecinos y que ya están pasando de moda las chompas a rayas, los charangos, los aptapis, las milluchadas de coca quemada, y los largos y lastimeros discursos sobre los 500 años de esclavitud, que no son una novedad en las naciones latinoamericanas.
Habrá que ver cómo funcionan de manera paralela el Congreso y la Constituyente. Habrá que ver qué hará el Congreso para aprobar una ley sin fijarse qué pasa en el otro lado. Qué lástima que, como en 1967, el Congreso no funcionara también como Constituyente.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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