Siento pena del viejo reloj de Taipichullo. La esfera, ya dañada, mostraba la vejez lúcida, irónica de quien ha dado muchas vueltas, señalado muchas mediasnoches... Se lo cargó al paso un ratero que buscaba un televisor, ignorante de su prosapia, descendía de grandes relojeros franceses del siglo XIX. Lo rescaté de un mercado de pulgas en Ginebra, tirado por el suelo en un puesto de un comerciante de viejo. Estaba lleno de polvo y grasa seca, iba a ser canibalizado para piezas de repuesto. Me costó mucho limpiarlo y ponerlo en marcha. Mi reloj, hecho alrededor de 1850, sobrevivió a la Guerra franco–prusiana, a las dos guerras mundiales, marcando con su tic-tac cansino los momentos de alegría y de tristeza de varias familias, ahora pasaba sus últimos días sin muchas exigencias de exactitud en Taipichullo.
Medir el tiempo fue una preocupación de todas las civilizaciones que así se dieron cuenta que eran mortales. Los hombres desplegaron enorme ingenio para desarrollar las formas de calcularlo. En el Occidente cristiano el tiempo de la oración señaló el de los quehaceres cotidianos con nombres que evocan la edad de la fe: Prima, el oficio matinal, tercia, sexta y nona, las horas menores durante el día, las vísperas al ponerse el sol, los maitines al romper el nuevo día. Poco a poco se desarrollaron los relojes mecánicos, se inventó el péndulo, luego vinieron los de bolsillo y de muñeca, hoy los de pila. Los mecanismos ejercieron una atracción permanente sobre las personas, legos y especialistas. Pero no sólo los engranajes en movimiento, la incesante oscilación del péndulo, que tiene algo de mágico
seduce, sino también el destello existencial que éstos provocan, agudizando la conciencia del correr del tiempo y de la vida, de sus posibilidades de realización y de su término. Una cualidad exclusiva de la existencia humana. Los dioses no existen, dijo Kierkegaard, porque son eternos. Los animales tampoco porque aunque están en el tiempo no lo saben. Esta reflexión puede llevar lejos, a comprender el ser, la existencia, por el tiempo, como planteó Heidegger.
De pronto el robo de mi viejo reloj, con su péndulo postizo, adquiere resonancias metafísicas, pero el giro diario de las manecillas no deja de llamarlas. El poeta belga E. Verhaerer expresó la misma preocupación: “Los relojes voluntarios vigilantes, parecidos a viejos sirvientes… cuando los interrogo encierran mi temor en su compás”. También el cine. Los fieles apasionados no olvidan un film clásico donde el actor colgado de las agujas del Big Beng trataba desesperadamente de impedir su avance para evitar un atentado. Parecida escena, en otro registro, la hicieron algunos cómicos tal Harold Lloyd. Pero unas y otras, más allá de su función argumental, recuerdan el tema de la imposibilidad de detener el tiempo, que en el estilo de bolero se canta: “Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer. Ella se irá…”.
Los relojes me fascinaron desde niño, destripé más de uno para ver el áncora en funcionamiento. Pero realmente me entusiasmé por los de péndulo, franceses, empacados en pesadas cajas de mármol negro, avivadas con ribetes o engastes de piedras de color y decorados con finas filigranas. Los perseguí por todas las tiendas de viejo, mercados de pulgas de las ciudades por donde pasé, al punto que mis hijos me creyeron afectado de una monomanía suave, a un paso de la chochera declarada.
Este tipo de reloj se comenzó a fabricar a principios del siglo XIX, con métodos que anticipaban la producción en serie y concluyó en los años 40 del siglo siguiente con modelos presentados en cajas de mármoles claros y de líneas Art-deco. Una gran parte siguió el estilo Napoleón III, de ahí que con frecuencia se los conoce bajo ese nombre o más propiamente como adornos de chimenea porque constituyeron el remate de esa pieza, acompañados de un par de candelabros, de floreros o de copas para vaciar los bolsillos. El de Taipichullo ya no tenía ni caja de origen ni acompañantes.
Por su calidad fueron máquinas extraordinarias, basta una limpieza para que vuelvan a marchar, además de encontrar la maña escondida que la mayoría tiene. Las manufacturas ubicadas en Saint Nicolas d´Ailermont, Beaucourt y Badeval, Montbéliard, próximas a la frontera suiza, no tuvieron competidor en ningún país. Los modelos Napoleón III campearon soberbios, revestidos de negro, en los salones victorianos señalando el tea-time a los sujetos de su Majestad Británica, que estuvieron entre sus grandes compradores, si bien se vendieron por todas partes, incluido Bolivia, donde llegaron algunos. El excesivo peso dificultaba el transporte. Los alemanes y americanos intentaron en vano imitarlo, sus piezas fueron de inferior factura. Ansonia Clock, Waterbury en Estados Unidos copiaron el estilo en planchas de hierro enlozado, pero el producto no vale el precio.
Las fábricas más famosas de Francia, algunas de ellas en actividad hasta mediados del pasado siglo, fueron: Japy y Hnos, Marti y Co, Croutte, Bayard, Exacta y otras. Durante el siglo XIX se hicieron modelos muy variados: de pórticos, catedral, rectangulares, de tambor, egipcios, en mármol o bronce, engalanados en ocasiones con esculturas simbolistas. Su destino fue a la casa burguesa o de clases medias en ascenso. La máquina era la misma, el empaque cambiaba, de acuerdo a los gustos y posibilidades económicas del cliente. No soportaron el achicamiento de los departamentos ni la precisión de los Seiko, pero nunca desaparecieron. El atractivo de sus formas, la cadencia de la marcha, la sonoridad de sus campanas, les procuró devotos coleccionistas.
Siento pena del viejo reloj de Taipichullo. La esfera, ya dañada, mostraba la vejez lúcida, irónica de quien ha dado muchas vueltas, señalado muchas mediasnoches, mientras los azares de la vida lo acarreaban de un lado a otro, aún no acabó su peregrinaje. Pobre ratero, no tuvo idea de la pieza vívida que desconsideradamente se llevó, ni de la atención que requiere. Nunca más dará las horas. Cuando paso cuidadoso el trapo limpiando los otros relojes no puedo evitar un recuerdo tristón por él.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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