Lo que debió ser motivo de alegría y festejo, como fueron los descubrimientos y certificaciones de grandes yacimientos gasíferos en el departamento de Tarija, se está convirtiendo en algo realmente diabólico. Lo que debió convertirse en seguridad y confianza para el país, parece que traerá el germen de nuevas disputas internas y de desprestigio internacional. Lo que para cualquier nación del mundo debió ser motivo de felicidad, en Bolivia, curiosamente, parece que será motivo de encono.
Lo que sucede es que tenemos raros estereotipos mentales en el país que pretenden acaparar el gas bajo el pretexto de que será la base de salvación nacional. Pero, con esa actitud de guardar el gas bajo tierra, no se dan cuenta de que Bolivia no ganará nada y de que corre el riesgo de perderlo todo. En vez de tratar de buscar un precio racional para el gas —un recurso que carece de precio internacional como el petróleo por ejemplo— se trata de cobrarlo como si fuera único en el mundo, lo que, sabemos, no es cierto.
El ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada, ha sido, desde siempre, un enemigo de las exportaciones de gas al Brasil. Concretamente tiene una fijación mental con Brasil. Siguiendo a Quiroga Santa Cruz y a Almaraz, se convirtió —desde que se firmaron los primeros tratados de compra-venta con el Brasil en 1974— en enemigo recalcitrante de cualquier venta, señalándola como una forma de entreguismo infame. Sin embargo, al presidente Evo Morales no se le ocurrió nada mejor que ponerlo a la cabeza del sector de los hidrocarburos, donde los resultados, hasta ahora, dejan mucho que desear.
No sabemos qué sucederá con la misión boliviana que ha viajado a Río de Janeiro en lo que dicen será el último “round” en las negociaciones entre los dos países. Eso sí, nos tememos que nada bueno se va a lograr. Y nuestro temor se debe a que Bolivia mantiene una posición dura, férrea, que se la podría aplaudir si no fuera porque existen contratos establecidos que determinan una fórmula para los precios. Y lo más peligroso es que YPFB no ha presentado una fórmula alternativa, sino que lisa y llanamente quiere un aumento de naturaleza unilateral.
Se sabe que de fracasar esta posición, se podría ir a un arbitraje internacional. Pero ese no es el deseo de nadie, se gane o se pierda. No es deseo de brasileños y suponemos que tampoco nuestro. A fin de cuentas, a Bolivia lo que le interesa es mantener y proteger el mercado más grande de la región. Un mercado en crecimiento constante que está dispuesto a adquirir hasta 60 o más MMCD de Bolivia. Por lo menos estaba dispuesto hasta hace algún tiempo, porque a la vista de la actitud boliviana puede que su criterio haya cambiado. Desde ya, Petrobras ha anunciado que invertirá 22.100 millones de dólares en infraestructura para recibir gas alternativo de cualquier parte del mundo, además del suyo. Y lo más grave: Brasil no quiere depender de Bolivia. Se dice aquí que todo es una estrategia de Brasil para ablandarnos, que es un “tongo”. Cuidado que no sea así y que nuestros siniestros nacionalizadores se encuentren con que el mercado brasileño se ha esfumado.
Bolivia, que nadie ponía en duda, con cierta envidia, que estaba destina a ser el centro de abastecimiento de energía para todo el Cono Sur, se ha quedado rezagada con una nacionalización que da vueltas sobre nuestras cabezas como una entelequia. Parece que Venezuela es la destinada a tan significativo honor y dinero. Y hasta Perú si continúa desarrollando sus campos de Camisea y otros. Bolivia, como decíamos hace mucho, guardará el gas para flatulencias de la Pachamama.
Este Gobierno está muy entusiasmado por entablar juicios de responsabilidades hasta por los asuntos más nimios. Cuidado con que dejen a Bolivia sin inversiones, con campos pobres sin explotar, y convertida en una isla solitaria. Porque ni el Presidente ni el Ministro de Hidrocarburos se van a salvar de un juicio de responsabilidades totalmente justificado.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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