El Museo de Etnografía y Folklore de La Paz recupera con una exposición permanente la importancia de las plumas y sus significados.
Texto: Inés Ruiz del Árbol • Fotos: MUSEF
Las multicolores del colibrí, las muy largas de la pariguana, las de colorido intenso de los tucanes y los guacamayos o las delicadas de los pericos son sólo algunas de las plumas que el jefe de la tribu tenía el privilegio de lucir sobre su cabeza, mostrando un poder casi sobrenatural.
Cada noche caminaba lentamente hacia el centro de un círculo, donde descansaban las últimas brasas de una fogata. Al acercarse a la tímida luz del fuego, miles de estas plumas de colores se hacían presentes en su enorme penacho, uno de los muchos símbolos de su elevado estatus social. El poblado, atónito, nunca dejaba de sorprenderse al ver tal cantidad de ellas juntas, armando un mosaico de colores y diseños que reflejaban la sabiduría y el valor de su protector.
Todos sabían que cada una de las plumas fue obtenida por el jefe con su lucha diaria. Sólo así uno podía portarlas con la dignidad y la elegancia con la que él lo hacía. Se había convertido en un libro abierto y las batallas que había vivido se hacían latentes ahora en forma de ave.
Sus plumas, además, eran consideradas receptoras vitales, pues tenían la extraña capacidad de limpiar y purificar el aire que todo el pueblo respiraba. Y no sólo eran utilizadas por el jefe de la tribu, pues los magos, los chamanes y los sacerdotes recurrían a su uso para preparar muchos de sus hechizos, pues de sobra eran conocidas sus propiedades curativas y de unión con las almas del más allá.
La mujer guacamayo Relatos como éste se han sucedido una y otra vez en las culturas que han poblado el continente americano hasta llegar a nuestros días. Por ello, conscientes de la importancia de las plumas en ciertas civilizaciones, algunos expertos han podido desarrollar estudios sobre sus orígenes, aunque todavía han dejado incógnitas sin respuesta.
Con todo, el ´mito de la mujer guacamayo´ es un buen punto de de partida para entender el papel atribuido antiguamente a las plumas.
La leyenda cuenta que dos hermanos, habiendo sobrevivido a los efectos de una inundación, descubrieron a dos guacamayos con rostro humano y cabello de mujer. Éstos trajeron alimento al refugio que habían construido y los hermanos lograron atrapar a la mujer guacamayo más pequeña, haciéndola suya. El resultado de la unión fueron seis hijos, representantes de las primeras tribus del mundo. Por eso, hoy el guacamayo está considerado un animal sagrado.
Pero el respeto hacia las aves también tiene mucho que ver con su contribución a la agricultura, pues antaño el estiercol producido por sus desechos era utilizado por los campesinos para conseguir una tierra más fértil para alimentarse.
Trabajos y técnicas Por todo, el arte plumario es considerado actualmente como una de las más sofisticadas manifestaciones precolombinas que perduran. Al respecto, cabe destacar que su mayor desarrollo se alcanzó en las culturas de Paracas, Nazca, Inca y Huari, localizadas en territorio de Bolivia, Perú y el norte de Chile.
En estos poblados, las plumas adornaban ponchos y tocados y las de los papagayos, los tucanes y los pájaros tropicales de la cuenca amazónica incluso formaron parte de las máscaras ceremoniales.
Dos fueron las técnicas empleadas por los artesanos indígenas: la primera manera de trabajar consistía en fijar las plumas con engrudo sobre la capa interior. En la otra, el trabajo se hacía con ayuda de hilo y bramante —cordel de cáñamo—. Se armaban plumas largas y se unían en una especie de cilindro con un hilo de sujeción.
Así, se elaboraban mantas, abanicos, estandartes, sandalias, brazaletes, lanzas, bastones y otros objetos.
Pero donde verdaderamente se advertían las virtudes del arte plumario era en los mosaicos que los indios hacían sobre las hojas del magüey, un tipo específico de árbol.
Para realizarlos, trazaban primero un dibujo. Luego, lo recubrían de plumas multicolores, que se adherían gracias a una goma resinosa de nombre tzauhtli, que provenía de una orquidea exótica. Con plumillas de otra tonalidad, se creaba un fondo y, encima, se iban componiendo diferentes figuras.
Las plumas más empleadas eran las de quetzal, un ave tan preciado que matarlo sin permiso estaba penalizado con la muerte.
Su presencia en el país En Bolivia, sobre todo en la zona del altiplano, las plumas eran un símbolo de estatus en las comunidades, eran las que marcaban la diferencia.
En la actualidad, sin embargo, su empleo se encuentra restringido a los adornos cefálicos, especialmente para bailes populares.
En los pueblos de climas cálidos, mientras tanto, los indígenas no concedían demasiada importancia a su vestimenta, pero sí a todos los ornamentos, en especial a sus tocados. Por eso, en sus celebraciones se pintaban el cuerpo, se adornaban con flores y se cubrían el cabello con penachos de plumas.
También eran habituales objetos identificatorios como tótems, estandartes y amuletos chamánicos. Y es que en un adorno plumario de este tipo, uno podía percibir desde la afiliación a un grupo étnico hasta el valor, el coraje y la dignidad que el pueblo le atribuía a uno de sus individuos por sus acciones.
Mostrar precisamente todos estos detalles y significaciones es uno de los objetivos del Museo Nacional de Etnografía y Folklore de La Paz, que el 31 de julio presentó una sala permanente a la que denominó ´Arte Plumario. Culturas y Diversidad´.
En ella, se muestran las mejores piezas recuperadas de los fondos propios del repositorio, para demostrar que algo tan simple como una pluma ha servido a lo largo de la historia para expresar poder, vencer a los espíritus malignos, purificar a las personas y embellecer con sus colores y texturas aquellos útiles de uso cotidiano que, sin su presencia, lucirían tristes y aburridos.