“Por primera vez en la historia de Bolivia, las FFAA y los pueblos originarios marchan unidos”, repetían machaconamente los periodistas impresionados por el paso de columnas de pueblos indígenas al son de las marchas militares este 6 de agosto. La culta, la blanca, la sangre azul Sucre se vistió de indio. Ahora bien, ¿es cierto que es la primera vez en nuestra historia que se observa indios desfilando con militares a su lado? Pues no, lo visto este fin de semana es la versión actualizada, rebosada, una especie de reposición de King Kong a lo moderno, de escenas repetidas al cansancio durante el gobierno del general Barrientos (1964) y en los sucesivos regímenes militares hasta finales de los setenta.
Gregorio Iriarte relata en “Sindicalismo Campesino” (Cipca, 1980) para instaurar el Pacto Militar-Campesino, Barrientos “empezó a dar ventajas a los dirigentes que le eran dóciles, nombrándoles diputados y senadores, dándoles beneficios económicos, o hasta siendo padrino de sus hijos (...) procuró hacerse popular en el campo viajando en helicóptero a muchísimos lugares hablando quechua, mezclándose con la gente, bailando con las cholitas o sirviéndose picante con todos y haciendo pequeños regalos de calamina, material escolar o camisetas de fútbol”. De esta forma se hizo nombrar “líder máximo del campesinado”, en desfiles, concentraciones y marchas a su favor.
Iriarte señala que Barrientos fue nefasto para el sindicalismo campesino porque logró destruirlo, era lo que querían los gobernantes: que los campesinos tuvieran organizaciones débiles y en cambio dependieran en todo del Gobierno.
Y así fue, del pongueaje civil al que los sometió el MNR, los campesinos y sus organizaciones pasaron al pongueaje militar se instauró un neo-paternalismo: dirigentes y bases rurales estaban al servicio de los gobernantes de turno, cooptados y utilizados como ovejas para llenar concentraciones y de carnes de cañón para amedrentar a los mineros revoltosos.
Así como el MNR y los militares manipularon al campesinado en contra de los mineros y de todos aquellos que se oponían a los gobiernos de turno, esperemos que este endiosamiento indígena por parte del MAS no sea para enfrentarnos entre bolivianos.
Los constituyentes en Chuquisaca nos dirán si las masas indígenas están para decir presente o para convertirse en una fuerza de choque para que se haga lo que el poder central designe a favor de un nuevo totalitarismo y no lo que los constituyentes crean. Si el actual gobierno sigue los nefastos pasos del pongueaje civil y militar de los campesinos, confiemos en que desde el mismo seno de los indígenas emerjan voces de libertad y democratización de sus organizaciones en contra del dominio gubernamental como lo hizo el líder originario Genaro Flores que acabó con el pacto y creó la CSUTCB en 1979.
*Iván Arias D. es experto en descentralización y pueblos indígenas.
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